Hermana Puta

Lucía S. Naveros/Periodista. En aquel puticlub de las afueras, entre todas no juntaban un diente. En el puerto, María la de la Naval tenía el pelo de lana. En aquel almacén, podemos hacer un putódromo, para que las putas que están en la calle no pasen frío, ja, ja. Ya no quedan puticlubs como los de antes, ahora hay que ir a los polígonos industriales y en algunos es difícil encontrar taxi. Vienen de Sudamérica y en tres meses hacen dinero para volver a su país bien. Lo hacen porque quieren, pero, si lo dices, se te echan encima las feministas. Son conversaciones y frases oídas y dichas en el trabajo, en un bar. En el telediario, la periodista cuenta una actuación policial para desarticular una banda de latinos que asaltan burdeles. Aterrorizan a clientes y prostitutas, dice. Amenazan con pistolas, roban carteras y bolsos. Los ladrones han sido detenidos, cuenta con detalle la actuación policial. Y al final, como de pasada, comenta que incluso alguna prostituta ha sido violada.

En la calle Montera de Madrid, a principios de los noventa, la estudiante que yo era pasaba todos los días entre aquellas mujeres que hacían la calle. En unos pocos días aprendí a reconocer los rostros, los bolsos y los peinados. En dos años viviendo en la Red de San Luis, junto al cine Montera, el descarnado mercado del sexo callejero me enseñó cómo pasa el tiempo. La gitana de ojos almendrados y rostro fuerte y hermoso que veía caminar despacio cuando estudiaba segundo curso en la Facultad era, dos años más tarde, una mujer de pelo ralo, con los ojos estropajosos y el vientre prominente y curvado, hinchado como un balón de fútbol. La mujer de aspecto de perro apaleado, teñida de rubio y que en lo más crudo del inverno se tapaba sólo con una chaqueta roja que abría ante según quién, sin embargo, seguía estancada en su pozo, con su misma chaqueta de lana, el mismo pelo mal teñido y la cara tan pálida y apática como entonces. Pasaba más rápido el tiempo, parece, para las que empezaban. Luego, ya instaladas en el deterioro el tiempo se detenía para estas mujeres, una meseta interminable, hasta un final que aquella joven que yo era prefería no imaginar.

Veía, sin embargo, su presente todos los días. El recogeperdidos perfeccionado que es Madrid adopta pronto a todos los que llegan. En el bar de debajo de mi casa, a los dos días ya sabían qué me gustaba desayunar, cómo tomaba el café. Me saludaban con profesional alegría, me llamaban joven -lo hacían igual con mi vecina del tercero, que rozaba los sesenta- y me ponían el café y la bayonesa sin que yo tuviera que pronunciar palabra. Eran gente amigable, habladores profesionales con la servilleta en el brazo. Tenían un palo detrás de la barra y una puerta automática para el baño, para defenderse de la “escoria” que caminaba por la calle. Los clientes del bar y de las mujeres eran, muchas veces, los mismos. De hecho, muchos de los que tomaban coñac en aquel bar lo hacían para calentarse el estómago antes o después de elegir en el menú que paseaba por la acera. Pero ellas no podían entrar. Hasta ahí podíamos llegar, me explicó una vez el dueño, se me llena esto de putas y a ver qué.

Recuerdo una chica -a mí de aquella me parecía una mujer hecha y derecha, pero no debía llegar a los 30- que recorría la acera correctamente vestida, como una ejecutiva con pocos medios. Falda y chaqueta, camisa, medias de cristal, tacones, pelo rubio bien peinado, bolso de cuero negro. Caminaba correctamente, con lentitud, y nadie la habría tomado por puta, salvo porque estaba allí todos los días, arriba y abajo, hora tras hora. Un día de frío entró en el bar en el que yo ya tomaba mi café. Pidió uno, y el camarero, con voz fuerte, le dijo que se marchara a la calle, a chuparla por ahí. La mujer se quedó de piedra, su rostro se puso violentamente encarnado y a mí aún hoy, al recordarlo, se me llenan los ojos de lágrimas.

Junto a las mujeres, estaba la otra parte del mercado, los compradores, los hombres. Y aún había una tercera clase de personas: los propietarios, tres o cuatro hombres, no necesariamente robustos pero sí inquietantes, que de vez en cuando pasaban por la otra acera, o hablaban con algunas de las chicas, o se juntaban para echar alguna partida en una sala de máquinas y billares que había enfrente. “Mari Puri, sal, que pasa un viejo”, le oí gritar a alguno, incitando a la mercancía a que tentara al personal. Cuando el viejo era muy muy viejo, la incitación podía volverse auténtico acoso. Pienso ahora en cómo es posible la existencia de una casta de mujeres globalmente condenada para el disfrute de aquellos desgraciados, entre los que se mezclaba de vez en cuando algún estudiante. Todo aliñado con dinero.

En Asturias, el mercado del sexo ha cambiado para convertirse en venta al por mayor, tipo gran superfricie, o en piso discreto. Hay mucho. Están a los lados de las autopistas, anunciandose como ferias con sus laser disparados hacia el cielo. Hay a veces que dar explicaciones a los niños que viajan en el asiento de atrás, contestar qué es aquello que tienta con sus luces de neón a la fiesta y la diversión.

Con hipocresía digna de la Iglesia la mitad de la humanidad señala con el dedo y estigmatiza en las mujeres lo que encuentra normal y justifica en los hombres. Las putas mueven a risa y a desprecio, ellas, que tratan con la otra cara de nuestros jefes, nuestros compañeros, nuestros empresarios y nuestros políticos, todos tan satisfechos de sí mismos. Si tengo que elegir, me quedo con ellas. Hermana puta.

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