El imparable avance de la extrema derecha

Los nuevos partidos europeos de extrema derecha utilizan símbolos cada vez más evidentes de su ideología.

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

Hace poco más de un año, en un congreso de la extrema derecha europea celebrado en la ciudad alemana de Coblenza, Marine Le Pen auguró que “2017 será el año del despertar de los pueblos de la Europa continental”. La líder del Frente Nacional francés se refería obviamente al despertar de la ultraderecha del Viejo Continente, fortalecida tras la victoria en 2016 del Leave en el referéndum sobre el Brexit y de Donald Trump en las presidenciales de Estados Unidos. Finalmente, y pese a los augurios de Le Pen, 2017 no fue el año de la extrema derecha: en las elecciones holandesas de marzo el Partido por la Libertad de Geert Wilders se quedó con el 13% de los votos, en las presidenciales francesas de mayo se impuso un europeísta liberal como Macron y en las legislativas alemanas de septiembre Angela Merkel consiguió mantenerse en el poder, aunque a duras penas. ¿Peligro superado? Pues no parece tan claro.

El panorama en realidad es descorazonador y extremadamente preocupante. Según la Fundación Por Causa, que ha elaborado un informe titulado “Antinmigración. El auge de la xenofobia populista en Europa”, la extrema derecha está actualmente presente en diecisiete Parlamentos nacionales de la Unión Europea, participa en el Ejecutivo de ocho países y gobierna en solitario en dos, Polonia y Hungría. A todo esto hay que sumar que, en la Eurocámara, 130 de 751 diputados son de partidos de extrema derecha. Más de un sexto del total.

Se trata de formaciones distintas, con orígenes y programas diferentes según el contexto en que actúan. Sin embargo, tienen unos mínimos comunes denominadores que comparten: la islamofobia y la antinmigración, que se ha convertido en el caballo de batalla de la última década, sobre todo tras la crisis de los refugiados; el ultranacionalismo y el identitarismo, hasta llegar en muchos casos a la defensa del supremacismo blanco; un discurso anti-establishment y anti-europeísta. Cada grupo utiliza estos elementos en el grado que considera adecuado a su contexto nacional y puede añadir otros, como la homofobia, el antifeminismo y el antisemitismo, para mencionar tan solo tres “clásicos” del discurso de extrema derecha. Pero, como señalan los autores del análisis de la Fundación Por Causa, “la verdadera fuerza de estos movimientos reside en su capacidad para contaminar la posición de los partidos tradicionales y trasladar el eje del debate público hacia la derecha, forzando a contestar cuestiones que hace unos años hubiesen sido sencillamente intolerables”.

Un ejemplo entre muchos: la Liga Norte de Matteo Salvini ha conseguido que la inmigración y la seguridad se hayan convertido en el monotema de la campaña electoral para los comicios italianos de marzo. Hasta el punto que tras un ataque racista contra inmigrantes en Macerata, llevado a cabo por un neofascista –que había sido para más inri candidato por la Liga en las elecciones municipales de 2016–, el alcalde de centro-izquierda de la ciudad decidió aplazar una manifestación de rechazo a la violencia hasta después de las elecciones para no herir las sensibilidades de todos los ciudadanos. Algo impensable hace tan solo una década.

Del Este al Oeste

En realidad, si miramos el mapa europeo nos damos cuenta de que la extrema derecha lleva ya tiempo asentada. Ya en 2002 el Frente Nacional llegó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas y en el trienio anterior el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), liderado en aquel entonces por Jörg Haider, consiguió el 26,9% de los votos y entró en el Gobierno.

