Italia, ante una Tercera República populista

Movimiento 5 estrellas

Beppe Grillo. Foto / Giorgio Brida (wikimedia)

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

El día en que los militantes socialdemócratas alemanes se decantaron por renovar la Gran Coalición con Angela Merkel, en Europa muchos respiraron aliviados: Alemania volvería a tener pronto un Gobierno. La estabilidad europea no estaba en peligro. El Brexit había sido una pesadilla y, tarde o temprano, todo volvería a los cauces conocidos. Sin embargo, unas horas más tarde en Italia la tierra tembló, abriendo un nuevo frente de inestabilidad política en el Viejo Continente. La ola populista no había acabado, como muchos habían pensado hacía unos meses. Al contrario, volvía a tener empuje.

Así que, mirándolo desde el presente, el paréntesis no parece haber sido el Brexit y la conquista de la presidencia de Estados Unidos por parte de Trump en 2016, sino más bien la victoria de Macron y Merkel en las elecciones francesas y alemanas de 2017. Tras la entrada de la extrema derecha en el Gobierno austriaco el pasado mes de diciembre, la ola populista ha vuelto a arrasar a los países europeos: los resultados de los comicios italianos del 4 de marzo lo confirmarían, así como la victoria por goleada de Viktor Orbán en Hungría el 8 de abril.

El italiano ha sido un verdadero terremoto político, cuyas consecuencias son, a día de hoy, aún inciertas. Lo que está claro es que marcan un antes y un después: nada volverá a ser igual. La mal llamada Segunda República –nacida a principios de los años noventa tras el escándalo de Tangentópolis y el fin del sistema de partidos instaurado en 1945-1948– ha pasado a mejor vida, sustituida por una Tercera República que los grillini han definido ya “de los ciudadanos”. No se trata de un cambio de régimen, ni de la consecuencia de una profunda reforma constitucional –la que propuso Matteo Renzi fue tumbada en diciembre de 2016 por la gran mayoría de los italianos–, sino de otra transformación del sistema de partidos.

Efectivamente, las formaciones que han gobernado en las últimas dos décadas han sufrido un descalabro notable: juntos, Forza Italia y el Partido Demócrata no llegan ni al 34% de los votos. En 2008 sumaban más del 70%. Los ganadores de los comicios son dos formaciones relativamente nuevas o fuertemente renovadas del panorama político transalpino. Por un lado, el Movimiento 5 Estrellas (M5E) se ha convertido en el primer partido con el 32,7% de los votos a nivel nacional, con picos del 47-49% en algunas regiones del Sur de la península. Por otro, la Liga con el 17,4% de los votos –y picos del 30% en algunas regiones del Norte– ha superado a la Forza Italia de Silvio Berlusconi, obteniendo el liderazgo de la coalición de centro-derecha. Si a los resultados de estas dos fuerzas le añadimos el 4,4% obtenido por la formación de extrema derecha de Hermanos de Italia, los partidos que se pueden etiquetar como populistas llegan al 55% de los votos.

Movimiento 5 Estrellas

Matteo Salvini. Foto / Giorgio Brida (wikimedia)

La Liga lepenizada de Salvini

La Liga no es algo nuevo en el panorama político italiano. Existe desde los años ochenta y tiene un cierto protagonismo desde principios de los noventa. Lo que es novedoso es el cambio de chaqueta que ha llevado a cabo en el último lustro. De un partido asentado solo en el Norte de la península que en los años de liderazgo de Umberto Bossi llegó a defender la secesión de la Padania, la Liga se ha convertido en un partido nacionalista italiano de extrema derecha que ha experimentado un proceso de lepenización bajo el mando del nuevo secretario general, Matteo Salvini.

Los liguistas ya no gritan “Roma ladrona”, ni hacen celebraciones dedicadas a los “pueblos padanos” a orillas del río Po: la misma palabra Norte ha desaparecido de su símbolo. Ahora los lemas son “Primero los italianos”, declinación local del America First trumpiano, “Fuera los clandestinos” y “Euro no”. Los platos fuertes de su programa son la seguridad, la expulsión de los extranjeros y la reducción de los impuestos, propuestas que consiguen conectar con la clase media y trabajadora de un Norte rico que sufre los traumas de la globalización, pero que pueden encontrar votantes también en el resto de la península.

La Liga tiene el objetivo de convertirse en el partido hegemónico de todo el centro-derecha, teniendo como ejemplo al Frente Nacional francés. El objetivo no parece muy lejano, teniendo en cuenta los resultados del 4 de marzo y la edad del exCavaliere: en septiembre cumplirá 82 años, su declive físico es ya evidente y su partido-hacienda –construido alrededor de su figura y liderazgo– no tiene futuro sin él.

El avance de la Liga ha sido espectacular en el último lustro: en 2013 superó por los pelos el 4% de los votos y en el centro-sur de la península ni se presentaba a las elecciones. El pasado 4 de marzo llegó a obtener el 17-20% en regiones del centro como Umbría y Toscana, históricos feudos de la izquierda, y en el Mezzogiorno consiguió un millón de votos. Para un partido que hace tan solo una década despotricaba contra los terroni –término peyorativo para definir a los del Sur– es un resultado excepcional.

Ahora los nuevos terroni para la Liga son los inmigrantes: en Macerata, pequeña capital de provincia de las Marcas, donde durante la campaña electoral un joven neofascista con un pasado militante en la misma Liga llevó a cabo un ataque racista dejando heridos por balazos a seis extranjeros, el partido de Salvini, que no condenó el atentado, se llevó el 21%, cuando cinco años antes obtuvo tan solo el 0,6%. Un dato que explica muy bien el clima existente en el Belpaese y la capacidad de la Liga de marcar los debates en la opinión pública.

