Heroicos emprendedores rurales

Noelia García en su granja de Boal.

Noelia García en su granja de Boal.

Desde las Administraciones se presume de fomentar el autoempleo en el medio rural asturiano, a la vez que se destaca su potencialidad. Pero la realidad cotidiana dista mucho de este impulso administrativo, alejado no solo físicamente de las necesidades y las dificultades de los emprendedores rurales. Asentar población en los pueblos, recuperar recursos naturales tradicionales hoy casi perdidos, promover la sostenibilidad y el compromiso con el entorno o establecer economías diversificadas  son conceptos que definen los proyectos de los grupos de emprendedores rurales. ATLÁNTICA XXII habló con algunos de ellos.

Elena Plaza / Periodista.

Pita sana

Noelia García, técnico de iluminación, decidió volver a casa, a Boal, y autoemplearse tras su paso por la Escuela de Selvicultura de Tineo, donde realizó el Grado Medio de Trabajos Forestales y de Conservación del Medio Natural. Un cambio radical en su vida laboral, a la que define como “cautiva del sistema, trabajando mucho y sin expectativas de nada”.

Procedente del medio rural decidió volver a él y montar una granja de huevos ecológicos, Pita Sana, que lleva produciendo desde el mes de agosto de 2014, aunque estuvo dos años más preparando y arrancando el proyecto. Un período de plazos irreales desde el punto de vista del emprendedor y del tipo de negocio. “Para solicitar las subvenciones tenía que estar dada de alta en la Seguridad Social, me pedían tener animales para darme de alta. Tuve que engañar, que es a lo que te obligan, porque no los tenía. Busqué un paisano que me hiciera la factura de las gallinas sin comprarlas (y al que después se las compré y que me ayudó mucho). Si no tengo granja ¿cómo voy a tener animales? Y sin granja no me daban subvención”, explica.

Resume el proceso como “complicadísimo” y reconoce que hay momentos en los que apetece tirar la toalla, “pero soy fuerte y aquí estaré”. Su paso por la Escuela de Tineo le procuró los conocimientos de gestión de empresa necesarios para desarrollar ella misma varios proyectos de viabilidad de otras tantas opciones, todos relacionados con la autogestión y la sostenibilidad en el campo. “El problema en Asturias son las pequeñas extensiones de terreno, válido para un pequeño productor, pero no para uno más grande. Yo poseo 2,8 hectáreas y una pumarada, y necesito más terreno”.

Todo esto supone dar vueltas y más vueltas. “Busqué financiación, pedí permisos, fui a la Consejería de Agroganadería a presentar el proyecto para la presolicitud de ayuda, que me la concedieron. Lo primero que te piden son facturas proforma reales, que luego nunca coinciden con los presupuestos finales. Tuve que poner 10.000 euros de mi bolsillo: me dijeron que me darían 28.000 y finalmente recibí 25.000 porque siempre hay facturas que un técnico valora y te echa para atrás, no alguien que sepa realmente de qué va el negocio”, señala Noelia.

Otra de las trabas que encuentra en el sistema son los plazos. “Pretendían que en tres meses tuviera la granja, pero existe la opción de dividir el proyecto en dos años, que en realidad fueron tres meses del primer año y seis del segundo: en agosto me concedieron la subvención y tenía que ejecutar parte del proyecto antes de final de año. Las normas vienen de Europa y tienen que tener las facturas para darte la subvención y si no, te la quitan. En el segundo año tienes que ejecutarlo antes de julio”. Y así empezó una cuenta atrás que les llevó a ella y su pareja, Pablo Vélez, a hacer el cierre del parque, la estructura de la nave y el acceso para la primera parte de la subvención. “Contratamos a una empresa pero los dos aportamos en la mano de obra. Y todo esto estando embarazada: de ocho meses anduve cargando grijo a paladas”, señala. Para la segunda parte de la subvención acabaron la obra, metieron a las pitinas y esperaron hasta que empezaron a producir hacia agosto.

Ahora están sujetos a diferentes controles sanitarios tanto de alimentos como de animales, además de las revisiones periódicas que les realiza el COPAE, la entidad que otorga el sello que da la fiabilidad a la producción ecológica. “Intentas amortizar, pero te ves asfixiada, me cobran por la envasadora, por los praos, por cada huevo… Hay que luchar cada día, no pensar porque si no te mueres”, comenta.

También señala los cambios de normativa que le hacen temer por el futuro del proyecto. “Las pitas tienen un vida productiva de dos años, y ahora Sanidad no va a permitir reponer por lotes, sino todas de golpe. Imagínate, ¡yo tengo 500 pitas! Y también cambia que las pitas tienen que ser ecológicas desde que nacen; antes comprabas y había un tiempo de conversión, pero es que en España no hay productores de gallina ecológica… Igual me interesa reconvertirme en productora de pita ecológica…”, reflexiona Noelia.

En cuanto a la vida en el medio rural afirma conocerla bien, al igual que la urbana, “por eso no venía engañada, pero sí que es cierto que no me imaginaba la cantidad de trabajo, hay jornadas de 12 horas, haciendo reparto, ferias los fines de semana, administración… y también las trabas administrativas, la falta de ayudas reales. Lo bueno es que la empresa es viable y hay mercado, pero hay que trabajar mucho. Es bueno que los jóvenes se queden en el pueblo, pero tienen que tener las ideas claras, aunque hoy en día no hay cultura del esfuerzo. Estamos acostumbrados a la vida del ocio a la puerta de casa… Y a veces echo en falta una red de sinergias, de ayudas entre vecinos y empresas de la zona”.

