HUCA, lo nuevo puede ser peor

El HUCA de La Cadellada tiene una arquitectura llamativa pero muy poco funcional. Foto / Iván Martínez.

El HUCA de La Cadellada tiene una arquitectura llamativa pero muy poco funcional. Foto / Iván Martínez.

Javier Fernández / Periodista.

Los primeros trabajadores se incorporaron justo hace un año, en enero del año pasado, y desde junio acoge la actividad sanitaria del antiguo complejo de El Cristo. Hace ya medio año que se inició la mudanza a La Cadellada del HUCA, que se presumía adornada de halagos y palmadas en la espalda, pero hasta ahora  ha provocado un torrente de críticas de los profesionales que trabajan en el nuevo complejo hospitalario. Y lo que es peor, la calidad asistencial se ha resentido, al menos de momento, aunque el periodo de pruebas de un equipamiento de tal envergadura puede durar muchos años.

Los trabajadores ya habían dejado patente antes de cambiar de centro de trabajo que la arquitectura del edificio, pese a ser muy agradable a la vista, es hostil a sus quehaceres profesionales. Y el día a día ha venido a confirmar aquellas dudas. Paredes, salas, habitaciones y plantas configuran un ‘monumento’ digno de ser contemplado, pero que no facilita precisamente el trabajo y, por lo tanto, lastra la calidad asistencial.

Qué duda cabe que el avance tecnológico y el carácter puntero del nuevo HUCA han supuesto un importante salto, pero los antiguos edificios, señalan médicos y enfermeras, cumplían mejor la función que debe tener toda infraestructura sanitaria: facilitar el trabajo del personal y la atención y recuperación de los enfermos. Una crítica a la que se niegan a dar credibilidad alguna desde la Consejería de Sanidad, que rechazó hacer comentario alguno al respecto a ATLÁNTICA XXII y que defiende a capa y espada que el traslado no ha supuesto, en ningún caso, un deterioro de la asistencia.

Las obras costaron 500 millones de euros, con sobrecostes de más de 90. Cuando la mudanza se puso en marcha todavía se realizaban en el interior del edificio reparaciones que evidenciaban que el diseño había fallado. Había puertas, por ejemplo, que no eran lo suficientemente anchas como para que una cama pasase por ellas y tuvieron que derribarse. Y la llegada del mal tiempo, con el complejo ya en funcionamiento, supuso nuevas reparaciones, ya que las lluvias inundaron algunas zonas del hospital y fue necesario tirar de fregona y paleta para subsanar unas deficiencias a las que restó importancia la Consejería de Sanidad. Últimamente se han visto ratas en la zona exterior del aulario, una de las joyas arquitectónicas del complejo.

Además, el Gobierno asturiano decidió que el edificio que debía albergar las labores de administración pasase a la Fundación para la Investigación Biosanitaria de Asturias (FINBA). Todo el departamento tuvo que reubicarse en espacios que los profesionales consideran “auténticos zulos carentes de ventilación” que dificultan su trabajo. Como también ocurre, a juicio de médicos y enfermeras, con la sala de Recuperación Post Anestésica número 3: “Es como un almacén. No tiene nada de luz solar y encima está mal hecha. A cada lado de un largo pasillo hay un espacio demasiado escaso para los cuatro enfermos que se supone que debe acoger”.

Lluvias, reparaciones y decisiones de última hora no son los únicos ejemplos que ponen de manifiesto que la arquitectura es un problema. La convivencia de los trabajadores y su entorno ha confirmado lo que a principios de año eran miedos y sospechas. Todo el edificio, debido a su magnitud, implica grandes desplazamientos que entorpecen las funciones asistenciales y que, aunque producen la admiración visual de quienes pasean por ellos, no son apropiados para traslados y obligan a recorrer largas distancias. “A veces los circuitos de las camas van por zonas públicas y esto va en contra de la intimidad del paciente”, destacan miembros del personal sanitario, que lamentan que la espectacularidad del nuevo HUCA se ha pagado con su funcionalidad. “Es un edificio genial para contemplarlo y para que esté vacío, pero fatal para estar en él. Como paciente y también para trabajar”.

