Jorge Salvador Galindo, obseso textual

Jorge Salvador Galindo rodeado de libros en su casa de Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Jorge Salvador Galindo rodeado de libros en su casa de Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Jorge Salvador Galindo (Oviedo, 1978) lee un libro al día. Jorge Salvador Galindo saquea varias librerías de viejo al cabo de las horas. Jorge Salvador Galindo es obseso textual -en el decir de Umbral- y de los buenos. En su tebaida o zaquizamí de la calle Marqués de Teverga de Oviedo hay una habitación donde no deja entrar a su mujer, bajo llave y con infinidad de estantes hasta el techo, montañas y montañas de libros fatigados -en el decir de Borges- y aquellos otros a los que el fulgor del tiempo ha convertido en prácticamente inservibles. Jorge Salvador Galindo lo sabe todo de bibliopatías, bibliomanías, bibliofilias y bibliofobias, una pasión por la lectura que a veces le hace extraviar la mirada y le convierte la voz en prácticamente inaudible, como de animal acorralado, como de especie en extinción, como de loco entre calambres varios.

Diego Medrano / Escritor.

Me gustaría que hablásemos un poco de la periferia. De las rejas de la periferia. Has montado la editorial Pez de Plata, has publicado nueve títulos y me resisto a pensar que la periferia, de algún modo, no ha supuesto para ti más de un daño.

La clave de las rejas está en el espacio que hay entre cada dos barrotes. En Pez de Plata intentamos buscar ese hueco, colarnos por él y mostrar lo que hacemos fuera. Nos debemos a nuestros autores. Y flaco favor les haríamos si no intentásemos que sus obras llegasen al mayor público posible. Por ejemplo, el día del libro estuvimos doce sellos asturianos en Sant Jordi, mano a mano con el Centro Asturiano de Barcelona. Los responsables de Hoja de Lata, que coordinaron el embarque, hicieron un gran trabajo. Ojalá lo repitamos el próximo año. Como perla para el anecdotario, te diré que pasó por allí Juan José Millás y luego nos enteramos de que alabó el gran trabajo de las editoriales asturianas. Las rejas, por lo tanto, son siempre psicológicas. La mejor terapia es mover el culo.

Asistimos al fin de los medios-soles. Antes había quien mataba por entrar en Babelia de El País. Ahora surgen los medios-satélite: blogs, prensa contestataria, incluso pasquines y fanzines digitales. Ya nadie mata por entrar en el suplemento cultural de turno. Mucho esplendor pero también no menos miseria…

Una cosa es la labor de prescripción y otra la crítica literaria profesional. Lo que está pasando es que Internet ofrece un campo muy amplio para que se hable de libros, de literatura. Incluso en blogs, o páginas personales, hay lectores que hacen unas críticas espléndidas. Y suelen ser mucho más accesibles. A mí me sigue resultando muy difícil despertar el interés de la prensa especializada. A veces me siento como si estuviera intentando vender una aspiradora, cuando lo único que pretendo es promocionar los libros y a los autores a los que publico. Un día, en una presentación, me acerqué a un periodista para preguntarle qué le parecía la editorial. Me dijo, muy circunspecto: “Ah, sí, la Editorial Pez de Plata, el sello de la rareza, el humor y la extravagancia”. Todavía tengo la duda anclada en el bigote: ¿Qué quiso decir? ¿Que nos consideraba algo gracioso? Yo solo digo que la gente que no se toma el humor en serio no es de fiar. Así que animo a todos los suplementos culturales del país a comprobar cómo estamos haciendo las cosas. Espero su llamada…

Asistimos al cambio de modelo a la hora de dar a conocer un libro. Las presentaciones clásicas languidecen, se vuelven obsoletas, otros formatos hoy son mucho más atractivos.

Es muy triste asistir a una presentación en una librería y ver solo diez o doce personas. Pero míralo bien. Podrían haber ido nueve. Lo que quiero decir es que hay que moverse, intentar conectar con los lectores para proponerles esa lectura que a ti te ha apasionado de manera seductora e interdisciplinar. Con el sello Bestia Audax (sí, trabajo en dos editoriales) hemos conseguido muchas cosas en este sentido con los libros de Tito Montero, fusionando en cada presentación la literatura con el humor, la música, el cine, etcétera… Y con Pez de Plata también. Hace poco presentamos en Barcelona Con pecado concebido y llevamos a la librería a dos de los protagonistas de la novela: Jesucristo y María Magdalena. Fue muy divertido porque se pusieron a hablar de sus cosas y el autor les tuvo que dar el toque. Él había ido allí a hablar de su libro. Tú lo sabes mejor que nadie, los personajes no siguen las consignas del autor, y mucho menos las del editor.