Los Arándanos

Virginia Ruiz recoge arándanos.

Virginia Ruiz recoge arándanos.

Los Arándanos es una pequeña empresa familiar, la primera de producción ecológica del Occidente dedicada a los frutos rojos: abarcan desde la producción en su finca, la elaboración y comercialización de zumos y mermeladas naturales sin azúcar añadido y la explotación de un restaurante en una pequeña aldea de Taramundi llamada Almallos, en plena Reserva de la Biosfera Oscos-Eo-Terras de Burón abandonada hace veinte años y en la que ahora vive esta pareja formada por Virginia Ruiz y Miguel Robles y sus dos empleados.

Madrileña ella y vasco él, trabajaban en la hostelería en Madrid. Sus períodos de descanso los pasaban en Taramundi y hacía tiempo que les rondaba la idea de abandonar la gran ciudad. Visitaron muchas fincas hasta dar con lo que precisaban: una extensión de cuatro hectáreas donde ubicaron su plantación. “Uno de los problemas que encontramos es que no hay concentración parcelaria y nosotros necesitamos todas las fincas juntas. Teníamos claro el tipo de producción que queríamos, ecológica y acorde con el entorno”, explica Virginia.

Sacar adelante un proyecto de este tipo requiere, sobre todo, tiempo y un colchón económico ya que los arándanos tardan unos cinco años en ser productivos y desde el primer día hay que empezar a pagar, entre otras cosas, la cuota de autónomos. “En 2005 plantamos los arándanos, que ya tenían dos años, empezamos a comercializar en noviembre de 2008 y el restaurante lo abrimos en mayo de ese año. Las ayudas vienen fenomenal, pero la mejor manera es a través de una buena financiación. A nosotros nos concedían una subvención del 35% de los presupuestos presentados, pero nos echaron para atrás un 40% de las facturas proforma, y te las rechaza gente que no sabe de qué habla, solo que no las considera oportunas. Después de haber hecho la inversión y de meses hasta cobrar te dan un 20%. Eso sí, te someten a muchas revisiones: hasta contar tenedores hemos hecho”, señala esta emprendedora.

“Desde 2005 hasta 2008 no cobramos ni un céntimo y trabajamos muchísimo. Ahí sería interesante que la Administración apostara como en otros países donde te financian y hasta después de cuatro años no empiezas a devolver nada. Aunque pidas presupuestos lo más reales posibles, los finales siempre son más altos; te estiman la subvención por las facturas proforma sin contemplar el IVA pero no te dan el dinero hasta que no está pagado y la transferencia bancaria hecha. Las ayudas no son tan altas por mucho que te lo quieran vender”, critica Ruiz.

Recuperando la ablana

Con un proyecto en ciernes al que denominan como neopaisano, reivindican el origen rural de tres de sus cuatro integrantes frente a la etiqueta de neorrural: Guillaume Duval proviene de la zona rural francesa, Verónica Sánchez de Argolibio (Amieva), Claudio Garlito es hijo de asturiana de Amieva y extremeño emigrados a Bélgica, y el único urbanita es el madrileño Sergio de la Hoz.

A todos les une el hecho de querer vivir, tras haberlo hecho en otros lugares, en una zona rural no muy alejada de la ciudad para poder tener acceso a los servicios que allí se prestan o a otros ingresos económicos, ya que todos buscan la diversificación económica, pero sobre todo ligada al campo. En concreto a la leche, la avellana o incluso las ovejas. Verónica critica esa “dinámica de tener que marchar, y no me da la gana, quiero contribuir a mi medio, el rural”.

Algo que tienen claro también es la importancia “estratégica” que tienen las zonas rurales frente a las urbanas como despensas de la ciudad. “La gente de los pueblos tiene mucho que decir sobre el territorio, los comunales… Y Cabranes tiene esa mezcla de conexión con la tierra. Sigue habiendo agroecosistemas y un grupo social con el que puedes establecer alianzas”, explica Verónica. “A veces los que vienen de fuera traen aire fresco, una visión diferente con ideas nuevas”, añade Guillaume.

El proyecto en el que trabajan es una crema de cacao y avellanas con el que pretenden revalorizar el producto de la zona: las avellanas de Piloña y otros concejos y la leche. Todo de producción ecológica y de comercio justo, como el azúcar panela y el cacao. Y no solo revalorizar, sino también contribuir a la recuperación del cultivo de la ablana, la avellana, uno de los recursos naturales más importantes de esta zona del oriente asturiano. De hecho participan del proyecto de la Asociación Gavitu. Explica Sergio que “no se mantienen los praos ni los avellanos. Quienes lo hacen son los mayores por entretenimiento y complemento económico para vender en el Festival de la Ablana. El avellano tradicionalmente era un complemento económico, pero nunca economía principal. Formaba parte de la economía diversificada y eso se está perdiendo por el despoblamiento de la zona rural y se ha sustituido el uso de los praos por la ganadería y las subvenciones. Y la avellana queda desplazada”.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 39, JULIO DE 2015

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