Ventanas cerradas a cal y canto

Las ventanas son otra constante en las críticas hacia la infraestructura. Para mejorar la climatización (y evitar suicidios, dicen algunos trabajadores) se decidió que no pudieran abrirse, lo que supone contratiempos para los pacientes y su salud. Si la ventilación en cualquier hogar y en cualquier local es básica, más aún en un hospital, donde los malos olores son inevitables. Si el sistema de climatización del complejo funcionase correctamente, esta situación no tendría por qué ser un problema mayor. Pero ese no es el caso: “Hay zonas frías, otras en las que la temperatura es demasiado alta y otras en las que el aire ni siquiera es todo lo limpio que debería”.

Cuando se acude a la vida interna de cada servicio, este tipo de problemas y sus consecuencias para el trato que reciben los enfermos se multiplican. Es cierto que la mudanza ha mejorado las instalaciones de muchas áreas, pero hay espacios de trabajo, como los de las plantas de hospitalización, critican profesionales de Neurología, que son “incómodos e insuficientes” y no existen apartados en los que dar información a los familiares de los pacientes, algo que a menudo se realiza en los pasillos.

Desde Digestivo se apunta que el Servicio de Endoscopia, que es “básico dentro del hospital”, tiene una dotación insuficiente. Se alega la necesidad de reforzar la plantilla para mantener en funcionamiento su actividad cinco días a la semana: una sala de ingresados, dos para colonoscopias ambulatorias, una para gastroscopias ambulatorias, una para exploraciones bajo sedación profunda, otra para endoscopias y una más para colangiografías retrógradas. Una reclamación, la de la necesidad de contratar más, que se repite en otras muchas áreas. El traslado supuso una importante reducción de plantilla.

Como también se multiplican las voces que lamentan que el personal contratado no disponga del espacio necesario, una enorme incoherencia si se contrapone con la construcción de grandes pasillos y recibidores. El área de Corazón es una de las que echa de menos las instalaciones de El Cristo. Con el traslado, han visto cómo hasta diez personas, entre médicos adjuntos, residentes, enfermeras y auxiliares, tienen que desarrollar su trabajo en unos pocos metros cuadrados, lo que “provoca una gran disfuncionalidad que impide alcanzar el nivel de trabajo que se realizaba en el antiguo HUCA”. Una circunstancia que les lleva directamente a señalar una pérdida de la calidad asistencial y a sugerir una reorganización del espacio que permita “realizar el trabajo de la mejor forma posible”. En las habitaciones y los boxes de las Unidades de Vigilancia Intensiva (UVI), la falta de espacio también es un grave inconveniente. “Si hay colocado algún aparato más que el respirador”, resume una enfermera, “tengo problemas para acceder al cabecero de la cama y tengo que pasar de lado”. “Si las habitaciones están ocupadas por una sola persona son magníficas, pero para dos se quedan pequeñas”, remata. Con todas las incomodidades que eso supone para familiares e internos.

También hay salas, como la habilitada para las guardias de Cirugía, que necesitan una dotación más exhaustiva y cierto mobiliario, como el de las lámparas de los quirófanos, que necesitan mejoras. Cuatro meses después de que la actividad comenzara en todas las salas del edifico aún existen rincones que piden a gritos un poco de atención y ponen de manifiesto los fallos del diseño y su repercusión en la funcionalidad de la infraestructura.

Trabajadores del HUCA protestan denunciando el deterioro de la calidad asistencial con el traslado. Foto / Mario Rojas.

Trabajadores del HUCA protestan denunciando el deterioro de la calidad asistencial con el traslado. Foto / Mario Rojas.

Millennium, esclavos de una pantalla

Una de las piedras más grandes con las que ha tropezado el nuevo HUCA en el inicio de su andadura tiene un nombre latino que ya es popular. Y no solo en el ámbito de los profesionales médicos. Nunca un programa informático de aplicación sanitaria había sido tan famoso. El Millennium ha sido protagonista -y lo sigue siendo- de un gran número de incidencias. Su popularidad ha traspasado barreras y ha alcanzado a los pacientes y a toda la sociedad asturiana. El hecho de que todo hijo de vecino conozca su nombre ya denota un problema. De funcionar correctamente seguiría en el anonimato. Pero está ligado a una polémica incesante. Se ha de tener en cuenta que fue “un sistema informático sin apenas rodaje” el que sucedió a “una estructura de trabajo que se había perfeccionado a lo largo de muchos años en el antiguo hospital”. Con todos los problemas de adaptación que eso conlleva. Con el tiempo “se ha avanzado mucho y se seguirá avanzando” en el uso del programa, pero hay detalles que confirman lo poco ‘amistoso’ que es. Algunos usuarios se han visto obligados a “buscar subterfugios”. Como, por ejemplo, no trabajar directamente en Millennium sino en un procesador de textos como el que tiene cualquier ordenador. Para recurrir después al corta y pega desde Word para introducir los datos en el sistema.

