Jacques de Vaucanson o la fábula del pato prodigioso

El inventor Jacques de Vaucanson en un retrato anónimo de 1784.

El inventor Jacques de Vaucanson en un retrato anónimo de 1784.

Por Natalia Fernández Díaz / Lingüista y traductora.

La humanidad siempre ha vivido con verdadera fascinación la posibilidad demiúrgica de ser creadora, de ser Dios. Y los inventores de ingenios -de autómatas- se engrandecían en ese humus de la credulidad ajena que se rendía más ante el prodigio que ante el talento. En ese contexto hay que entender la figura de Jacques de Vaucanson y la espuma de los días de su tiempo.

Había nacido en Grenoble, un 24 de febrero de 1709. Era el décimo hijo de un fabricante de guantes y una dama piadosa cuyo único entretenimiento era visitar conventos los domingos. En esos paseos en busca de luz interior se llevaba a su retoño Jacques quien, para disipar las tentaciones del aburrimiento, se ensimismaba mirando un reloj que ocupaba buena parte del vestíbulo conventual y trataba de entender sus mecanismos. Tal actitud no pasó inadvertida al cortejo de beatas que, poco a poco, le fueron confiando reparaciones de relojes y otros artilugios. Con ese trasfondo religioso no es extraño que Jacques se formara con los jesuitas y quisiera dedicarse a la causa divina. Pero empeños más humanos, como la mecánica o la fisiología, fueron desviando su atención de adolescente.

Abandonó entonces su ciudad natal y se trasladó a París donde se dedica a la meditación errabunda por las Tullerías, ensimismado en las estatuas. En concreto, en una de ellas: la que reproduce la figura de un flautista. Empezó entonces a cavilar cómo hacer un flautista “de verdad”, con dedos móviles y ágiles, capaces de arrancar el alma del sonido a la flauta. Un tío suyo, escandalizado ante ese sobrino dispuesto a triunfar en proyectos tan fútiles, le enviaba aluviones de cartas para intentar disuadirlo de esa locura de crear máquinas de probada inutilidad, en vez de consagrar su genio a actividades de más y mejor provecho.

Pero pudo más el sueño de la mecánica pura y dio a luz a un pastor tamaño natural que tocaba la flauta -reproducía doce melodías distintas-. Había aprendido lo suficiente también de anatomía como para detenerse en la filigrana del detalle: los dedos bien colocados sobre los agujeros del instrumento y los movimientos de los labios y la lengua. El propio Vaucanson escribió un tratado en el que explicaba los mecanismos del flautista donde justificaba su invento con el alegato de la curiosidad que le producía el funcionamiento de los instrumentos de viento -una flauta travesera, decretaba, no es lo mismo que una flauta “normal”-. Le ayudó en la consecución de su empresa una enfermedad insidiosa para la que los médicos le recomendaron sesenta días de convalecencia. Fueron jornadas febriles en todos los sentidos. En todo momento estuvo asistido por su viejo criado que, a esas alturas, conocía los secretos de la mecánica tan bien como el propio Vaucanson. Sin embargo, cuenta la leyenda que, cuando vio al flautista tocar, cayó de rodillas ante su amo, llorando de alegría, como si estuviera ante el mismísimo Dios. De todas formas, Vaucanson coqueteaba con la idea de que el ocultismo animaba a sus experimentos empíricos, una eventualidad que permitió que se le viera más como un mago que como un científico. No en vano Voltaire hablaba de él como “el enemigo de Prometeo”…

Un pato célebre

Pero su gran triunfo es el pato que él había creado, que comía grano, estiraba el cuello, esponjaba las alas y excretaba tras una digestión -por medio de un sistema digestivo hecho de tubos de caucho, material recién introducido en Europa- a la vista del ojo humano. El resultado era real. Los excrementos, un certificado inapelable del destino fisiológico ineluctable. Pero ese pato que levantó la admiración de media Europa y gran parte de la otra media tuvo un destino turbulento. Primero lo adquirió un marchante de arte austríaco, a cuya muerte sus adquisiciones sirvieron para saldar deudas. Incluido el famoso pato de Vaucason. A partir de ahí se le pierde la pista, con gran enojo de los descendientes del genio, que no hacían sino repetir el mantra de que el pato “era el objeto más preciado de cuantos había fabricado su pariente”.

Goethe, en su Tag-und Jahreshelfte, asegura haber contemplado el famoso pato y que con seguridad tenía problemas de digestión… Tal era el deplorable estado de esa figura cuando él tuvo el dudoso privilegio de verla allá por el año 1805. Achim von Arnim lo contempló en Milán. Y en la novela Mason y Dixon, de Pynchon, aparece el célebre pato.

Federico Guillermo II de Prusia trató de atraer al inventor hacia el viejo imperio. Pero Vaucanson, con la lección patriótica bien aprendida, prefirió quedarse en Francia y poner sus ingenios al servicio de los suyos que, por cierto, le criticaban por sus tarifas, aunque tales habladurías hacían poca mella en el aprendiz de Dios: él inventaba y cobraba. Y si no, que lo hiciera otro. Pero alguna recompensa sí tuvo ese patriotismo florido, y al final, por medio de uno de los ministros de Luis XV, llega a dirigir las manufacturas de la seda de Francia, para las que ingenió un primer modelo de telar automatizado -precursor del célebre telar de Jacquard-. En un viaje a Lyon los obreros le apedrean en las calles, porque les ha llegado el rumor de que, con esos artilugios, Vaucanson se proponía suprimir puestos de trabajo en favor de la automatización -pobre Vaucason…qué lejos estaba de imaginar lo que habría de ser la realidad en su lado más execrable, más de dos siglos después…-.

Entretanto, y ya olvidada su trayectoria religiosa, contrae matrimonio. No tuvo más que una hija que perdió prematuramente a su madre. Se ocupó de ella en el sentido más integral de la palabra, pues se erigió en su único instructor y consagraba al menos tres horas diarias a su educación.

Todo ello sin dejar de crear otras rarezas que hacían las delicias de un público entregado. En 1750 Vaucanson concibió un áspid que silbaba al morder a la Cleopatra de un conjunto escultórico de Marmotel. En 1751 ideó un torno metálico. Y, en fin, Luis XV le animaba a crear un hombre dotado de corazón, venas y demás órganos internos. Pero la muerte, impaciente, le truncó el proyecto.

Condorcet escribió Elogio de J. de Vaucanson. Es de los pocos que describen su muerte: “Aquejado de una cruel y larga enfermedad…”. Su hija, que ya estaba casada, se ocupaba de él con diligencia. El pato había desaparecido sin dejar rastro; apenas quedan de él algunos bosquejos inciertos. El flautista pereció con la llegada de la Revolución de 1789. Y el resto de sus ingenios, trasladados al museo de Nizhni Novgorod, en el corazón de Rusia, se extinguen en las llamas de un incendio en 1879. Es como si el ocultista genial se empeñara en no dejar huellas y bruñir así, a golpes de cincel magistrales, su propia leyenda.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 28, SEPTIEMBRE DE 2013

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