Ideas para un alto el fuego

Un vecino apagando un fuego en uno de los incendios que padeció Asturias. Foto / Javier Bauluz.

Un vecino apagando un fuego en uno de los incendios que padeció Asturias. Foto / Javier Bauluz.

Sobre las cenizas de la inmensa quema originada por incontables incendios que asoló a Asturias a finales del pasado año, sobre todo en su zona occidental, se elevan ahora muchos análisis y reflexiones que expliquen este desastre medioambiental y social. El despoblamiento de las zonas rurales que vacía pueblos y aldeas dejando a los bosques sin control alguno, el choque entre la cultura campesina y la urbana o la situación laboral que padecen los responsables de la extinción de los incendios son las causas más citadas por los que mejor conocen el problema.

Quique Faes / Periodista y bombero forestal.

Un incendio forestal suele originarse mucho antes de sí mismo. Antes de la mano que prende, de la negligencia o de la fatalidad, hubo un monte predispuesto a arder. Lo estaba porque previamente se quebró la frágil cadena de la prevención en alguno de sus eslabones más sensibles, muy debilitada por la rigidez de unas pautas de actuación que van por detrás de una realidad cambiante y, en mayor medida, por la desconexión evidente entre un mundo rural, que sigue usando el fuego a su manera, y otro urbano que se obstina en aplicar (con éxito desigual) sus propios criterios para combatir las llamas una vez que se han iniciado. Si a todo ello le sumamos la precariedad laboral con que trabajan muchos de los profesionales de la extinción, la complejidad del escenario se multiplica.

La secuencia de más de un centenar de incendios que asoló Asturias en vísperas del solsticio de invierno se cobró la vida de José Antonio Rodríguez, piloto de un helicóptero que participaba en la extinción de uno de los fuegos en un monte de Parres. Era, según relata su compañero Nemesio Rodríguez en el portal Aviación Digital, “un piloto temporero, con contrato eventual, medio año en paro y medio año trabajando, padre de dos hijos de muy corta edad”, que entre otras cosas trabajaba para liquidar un crédito millonario. Con él debía pagar la sanción de 90.000 euros que se le impuso por tener el infortunio de pilotar el célebre helicóptero que en 2005 cayó a tierra en la localidad madrileña de Móstoles con Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre a bordo. Una multa que Nemesio Rodríguez entiende absolutamente inédita en el sector y que atribuye únicamente a la entidad de los pasajeros, que pese a todo (y tal vez debido a la pericia del comandante) resultaron ilesos. Para quien lo desconozca, el aura de opulencia que rodeaba a los pilotos de aeronaves civiles –al menos de los que manejan helicópteros de extinción de incendios– en general se ha desvanecido. Se empeñan con grandes préstamos para obtener una costosa licencia y, una vez integrados al mercado, se encuentran con sueldos discretos, largos periodos de desempleo, disponibilidad total y una movilidad incesante.

Y aun con distintos grados y variadas consecuencias, los eslabones de la precariedad encadenan cielo y tierra. Hace ya semanas que los bomberos de Asturias reclaman un aumento de plantilla que les permita encarar las emergencias –aseguran– con garantías, pero el Principado responde que para eso no hay dinero, ni lo habrá en los dos próximos años. Frente a la demanda de 70 efectivos disponibles las 24 horas, los políticos al mando esgrimen además una estadística: dos tercios de los siniestros, dicen, se producen de día. Y, sin embargo, la noche del 19 al 20 de diciembre pasado resultó clave en la multiplicación y consolidación de incendios forestales por toda Asturias. El agua no basta para apagar los fuegos del monte: hace falta afanarse con herramientas manuales para garantizar que no van a reavivarse o, lo que es lo mismo, se requiere personal sobre el terreno.

Un guarda forestal informa desde su vehículo de un incendio en plena noche. Foto / Javier Bauluz.

Un guarda forestal informa desde su vehículo de un incendio en plena noche. Foto / Javier Bauluz.

Tres euros al día por incendio

Bajemos un peldaño más. Los cerca de 500 trabajadores que conforman la élite de la extinción en España (los componentes de las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales) no estaban disponibles, en la práctica, el fin de semana que el Principado sumó casi 150 focos de fuego simultáneos. Los brigadistas, dependientes del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, mantienen un largo pulso con la empresa semipública Tragsa para mejorar salarios que no llegan a los mil euros mensuales y lograr que los bomberos, cuyos cuerpos se van resintiendo del penoso trabajo, puedan pasar a desempeñar otras tareas algo más alejadas de las llamas.

De momento, no lo han conseguido. Trabajan casi todo el año, pero el 23 de diciembre se quedaron en el paro hasta mediados de enero y, en las semanas previas, solo realizaban podas, desbroces y otros trabajos de prevención en el monte, de lunes a viernes. No acuden a incendios invernales en fin de semana desde que el Ministerio les abonara 3 euros al día por su concurso en uno de ellos, pretextando que esa es la cantidad resultante de dividir entre 30 un plus mensual que compensa su disponibilidad por turnos. De modo que, aunque Medio Ambiente les hubiera movilizado –que no lo hizo– es muy probable que no hubiesen acudido. La disposición de los aviones anfibios que el Estado despachó desde Madrid para colaborar en la extinción, por diversas razones, tampoco fue inmediata. Es justo consignar que sí se desplegó rápido la Unidad Militar de Emergencias, que en sus poco más de 24 horas de intervención con ocho autobombas en el más grave de los fuegos, el que avanzó desde Boal a La Caridad, consiguió fascinar a la mayoría de los medios de comunicación en términos que ya son habituales y que se han instalado con cierto éxito en la opinión pública.