Desde un primer momento los profesionales critican que la formación que recibieron para manejar esta herramienta de historia clínica electrónica -que guía a los facultativos en su toma de decisiones y asocia a cada paciente intervenciones quirúrgicas, medicación o consultas- fue insuficiente y cuando comenzaron a trabajar con él comenzó a reinar el caos. Tanto, que en algunos casos se tuvo que volver de forma temporal al papel, como en la UVI. El proceso de lidiar con el sistema se hizo tan complejo para quienes lo manejan que “en lugar de estar la tecnología a nuestro servicio estábamos nosotros al suyo”. Una circunstancia que provoca que los empleados sanitarios pasen cada vez más tiempo frente al ordenador. Un tiempo que antes utilizaban en los cuidados de los enfermos. El nuevo sistema ha producido incluso cambios en la organización del trabajo. “Se puede dar la circunstancia absurda de que en toda una mañana el médico y la enfermera solo se comuniquen a través del ordenador”. Una situación que también afecta a los flujos de información y a las relaciones entre servicios.

Contra la “sordera crónica”

El malestar entre el personal del HUCA es evidente. “El traslado fue muy improvisado, hubo cosas que se fueron solventado, pero lo peor es que nos estamos acostumbrando a trabajar cutremente”, dice una enfermera veterana. Asegura que en su servicio, uno de los básicos y más avanzados tecnológicamente, “teníamos cierto nivel, pero ahora somos vulgares y mediocres”. Su opinión pesimista es refrendada por una médico: “Antes controlaba a todos los enfermos, incluso a los que no llevaba, pero ahora llevo a los míos y mal”.

La desmotivación en una plantilla alta en edad se ha multiplicado con el traslado y son muchos los trabajadores que han huido a otros hospitales o a centros de salud, y otros muchos esperan hacerlo en breve. Algunos médicos, entre ellos varios jefes de servicio, se han juntado para canalizar las denuncias y lograr cambios. Buscan mejorar la calidad asistencial y combatir  la “sordera crónica de los cargos políticos nombrados a dedo”. Hartos de que sus quejas caigan en saco roto, se organizaron en septiembre con la intención de recoger por su cuenta todos los aspectos que creen mejorables y hacérselos llegar a la dirección.

Una labor a la que se prestó el nuevo gerente, el médico Manuel Matallanas, nombrado en septiembre. Cuando relevó a Jaime Rabanal a la cabeza del Área Sanitaria IV, en la que se incluye el hospital, trajo consigo ciertas esperanzas: “A ver si esto supone que el diálogo con los trabajadores sea más fluido, porque hasta el momento ha sido inexistente”. De momento, las conversaciones son fluidas y el trabajo de recogida de información se está realizando en equipo. Existen cuatro subcomités (Hospitalización, Consultas Externas, UVI y Quirófanos) en los que tanto la administración como el personal sanitario se esfuerzan por mejorar todas las deficiencias. Estos grupos de trabajo acaban de comenzar su andadura y aún falta por ver qué se hará con la información que se recaba en estos momentos, pero la confianza en esta gerencia, “mucho más cercana” que la anterior, es mayor.

Entre estos problemas derivados del traslado que han tenido un efecto negativo en la calidad asistencial está el aumento de las listas de espera, que ha provocado que sean los propios pacientes los que se deriven a la sanidad privada. “El Centro Médico parece el Mercao de La Pola”, destaca un médico para poner de manifiesto que quien puede permitírselo busca soluciones fuera de la sanidad pública por miedo a que sus dolencias se hayan agravado demasiado para cuando llegue la cita que espera. Quien no puede permitírselo no tiene más remedio que aguantar un problema, el de las demoras, que corre el riesgo de convertirse en crónico.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 36, ENERO DE 2015

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