Lo que es cierto es que la crisis económica iniciada en 2008 –con sus corolarios de aumento del paro, empobrecimiento de las clases populares y de las clases medias y aumento generalizado de las desigualdades– ha permitido un mayor arraigo de los partidos existentes y la creación de nuevas formaciones que han encontrado un ambiente propicio para que sus discursos pudiesen ser aceptados por sectores no desdeñables de la población. Así vemos cómo Marine Le Pen obtuvo casi 7,7 millones de votos en la primera vuelta de las presidenciales galas del año pasado. O cómo Alternativa para Alemania, formación euroescéptica nacida en 2013, entró el pasado septiembre por primera vez en el Parlamento teutón con el 12,6% de los votos y 94 diputados. O cómo el FPÖ estuvo a punto de ganar la presidencia de la República austriaca en 2016 y el pasado otoño se convirtió con el 27% de los votos en la segunda fuerza política del país alpino llegando a formar Gobierno con los conservadores: su líder, el exneonazi Heinz-Christian Strache, ocupa ahora la Vicecancillería y el partido controla los Ministerios de Interior, Defensa y Asuntos Exteriores.

Sin embargo, partidos de extrema derecha están gobernando o tienen una presencia importante en países como Hungría, Polonia o República Checa, donde la inmigración es casi inexistente y la tasa de paro es inferior al 5%. Viktor Orban, que defendió la construcción de una valla para bloquear la llegada de refugiados, gobierna desde hace once años en Budapest, haciendo y deshaciendo a su antojo sin el mínimo respeto por el Estado de Derecho. En 2014 su partido, Fidesz, obtuvo el 44,8% de los votos, mientras los neofascistas de Jobbik llegaron al 20,2%. Juntos suman dos tercios de los votos.

Más de lo mismo es lo que pasa en Varsovia desde que ha vuelto al Gobierno en 2015 Ley y Justicia de Jarosław Kaczyński: limitación de la libertad de prensa y de la independencia del poder judicial, cambios constitucionales exprés, aprobación de una ley que impide vincular al país con los crímenes del Holocausto, intento de ilegalización del aborto y un largo etcétera. Hasta el punto de que la UE le abrió hace unos meses un expediente por menoscabar el Estado de Derecho, una de las condiciones necesarias para ser miembro del Club. Con Hungría nunca se atrevió.

Tampoco se salvan de esta oleada los países escandinavos, patria de la socialdemocracia e históricamente modelo de una política reformista y tolerante: en Dinamarca el nacional-populista Partido Popular Danés (21% de los votos) apoya externamente al Gobierno conservador, imponiendo medidas muy duras en temas de inmigración; en Noruega el Partido del Progreso (15,2% de los votos) participa en el Ejecutivo desde 2013; y los ultraderechistas Demócratas de Suecia, que nacieron de formaciones neonazis a finales de los años ochenta, obtuvieron el 13% de los votos.

La excepción de la Península Ibérica

Si miramos más al Este y al Sur, la situación no es mejor. Rusia y los Balcanes han sido la cuna de muchos de estos movimientos. Tras el EuroMaidan y el inicio de la guerra civil en 2014, Ucrania es un hervidero con formaciones y milicias de extrema derecha o claramente neonazis que campan a sus anchas, ocupando las calles de Kiev y participando en los choques militares en el Este del país. En la Grecia de Syriza, los neonazis de Amanecer Dorado se mantienen como tercer partido desde que en 2012, el momento más álgido de la crisis, entraron en el Parlamento, aunque algunos de sus líderes están siendo juzgados por el asesinato del rapero de izquierdas Pavlos Fyssas.

En Italia la extrema derecha en su conjunto obtiene ya un quinto de los votos totales, entre la Liga Norte, que con la llegada de Salvini a la secretaría general ha vivido un proceso de lepenización, y los posfascistas Hermanos de Italia. Estas dos formaciones están hegemonizando cada vez más el discurso de la coalición de centro-derecha liderada por un octagenario Silvio Berlusconi. A todo esto hay que sumar los “fascistas del tercer milenio” –así se definen– de Casa Pound, que han conseguido el 6-9% en algunas elecciones de ámbito local en el último bienio.