Por el hilo de este asunto se llega a otro, quizá más determinante: la rigidez de los calendarios. La estadística prueba que, hasta ahora, la mayor cantidad de incendios forestales en el noroeste de España se venía registrando en febrero y marzo, y por esa razón el Ministerio pone a funcionar en esas fechas, a todos los efectos, las BRIF de Tineo, Laza (Galicia), Tabuyo del Monte (León) y Ruente (Cantabria). Pero la realidad es cambiante. A primeros de diciembre, la prensa asturiana ya alertaba de una rigurosa sequía. Hablaba incluso de inversiones térmicas, un fenómeno muy temido por los bomberos forestales por cuanto su resolución, al ceder la capa de aire frío que retiene por arriba a otra de aire caliente, provoca fuegos virulentos e ingobernables. La previsión de fuertes vientos del Sur tampoco consiguió una reordenación urgente de los medios disponibles. En efecto, las estaciones de la Agencia Estatal de Meteorología en Asturias captaron el sábado 19 de diciembre rachas de 70 kilómetros a la hora en el Occidente, menos intensas al día siguiente pero en todo caso superiores a los 25 kilómetros/hora en todo el Principado, un valor alto que propaga con facilidad el fuego. Con unas temperaturas en torno a los 20 grados centígrados a las puertas del invierno, los trabajadores forestales movilizados (menos de los que hacían falta) sufrieron demasiado para controlar semejante cantidad de focos.

Todo lo anterior, no obstante, resulta más o menos superfluo si no se toma en cuenta la verdadera raíz del problema: las culturas rurales –porque no hay una sola– que llevan a alguien a quemar el monte en las condiciones propicias, es decir, cuando sabe que arderá bien. A diferencia de un pirómano, que prende con una actitud patológica, un incendiario quema con al menos una finalidad. El 70 % de los fuegos forestales investigados en Asturias y las Comunidades limítrofes entre 2001 y 2010 fueron intencionados. De ellos, tres cuartas partes los originaron quemas agrícolas ilegales, aperturas de pastos para el ganado y, en mucha menor medida, cazadores que querían limpiar el monte. Más datos, también alarmantes: Asturias concentró una décima parte de los incendios forestales en la década referida, solo tras Galicia, a la par de la extensa Castilla y León, y por delante de otras grandes Comunidades como Andalucía. Llanes es el campeón de esos diez años en toda España: 1.370 fuegos en su término municipal, compartiendo honores con Piloña, Cangas del Narcea y otros tres municipios gallegos. Los usos del fuego están muy extendidos, es un hecho.

La ola de fuego afectó a la mayoría de los concejos asturianos. Este fue en Morcín. Foto / Javier Bauluz.

La ola de fuego afectó a la mayoría de los concejos asturianos. Este fue en Morcín. Foto / Javier Bauluz.

Quemar 50 hectáreas para dos vacas

Un loable intento de mitigar estos números fue la creación de Equipos de Prevención (EPRIF) para organizar qué se quema y qué no, en contacto con los pobladores de la zona. “Nunca tuve la sensación de que los paisanos nos vean como la solución al problema; y a veces no entienden que yo no puedo quemarte 50 hectáreas porque tengas dos vacas”, admite un ex integrante de uno de esos equipos (tres en Asturias: Tineo, Pola de Lena y Cangas de Onís) que prefiere preservar su identidad. “Nadie quiere arreglar de verdad el problema”, prosigue, “la madre del cordero es cómo gestionar el territorio, y tengo dudas de que seguir manteniendo el ciclo del fuego sea el camino”. Nadie cuestiona que el recelo de los habitantes de zonas rurales ante los técnicos que envía el Estado es, y será, un grave obstáculo para generalizar un modelo que en sí no parece malo. El problema es, pues, profundamente cultural y requiere la confluencia de ingenieros que no sean petulantes y paisanos capaces de abandonar su obstinación.

¿Y si formáramos mediadores sobre el terreno, personas con ciertos galones en su comunidad, para aprender cómo y por qué se usa el fuego, al tiempo que se definen unas limitaciones razonables? ¿Y  si empezáramos por las escuelas rurales, por los ganaderos, por los cazadores, con un plan integral a medio plazo que crea en lo micro para transformar lo macro e implique a los pobladores del monte en la defensa de su entorno? Seguramente esta sea una idea ingenua o de difícil ejecución, en todo caso poco original, pero ¿hasta qué punto sería efectiva?

Aunque seguirá ardiendo el monte, se trata de mitigar en lo posible el desolador efecto de las llamas. Y para ello hay que adaptar los medios disponibles al nuevo escenario, darles estabilidad laboral a todos los que combaten cada incendio, dimensionar la seducción de una militarización cuestionable y desde luego entrar a fondo en las culturas que regulan el uso del fuego, con paciencia y creatividad. En un cuento muy recomendable en el que nada se habla de bosques, Todos los fuegos el fuego, Julio Cortázar captura magistralmente la continuidad de un mismo fenómeno superponiendo dos incendios, uno en un circo de la Roma clásica y otro en un moderno apartamento europeo. Son el mismo fuego y, a la vez, no lo son: una idea inspiradora para quien quiera ponerse manos a la obra.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 42, ENERO DE 2016

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