Isabel Alba: “Escribir es un proceso colectivo”

La novelista se encuentra estos días en Asturias. Foto / María Arce.

La novelista se encuentra estos días en Asturias. Foto / María Arce.

Isabel Alba (Madrid, 1959) acaba de publicar su tercera novela, 65% agua, recién editada por Cambalache, que escribió simultáneamente con La verdadera historia de Matías Bran, primera parte de una trilogía publicada por Montesinos. Guionista, fotógrafa y activista, se encuentra estos días en Asturias, donde hoy miércoles a las 20 horas participará en un encuentro sobre literatura y política con Irene S. Choya en La Revoltosa de Gijón y mañana jueves a las 20:30 horas en un recorrido por “las palabras del agua” en el que combinará textos y poemas de diversos autores para “bosquejar una imagen simbólica del agua en el espacio de los afectos, de la vida y de la muerte”. Este último acto forma parte de la feria del libro 2015 organizada por el local Cambalache de Oviedo.

ATLÁNTICA XXII publicó el pasado mes de septiembre una entrevista con la escritora realizada por Eduardo Romero que reproducimos a continuación.

¿Cómo ha sido ese proceso creativo, en paralelo, de dos novelas al menos aparentemente tan diferentes?

La idea de La verdadera historia de Matías Bran, una novela histórica, surgió nada más terminar Baby Spot. Poco después, empecé 65% agua y a partir de ahí la escritura de ambas novelas se desarrolló en paralelo y en alternancia. 65% agua era mi válvula de escape en los momentos críticos, aquellos en que, anímica o físicamente, no me sentía capaz de zambullirme en La verdadera historia de Matías Bran. En 2011, cuando publiqué esta última, seguí todavía aferrada, durante tres años más, a 65% agua. Ambas novelas se han alimentado la una de la otra, a pesar de tratar de temáticas muy diferentes. La verdadera historia de Matías Bran narra la revolución húngara de 1919. 65% agua recorre la cotidianidad de dos personajes, hombre y mujer, en una ciudad y en un tiempo que identificamos como los “nuestros”. Sin embargo, las dos novelas tienen cosas en común. Ambas se centran en las decisiones personales, en que todas tienen repercusión. La diferencia es que mientras La verdadera historia de Matías Bran incide en la dimensión colectiva de las decisiones, 65% agua lo hace en la individual. Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén decía que no hay una sola decisión humana, por pequeña e insignificante que sea, y por desapercibida que pase, que no repercuta en la cadena que forma la humanidad. Nuestras decisiones no solo nos definen sino que afectan, inevitablemente, a la colectividad.

Una novela incómoda

Una de las opiniones que aparece en los grupos de lectura sobre su novela es que el lector se identifica fácilmente con los personajes. Pero su voluntad como autora no es la de una identificación “cómoda”, que permita dejarse llevar y entretenerse por la peripecia.

65% agua es una novela incómoda para el lector y lo es precisamente porque es fácil identificarse con los personajes. Estos nos ponen delante de los ojos lo que cada uno de nosotros somos y hacemos. La novela habla de esas pequeñas cosas de todos los días, que son las realmente importantes porque son las que hacen nuestras vidas, las decisiones cotidianas, aquellas a las que apenas damos valor por insignificantes, pero que van construyendo paso a paso nuestra trayectoria. También incide en que no hay recorridos cerrados ni definitivos, que siempre podemos salirnos de ellos. Solo hay que atreverse.

Estuvo a punto de incluir en el inicio del libro una cita de John Berger: “Todas las historias son discontinuas”. ¿Por qué escoge esa forma discontinua de narrar?

La verdad es que no sé escribir de otra manera. Mi forma de escribir refleja mi manera de ver la realidad. Nunca he escrito un relato lineal, siempre elijo una estructura narrativa episódica, fragmentada, con saltos hacia adelante y hacia atrás. Se debe a que tengo una visión global, pero al mismo tiempo distante, de los acontecimientos –y también a la necesidad de que el lector se distancie de ellos para poderlos pensar–. Desde mi punto de vista, nada puede leerse solo, pero tampoco con una continuidad cronológica. La realidad se conforma de detalles que independientes no parecen tener valor, pero una vez reunidos, como si fueran un puzle, adquieren un nuevo sentido. Pienso ahora mismo en Lévi-Strauss y, aún más, en Walter Benjamin, cuando afirmaba “erigir las grandes construcciones con los más pequeños elementos […] para descubrir en el análisis del pequeño momento singular el cristal del total acontecer”.

Las mujeres irrumpen con fuerza en sus historias. Y, concretamente en 65% agua, algunas de las encrucijadas centrales remiten a preguntas como quién cuida, quién tiene tiempo propio, qué caracteriza nuestras vidas afectivas.