La única excepción parece ser la Península Ibérica. Aunque la crisis ha golpeado duramente a la población, la extrema derecha no ha conseguido arraigarse. En Portugal, donde gobierna un Ejecutivo socialista apoyado por los comunistas y el Bloco de Esquerda, prácticamente no existe ninguna formación ultraderechista. Mientras, en España los intentos de Vox, o en el caso catalán de Plataforma per Catalunya, de crear un polo de extrema derecha han fracasado estrepitosamente, aunque diferentes grupos de tendencia neonazi, como Hogar Social, son muy activos y tienen una importante presencia en las redes sociales.

Más allá de que 2017 no haya sido, tal y como esperaba Marine Le Pen, el año de la extrema derecha, estos partidos y estos movimientos se han implantado con fuerza en todo el Viejo Continente. Y han venido para quedarse, marcando el debate político, las decisiones de muchos Gobiernos y convirtiendo en normal lo que hasta hace poco era sencillamente una aberración para unas democracias avanzadas como las europeas. Quizá, mirando en retrospectiva, podríamos definir la que estamos viviendo como la “década” de la extrema derecha. ¿Es una exageración? Ojalá sea así. Y ojalá, sobre todo, las sociedades europeas encuentren rápidamente unos anticuerpos para evitar que no se repitan experiencias como la de los años de entreguerras.

 

FRANCISCO VEIGA: “La ultraderecha ocupa el vacío dejado por la izquierda”

 

Francisco Veiga en Barcelona.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona y coordinador del Grup de Recerca en Història Actual, Francisco Veiga es uno de los mayores expertos del pasado y el presente de Europa del Este, Turquía y Eurasia. Sus trabajos sobre los Balcanes son toda una referencia. En 2017 se publicó Entre dos octubres, un estudio pormenorizado de las revoluciones y las contrarrevoluciones en la Rusia de 1905-1917. Ahora está acabando un libro sobre la ultraderecha y los populismos en la Europa de la posguerra fría.

Texto / Steven Forti

Fotografías / Virginia Quiles

 

¿Cómo explica el auge de los partidos de extrema derecha?

Más que de partidos, movimientos o grupos, debemos hablar de un ambiente de extrema derecha muy relacionado con lo que se denomina populismo. En algunos casos se concreta en partidos determinados, mientras que en otros puede adoptar formas diferentes integrándose en formaciones que no han nacido como tales. Lo que explica todo es la descomposición progresiva de la izquierda. Se han creado unos vacíos que han sido ocupados por el llamado populismo y una ultraderecha oportunista. En algunos casos incluso grupos de izquierda han pasado a hacer propias las ideas de ultraderecha.

¿Cómo se han difundido estas ideas?

El punto de ignición de este cambio ha sido más cultural que político. Hace unos años era impensable el éxito que ha tenido toda la literatura sobre Limonov, un intelectual ruso que acaba creando una especie de alternativa ultraderechista. Un D’Annunzio del siglo XXI. O piénsese en el interés que ha despertado en Francia el cómico Dieudonné con un discurso casi antisistema en medio del cual se cuelan ideas xenófobas. A esto se junta el silencio sobre otros temas como la lucha de clases que ha pasado a ser algo viejuno. Se habla de otras fricciones y rupturas en el sistema actual porque se supone que la estructura social no está definida.

¿Cuándo empiezan estos procesos?

Inmediatamente después de la caída del muro de Berlín con la crisis de la izquierda y el liberalismo triunfante. Ahí se crea ese vacío que aprovecha la ultraderecha en Europa del Este. A principios de los noventa se dan casos de alianza rojo-parda en Rumanía, Serbia y Rusia. La oposición a Yeltsin, personificación del liberalismo, reúne a los excomunistas y a la ultraderecha. Parecía una extravagancia del Este. Progresivamente ha ido pasando a la Europa occidental, gracias también a algunos focos tempranos de populismo, como el berlusconismo y los Cinco Estrellas en Italia o el nuevo Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia.

