‘Jose el de la Caja’: “Podemos puede comerse a los movimientos sociales”

José Álvarez a la puerta de Lata de Zinc, mucho más que un bar. Foto / Pablo Lorenzana.

José Álvarez a la puerta de Lata de Zinc, mucho más que un bar. Foto / Pablo Lorenzana.

GALERÍA DE HETERODOXOS/AS. Oviedo no es Camden Town, pero tampoco La Regenta. Algo ha cambiado la ciudad en poco tiempo y esa vitalidad social, ese auge underground y de cultura joven autogestionada le debe bastante a José Álvarez (Oviedo, 1981). El dinamismo de este joven delgado, rubio y sonriente tiene mucho que ver con el éxito de locales como La Caja Negra, espacios creativos como Paraíso o asociaciones como SOS Cultura y Lata de Zinc, que ha dado nombre a un bar que regenta. Promotor musical, hostelero, agitador cultural y activista polifacético, ‘Jose el de la Caja’ se ha sumado ahora a la marea de Podemos, como casi todo lo que se mueve en la calle y como la mayor parte de los activistas de los movimientos sociales más dinámicos, algo que le parece peligroso.

Idoya Rey. / Periodista.

¿Cómo un estudiante de electrónica acaba trabajando entre vídeos y fotos?

Siempre tuve negocios raros. Por ejemplo, cuando era roller (patinador) líe a unos colegas para recoger manzanas. Yo hablaba con los paisanos por mediación de un cura de Los Robles, donde estudié. Los paisanos de los pueblos se llevaban la mitad de lo que ganábamos y nosotros la otra mitad. Las manzanas las vendíamos a uno de Llanes que se llamaba el ‘Endemoniao’, que tenía un llagar. El cura nos ponía en contacto también con el cliente.

¿Y lo audiovisual también llegó por buscavidas?

Sí, siempre andaba buscando chollos para sacar dinero para patines. Ya en el colegio llevaba la revista y en los campamentos hacía los vídeos. Vi que se necesitaban ayudantes en una tienda de fotos de El Reconquista y empecé así. Enseguida vi la oportunidad de hacer fotos a la gente que cenaba en Nochevieja. Íbamos yo y otro colega de corbatita. Corriendo revelábamos las fotos en un chino y las vendíamos a mil pelas a los que iban a la cena, sacábamos igual cien mil pesetas, mucho dinero. Durante la FP curré en temas de vídeo, fotos y tele…y bodas, muchas bodas. Así también empecé a viajar muy joven. Conseguía el dinero y mi padre no me podía decir que no.

¿Recuerda su primer destino?

Recuerdo ir de fiesta a Salamanca y trabajando en vídeo enseguida empezamos a viajar. Hacíamos congresos en Sevilla, Barcelona. También fui a Cuba para Muchoviaje.com.

¿Cuándo comenzó su interés por la ciudad y sus espacios?

Patinar me dio mucha vidilla. Quedábamos con los raperos que nos enseñaban a bailar, íbamos al Rancho con los gitanos y recorríamos toda la ciudad, aunque al casco histórico veníamos poco porque estaba fatal para patinar, lo rodeábamos. Como me gustaba hacer fotos, me gustaba meterme por callejones y empecé casi a ser un turista dentro de Oviedo. Lo que más me impresionó de aquella fue un chaval que se llamaba David Asterisco, pegaba asteriscos por ahí e hice un proyecto de foto siguiéndolo.

¿Dónde se encontraban esos asteriscos?

Tenía una marca roja, un asterisco rojo y lo dejaba siempre en sitios muy guapos. Todavía hay algunos. Me acuerdo de tenderle una trampa. Me gustaban muchísimo las marcas, hice mogollón de fotos, pero no sabía quién era. En ese momento fue cuando me inventé el nombre de “El último Dadá”. Yo me imaginaba al tío como un dadá, como una persona enigmática que hace esa poesía sin ninguna causa. Era como un pie de página muy llamativo. Así hice un fanzine. Iba a ser un vídeo y acabó siendo un fanzine que llamé El Último Dadá y era un poco la búsqueda de los últimos dadás, de todos los ‘frikis’ que iba conociendo. Metía poemas de amigos, pero me dejé un trozo para mí e hice una historia con los asteriscos. Lo fotocopié y lo dejé por los bares que molaban de aquella. Había empezado a trabajar en el McAdam y al fin de semana siguiente apareció un asterisco rojo en la fachada del bar. Se presentó a los pocos días y nos hicimos colegas.

¿El último dadá que queda ahora en Oviedo es usted?

¡Qué va! Hay muchos, Pablo el del la Caja, por ejemplo. Yo soy más reflexivo que dadá, de artista tengo poco. Soy más técnico que otra cosa.

También ha dirigido cortos y documentales.

Sí, pero es todo muy técnico. Un artista al final tiene que ser un obseso y yo soy más de resolver. Ni puedo ni quiero dedicarle tanto tiempo a algo. Por eso me atrae la gente tan obsesionada, que dedica tanto tiempo a una cosa concreta.