Me gusta decir que las mujeres se imponen en mis novelas con cabezona terquedad. Yo no las busco, pero ellas aparecen y asumen un papel protagónico, lo quiera yo o no. En realidad, mis personajes femeninos saldan, por un lado, una deuda histórica: rescatarnos de la invisibilidad. Devolvernos al lugar que nos corresponde. Y, por otro, sacan a la luz otras maneras de pensar, hacer y vivir la realidad. Precisamente porque la sociedad patriarcal nos mantiene en los márgenes, en el lado de sombra, en los momentos históricos críticos somos las primeras en tener la valentía de enfrentarnos a una realidad hostil para buscar nuevas formas de hacer colectivas, para nosotras y también para los hombres. Pienso que es éste, nuestro presente histórico, uno de esos momentos críticos en que las mujeres tenemos un papel crucial.

Isabel Alba durante la entrevista en el local Cambalache de Oviedo. Foto / María Arce.

Isabel Alba durante la entrevista en el local Cambalache de Oviedo. Foto / María Arce.

Disidencia y literatura

Sabemos que usted huye de las etiquetas: literatura comprometida, literatura feminista…

Sí, no me gustan las etiquetas porque creo que no son necesarias. La literatura no se puede desligar de la realidad. La literatura es, siempre, una toma de postura. Un compromiso con el presente histórico. Todas las novelas llevan implícita la pregunta por la realidad, ya sea para mostrarla, transformarla o ignorarla, que también es una forma de posicionarse. Escribir es, sin duda, enfrentarse a la realidad y cada uno lo hacemos desde quienes somos: miramos la realidad, la delimitamos y la mostramos desde nuestra trayectoria personal, política –lo personal es siempre político–.

En 65% agua una serie de fotografías abre y cierra cada uno de los capítulos. ¿Qué papel juega la imagen en sus novelas?

Durante años, alterné escritura y fotografía y pintura. Con La verdadera historia de Matías Bran comprendí que me resultaba muy difícil escribir sin imágenes. Pero no como meras ilustraciones de las palabras. Imágenes y palabras se complementan. Esto se debe, quizás, a sus diferencias. La escritura es búsqueda. Escribir es desvelar el objeto a pesar de las limitaciones que nos impone el lenguaje. Cuando escribimos, exploramos el territorio de las palabras hasta rescatar, de su maraña, las cosas. Escribir es examinar, rechazar, elegir, hasta encontrar la frase que, una vez fijada en el papel, nos llena de satisfacción, porque sabemos que es esa y no otra la que buscábamos. Pintar o fotografiar, por el contrario, es, como dice John Berger, una colaboración. La fotografía o el dibujo son el resultado de un encuentro directo con las cosas. En la fotografía instantánea es donde más se evidencia esa colaboración con las cosas. El ojo, la cámara, está esperando el encuentro. Hay que disparar en el instante preciso. Fotografiar, de este modo, es acertar. La verdad es que solo en la combinación de ambos elementos, palabras e imágenes, consigo expresarme con plenitud.

A pesar de que ha apostado por editar la novela en un sello de un colectivo social, lo cierto es que en los espacios activistas la novela está infrarrepresentada.

En el circuito de los libros disidentes se apuesta primordialmente por el ensayo. Incluso hay un desinterés hacia la literatura, inconcebible en otros momentos históricos en que la novela y la poesía tuvieron un papel revolucionario protagónico. La literatura es una herramienta de transformación mucho más efectiva que el más lúcido de los ensayos. Pero parece que lo hemos olvidado. Quizás el lugar que disfrutaron en otras épocas la literatura y la poesía lo ocupa hoy la novela gráfica. La cuestión es que no se puede separar el proceso creativo de las condiciones en que éste se produce. Si el circuito comercial –el de las grandes multinacionales de la cultura– solo apuesta por un tipo de narrativa –aquella que considera vendible y sin riesgo ideológico– y el circuito alternativo, que discurre en paralelo y cuyo cometido debiera ser hacer llegar al público esas otras novelas –las que subvierten la realidad–, no apuesta por ellas, entonces no se escribirán.  Un escritor no decide lo que quiere escribir sino que tropieza con ello. Está ahí, a su disposición, y a la de muchos otros escritores, pero para que le preste atención tiene al menos que darse un mínimo de posibilidades de que esa historia pueda llegar alguna vez a las manos de los lectores. Y unas historias llaman a otras, si una no existe tampoco existirán las otras. Benjamin decía que “el texto es ese trueno que retumba largamente”, pero no solo en los lectores, sino también en otros escritores. El proceso de escritura aparentemente individual, solitario, es en realidad un proceso colectivo. Creamos un conjunto de novelas en un lugar y un tiempo dados, no una sola obra. Y todo ese conjunto conforma la memoria de un determinado momento histórico. Si no hay condiciones, ese legado se perderá.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 40, SEPTIEMBRE DE 2015

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Ilustración / Alberto Cimadevilla.