El modelo es la Europa del Este de los noventa, pues.

Sí, es un modelo persistente. El tema es entender cómo funciona. Hay dos mecanismos explicativos. El primero es de la emulación-transmisión. Se estudia lo que pasa en el Este y se aplica aquí. Tuvo influencia también la integración de estos países en la UE: en Bruselas empieza a ser normal ver a eurodiputados de la Gran Rumanía que hacen intervenciones contra los gitanos. Esto le saca la vergüenza al ultranacionalismo y al neofascismo. El segundo es la fórmula de cómo reaccionan los humanos ante los mismos problemas: hay una respuesta política parecida en el Este ante el desplome del sistema soviético y en Occidente ante la crisis de 2008. En ambos casos la ultraderecha consigue surfear esta situación.

¿Polonia y Hungría podrían marcar el camino para Occidente?

No necesariamente. Más bien lo que vemos ahí es la continuación de lo que pasó. Hay una inercia combinada con la pérdida del respeto a la UE. No creo que el auge de la extrema derecha nos vaya a llevar otra vez a 1939. A lo mejor sí, a lo mejor no. De la misma manera que la historia no se ha repetido con la izquierda, no tiene por qué repetirse con la derecha. Igual nos encontramos delante de una extrema derecha que fracasa y no es capaz de gestionar el desafío que ha lanzado.

¿El nacionalismo es el último refugio para un sistema en crisis?

La fórmula básica es sencilla, si no, no funcionaría. La fuerza de la izquierda era su mensaje claro: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Ahora se ha convertido en un debate filosófico al que pueden acceder solo unos pocos. El nacionalismo es lo más sencillo: no exige una formulación política muy complicada. Es emocionalidad. Tiene un componente de aglutinación social: todos los que comparten un símbolo son una comunidad social básica. Esta trabazón familiar, social, lingüística es resistente y la entiende todo el mundo. Es un impulso que se vende como algo desde abajo, arcaico.

¿No deberíamos tener anticuerpos tras lo vivido en el siglo XX?

Una de las grandes trampas que ha utilizado la extrema derecha es la imagen del progresismo. Es lo que llamo el 68 inverso, que está muy presente en las redes sociales. Se aprovecha aquella desfachatez refrescante del 68, ese desconcertar al burgués. Ahora ya no lo utiliza la izquierda. Lo está utilizando la ultraderecha. Otro ejemplo: antes ser gais y lesbianas era algo solo progresista, ahora también hay gais y lesbianas en la ultraderecha. Basta pensar en Alice Weidel, la nueva líder de Alternativa para Alemania.

¿Existen redes de extrema derecha a nivel internacional?

Nunca ha sido fácil juntar los nacionalismos. ¿Cómo casas una ultraderecha italiana que aboga por echar a los rumanos con una ultraderecha rumana que quiere poner un pie en Europa gracias a la exportación de trabajadores? Debería haber un unificador de todo esto. De momento no lo hay.

¿El Brexit y Trump son parte de este ambiente?

Sin duda. Como también el golpe turco de 2016. Trump es el típico líder populista impredecible. Uno de los cambios importantes respecto a los setenta es que la gente ya no vota ideología y programas, vota personajes. Y el personaje es de por sí impredecible. Un día se levanta y dice una cosa, al día siguiente dice lo contrario. Esta idea de la personalización de la política, muy estadounidense, acaba contagiándose. Y aparecen líderes como el expresidente georgiano Saakashvili: aceptó el cargo de gobernador de Odesa en Ucrania con Poroshenko y al final rompió con él, le criticó y fue expulsado del país. Es el impulso populista.

¿Cómo se pueden frenar estos procesos?

Habría que recuperar y actualizar la izquierda. Hablar de los problemas reales. Estamos volviendo a un panorama social dickensiano. La izquierda tiene que recuperar estos problemas de trituración social y desenmascarar estas poses populistas.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 55, MARZO DE 2018

Deja un comentario