La moral del cadáver

Salvador Galindo me enternece con su locura religiosa (no se lo digo). Salvador Galindo murmura cosas extrañas (el fotógrafo se asusta). Salvador Galindo pide café negro en mitad de un parque, como quien pidiera hachís, y yo le ruego que me resuma brevemente sus cuatro últimos títulos publicados.

Samsa: se trata de un viaje alucinado al corazón de La metamorfosis de Kafka. La pregunta es: ¿mientras Gregorio Samsa agoniza en su habitación, ¿qué está pasando fuera? Lorenzo Ariza debuta en la literatura con tal planteamiento. Hay de todo: intriga policial, una historia de amor protagonizada por Grete, la hermana de Gregorio, y muchos sueños que se convierten en pesadilla. Las confesiones de un bibliófago: novela de aventuras en el mundo de la bibliofilia. Se publicó en 1989 en Calpe narrativa y con el paso de los años se ha convertido en un curioso libro de coleccionista. Creo que merecía una reedición urgente. Jorge Ordaz es elegancia y erudición en ambos planos, personal y literario. Después de Rita: la segunda de Mariano Veloy, un autor que se despista con facilidad, como los grandes genios. Una vez le llamé por teléfono y estuvimos cinco minutos de reloj para averiguar quién de los dos era cada uno. El legado de esta novela podría ser el lema entero de Pez de Plata: “Prohibido no soñar”. A esta novela la llamamos cariñosamente “lagartija” porque es muy rápida y escurridiza. En cuando te fijas en ella, ya estás obligado a seguir su camino. Las hembras del Cimarrón: novela erótica que narra las conquistas sexuales del propio autor, Marco Lúbrico, un indomable cimarrón. Levanta la moral a un cadáver, no sé si me entiendes…

Me llama mucho la atención, en los últimos años, el adjetivo “independiente”. Se aplica a música, a literatura, a cocina, a moda, a prensa. Todo es independiente. ¿Qué es para ti una editorial “indie”? Me interesa muchísimo…

Lo primero que debe tener claro una editorial independiente es que depende de sus autores. Lo demás suena a discurso vacío y no me importa lo más mínimo. Lo que sí tengo claro es que si no hay riesgo no hay independencia. Un editor es un boxeador que se pelea un asalto cada día por cada uno de sus autores. No me vale los editores que se dedican a buscar en Google escritores que murieron hace setenta años para eludir los derechos de autor. Esos editores que son los traductores de los libros que editan, que son también los prologuistas y si tienen tiempo se curran un refrito a modo de postfacio. Que me digan si no hay forma más tonta de pasarse la literatura por el forro. No digo que sea bueno ni malo, solo que un editor no es eso, o no debe serlo. Como lector, lo veo necesario en muchos casos. Pero cuando la acción está encaminada solamente a sacar rentabilidad económica, la cosa ya me huele a rancio. No vendemos tuercas, Medrano. Vendemos historias y nunca la misma. La edición, creo, debe ser una búsqueda, pero una búsqueda ambiciosa. Es lo más divertido del asunto.

Jorge Salvador Galindo paseando con su entrevistador, Diego Medrano. Foto / Pablo Lorenzana.

Jorge Salvador Galindo paseando con su entrevistador, Diego Medrano. Foto / Pablo Lorenzana.

Galindo pasa del café negro a la sidra. Galindo pide sidra temblándole el labio inferior. Me río, sí, al pensar que Galindo está un poco de los nervios y voy a un tema espinoso pero no menos marchoso.

¿Cuál ha sido a tu juicio la historia de la edición en Asturias y cuál tu propuesta?

Cuando empezamos a editar en 2010 lo hicimos movidos con la intención, probablemente desmesurada, de renovar un poco la edición asturiana a base de una propuesta estética diferente y literariamente atractiva. Había llegado la hora de sacudirse el polvo y el lodo. ¿Lo hemos conseguido? Aún no lo sé, pero lo cierto es que observo mucho movimiento y eso es bueno para la salud cultural asturiana. La idea es sencilla: las editoriales debemos colaborar. No sé si el futuro de Pez de Plata se corresponderá con nuestro deseo, pero ponemos todo el empeño. Intentar descubrir nuevos autores, nuevas propuestas, divertirnos trabajando. La experiencia, después de cuatro años, sigue siendo corta…

Galindo no se entera de que las editoriales asturianas han vivido en su mayor parte de la autoedición (el autor que paga su propio libro) y que muy poquitas han pagado derechos de autor (llegan a acuerdos a base de números de ejemplares). Carlos Espina (Llibros del Pexe) nos lo dijo en los Encuentros Literarios de Pravia: jamás pagó derechos en todo su catálogo. Me callo y pregunto una obviedad muy muy muy cursi, para animar al muchacho.