Los 5 Estrellas, objeto político no identificado

Tampoco es una novedad, en realidad, el Movimiento 5 Estrellas. En 2013 los grillini dieron el gran salto a la arena política nacional, consiguiendo el 25% de los votos en las elecciones generales. Se rompía ya entonces el bipartidismo de la Segunda República, basado en la alternancia entre las coaliciones de centro-derecha y centro-izquierda. Contra el pronóstico de muchos analistas, el Movimiento había venido para quedarse. Los casi once millones de votos del 4 de marzo son la prueba fehaciente de ello, así como la conquista de diferentes ciudades –como Roma, Turín o Livorno– en las elecciones municipales de los últimos años.

También la formación fundada por el excómico Beppe Grillo en 2009 está viviendo una transformación cuyo resultado es aún una incógnita. De los Vaffanculo Day –Jornada del “que se vayan a tomar por culo”, literalmente– ha pasado a un perfil más moderado: los 5 Estrellas quieren mostrar que son una fuerza capaz de gobernar. Pero, en el fondo, sigue quedando una pregunta: ¿qué es el M5E? ¿La declinación italiana del nuevo populismo nacido a escala global tras la crisis económica de 2008? ¿La nueva formulación de un gentismo que siempre ha existido en la política transalpina? ¿La reacción indignada a los constantes escándalos de corrupción –el lema más repetido del Movimiento es “honradez”– y a los privilegios de la “casta” política? ¿Un experimento de laboratorio controlado por sus creadores, el mismo Grillo y el emprendedor especialista en comunicación e Internet Gianroberto Casaleggio, fallecido en 2016? Aún no hay un mínimo consenso sobre cómo definir esta experiencia que parece, más bien, un objeto político no identificado.

De momento, los 5 Estrellas siguen jugando con la ambigüedad que le ha permitido convertirse en un partido atrapalotodo. En su programa, la lucha contra la corrupción y los gastos de la política, la propuesta de la renta mínima garantizada y una mayor inversión en educación, sanidad y la economía verde se unen a la mano dura contra la inmigración, mayores inversiones para la seguridad, la bajada de impuestos y un euroescepticismo de fondo, aunque la propuesta de un referéndum sobre la salida del euro parece haber desaparecido. Ni izquierda ni derecha, como suelen decir los grillini. O más bien un poco de izquierda y un poco –a veces mucho– de derecha.

Lo mismo se podría decir para lo que concierne a la estructura y el funcionamiento del partido. Se hace gala de la democracia directa vía web, pero luego las votaciones las controla la empresa Casaleggio Associati –dirigida por el hijo de Casaleggio y propietaria del partido–, la dirección modifica cuando les conviene los resultados de las consultas –donde la participación es extremadamente baja: en la plataforma Rousseau han votado tan solo 39.900 personas para decidir el programa y los candidatos– y la libertad de voto de los diputados es una quimera –cada diputado ha firmado un contrato según el cual deberá pagar 100.000 euros y dimitir en caso de no respetar la decisión de la dirección–.

Movimiento 5 estrellas

Luigi Di Maio, del Movimiento 5 Estrellas, ganador de las elecciones italianas.

Un país en transición

Si no es fácil entender qué es el M5E, aún más difícil es vaticinar en qué se convertirá. El paso al lado de Grillo, que se mantiene como una especie de megáfono del Movimiento, ha permitido al joven y telegénico Luigi Di Maio convertirse en la figura de referencia del partido. Además, se está creando una nueva clase política que necesitará ser renovada continuamente si se mantiene la limitación de dos mandatos para todos los cargos elegidos.

Los bandazos en el programa y el abandono de las prácticas de los orígenes –basadas sobre todo en la autonomía de los meet up locales– ha llevado a muchos a abandonar el Movimiento, también entre los opinion makers. Quien desde la izquierda había simpatizado con los grillini, como el historiador Aldo Giannuli o el activista Franco “Bifo” Berardi, se han alejado más pronto que tarde por la que consideran una deriva derechista, sobre todo acerca del tema de la inmigración y por las recientes buenas relaciones del Movimiento con las élites económicas; mientras que otros –como el filósofo Paolo Becchi o el economista Alberto Bagnai– han abrazado el soberanismo de derechas de la Liga, considerando el M5E demasiado blando con el tema del euro.

Sin embargo, la incertidumbre no afecta tan solo a los 5 Estrellas, sino a todo el sistema italiano, que está viviendo una transición hacia no se sabe dónde. Lo que es cierto es que en este 2018 unas formaciones etiquetables como (neo)populistas han sabido canalizar la rabia y la indignación de gran parte de la población, cansada de la vieja clase política, harta de la corrupción y la ineficiencia del sistema público, preocupada por el estancamiento crónico de la economía y, sobre todo en el Sur, fuertemente empobrecida por la crisis.

Qué será la Tercera República no lo sabe nadie. Puede que todo cambie para que todo siga igual, según la conocida fórmula del Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: no se olviden que Italia es el país del transformismo. O puede que todo cambie a peor. La desaparición de la izquierda del mapa político y el clima que se vive en el país no dejan mucho espacio para el optimismo. Y las consecuencias, en este caso, no las vivirían tan solo los italianos, sino todos los ciudadanos europeos. Agárrense que vienen curvas.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 56, MAYO DE 2018

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