¿Tendría sentido editar de otro modo?

Yo quiero editar lo que me fascina, no me interesan los números. Me interesan los libros, sus autores. Ya tenemos nueve títulos en el mercado y me gusta pensar que lo que me interesa a mí también puede interesar perfectamente a los lectores. El escritor argentino Hernán Casquiari lo dijo perfectamente. Editaba una revista literaria y en el proyecto puso todos sus ahorros: “Si funciona, bien. Si no funciona, me tira de un huevo”. Esto no es ninguna estupidez como muchos piensan. Es una forma de entender un negocio vinculado a la cultura. Donde algunos ven números, hay quien todavía ve libros bien hechos, autores interesantes. Hay quien ve literatura por encima de cualquier otra consideración.

“El ebook no tiene alma”

Háblame algo de nuestra modernidad más estricta. Redes sociales y promoción literaria: lo mucho que se alimenta una de la otra, unido a los nuevos modelos a la hora de comprar un libro. Los pesimistas dicen que vivimos un infierno pero cualquier goloso de las letras, hoy en día, se pone las botas más que en cualquier época pretérita, cuando había que esperar meses a que llegase un título a la librería de barrio, que en realidad era peluchería.

Cada libro tiene un lector y hay que buscarlo. Esa es la tarea del editor, y lo tenemos que hacer con todos los medios a nuestro alcance. Yo siempre envío a los lectores a la librería, es su lugar. Pero también entiendo que los libros no tienen la visibilidad o la presencia que me gustaría. Por eso ofrecemos la opción de compra por Internet, que está funcionando muy bien. Las librerías son el meollo: hay que perderse en ellas para encontrar lo que buscas, pero en el mismo envite estás descubriendo nuevos textos que te pueden sorprender. La promoción es redes sociales es muy divertida: hay más libertad creativa, un contacto directo con los lectores y en ese ambiente puedes desabrocharte un poco la camisa. En estos temas, lo confieso, la anarquía me domina: aún no hemos sabido extraer a las redes todo su potencial de comunicación, pero andamos en ello. De todo se aprende.

El labio inferior de Galindo vuelve a temblar. Me dice, a titulo de susurro, que si estamos en el fango lo mejor es chapotear. Me dice que la imaginación puede con todo, hasta con la factura del gas, el agua o el vino tinto. Ríe en francés. Sigo envarado, muy cursi, por esto de la corbata y saco el conejo de la chistera directamente por las orejas.

Oye, ¿y el final de la era Gutenberg unido al cambio genérico de paradigma de época?

Si lo dices por el libro electrónico, yo no tengo la respuesta. Unos dicen que el libro tradicional agoniza y otros, tipo Javier Marías, que nunca se han vendido tantos. Solo uso el libro electrónico para trabajar en Pez de Plata y para otras editoriales y no me parece la misma experiencia. Es como follar con preservativo o sin él. Facilita el trabajo, es útil, pero no es necesario del todo, ni mucho menos imprescindible, y la sensación, ya te digo, no es la misma. El ebook no tiene alma, es un libro sin alma. Futbolísticamente hablando, leer en formato digital sería ver el partido por la tele y leer un libro, claro, sería jugarlo. Solo hay un tipo de lector: el lector que lee, valga la paradoja. No creo en los lectores que se pierden: estos últimos se pierden porque nunca estuvieron verdaderamente allí. Ninguna pasión fenece así como así. Como dice César Nicomedes, editor de Difácil: “Sé elegante, lo distinguido es leer”.

Se acaba la charla con Salvador Galindo y llega la hora de las confesiones. Que todos sus autores han cobrado liquidaciones. Que a mí me pagó 1.500 euros de anticipo por un libro mío (Dejemos el pesimismo para tiempos mejores) de mi época más bohemia, alcohólica y saqueadora de libros a tiempo completo, sin tregua mínima. Que hace unas presentaciones caseras de rechupete, con dulces que prepara su mujer y vino que compran en supermercados gourmet. Jorge es un artesano de los que ya no quedan y de los que seguirán: está fuera de la corriente y, a él, el mal tiempo le da más ganas de resistir bajo la tormenta. Sus libros no pueden ser más franceses: ilustrados, la tipografía clásica e ilustre, todo detalle cuidado cual miniatura de pan de oro, mucho mundo burbujeante  y vastísima alma antiburguesa y “british”, sucintamente “british”. No son medranadas, aunque lo parezcan, sino una manera como otra cualquiera de ver el tesoro bajo el microscopio óptico. De verdad. Créanme.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 33, JULIO DE 2014

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