Podría decirse que usted es un obseso por resucitar la ciudad…

Sí, eso sí. Al final es algo mitad egoísta y mitad no. Si no soy capaz de vivir aquí, pues algo hay que hacer. O me iba o cambiaba esto. Todo lo que hice fue en realidad por mí y por mi entorno más cercano y también para que le gustara a todo el mundo, pero en verdad era por necesidad.

La Caja, la Lata y el Paraíso

El primer paso que dio fue abrir la Caja Negra.

Monté el bar antes de acabar la carrera. De hecho, así me fue, porque tardé mucho en acabar. Me lo planteé como una especie de centro cultural para intentar cambiar algo desde lo pequeño. Vi que mucha gente se conectó. Cuando hay un espacio común siempre se pueden hacer cosas.

Usted también se conectó a otros colectivos.

A la vez entré a formar parte del colectivo cultural Lata de Zinc. En la Caja con mi socio Pablo teníamos las cosas muy claras, pero era muy de puertas adentro. En cambio la Lata era una forma de juntarme con gente que tenía más iniciativas para el espacio público. Nos reunimos unos cuantos con Diego Díaz que era el imán de todos. Era como el brazo político de la Caja Negra.

¿Cuando decidió montar la Caja Negra lo consideró una acción política ante la falta de espacios culturales?

Quizás lo era, pero no del todo consciente. Tenía 22 años y lo hacía todo igual, muy voluntarioso, pero de un modo bastante inconsciente. Oviedo era muy aburrido. Era el ‘gabinismo’ puro, duro, que fue lo único que vi yo. Nunca había vivido fuera mucho tiempo, pero sabía que había muchas más cosas de las que nos ofrecían. Esa etapa me marcó en mi forma de hacer las cosas, en ser un poco catalizador.

Constituyeron Oviedo SOS Cultura antes que el 15-M.

Soy conocido por poner nombres a las cosas y recuerdo que SOS Cultura no me gustaba nada y al final funcionó muy bien. Es el grupo donde más fácil he trabajado en mi vida. Salía todo solo, descubrí lo que era trabajar en un grupo donde todo el mundo quiere hacer cosas y todo son facilidades. Nadie corta ni prohíbe al resto y descubrí la fuerza que puede dar eso, la fuerza que da cuando todos tienen el horizonte lejano muy claro y no importa tanto el camino a corto plazo.

¿Cuál fue el germen?

Con la Lata nos crecimos. Vimos que hacíamos actividades culturales para nosotros, pero empezamos a ver que lo hacíamos mejor. No teníamos ni un duro, pero todo lo que organizábamos se llenaba de gente y ellos tenían la zarzuela muerta del asco. Fue casi como un duelo con Gabino de Lorenzo.

Y con muchos logros, aunque la Fundación Municipal de Cultura todavía no haya echado a andar.

Está todo parado. Proponíamos cincuenta cosas, 48 están tocadas, pero sin profundizar. Lo que sí es verdad es que se respira como un cambio. Aunque esos cambios son peligrosos porque a veces la gente se queda con lo de fuera. Creo que desde los movimientos sociales los cambios solo se pueden conseguir con mucha constancia, durante muchos años, y en el corto plazo solo cuando hay los ingredientes adecuados. Con SOS Cultura pasó eso. Todo el mundo sabía que Gabino era un déspota en términos culturales, que lo hacía fatal, todo el mundo menos él se había enterado de que eso no funcionaba, incluso tenía críticas dentro de su Gobierno. Así era fácil, cuando todo se camufla es más difícil. Hay que volver un poco a las barricadas, a hacerlo todo de forma alternativa y seguir peleando.

A José Álvarez le debe bastante el auge underground de Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

A José Álvarez le debe bastante el auge underground de Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

¿Es el momento de los movimientos sociales?

Quizás diría que lo fue, no que lo es. Estamos en un momento peligroso. Me pueden apalear la mitad de mis amigos, pero ahora tenemos un partido en el que participo, pero que corre el peligro de comerse a los movimientos sociales y creo que hay unas distancias necesarias. Hay que tener cuidado. Los movimientos sociales no pueden acabar siendo la ONG de un partido. Podemos ha absorbido a muchísima gente de los movimientos sociales, ¿qué puede pasar si acaban gobernando los que están siempre velando para los que tienen el poder no se pasen? Es complicado, es una situación nueva, ilusionante, pero peligrosa como todos los cambios. No dudo absolutamente nada de la gente de los movimientos sociales. Hacen un buen trabajo, pero si les cambian las perspectivas no sé si todos tienen las herramientas autocríticas.

¿Cuál es su idea de ciudad?

Ahora que se habla tanto de la participación política yo entiendo que una ciudad tiene que moverse por trabajo grupal y por afinidades. Para mí es interesante que reviva el asociacionismo de cualquier estilo, que haya contrapoderes dentro de cualquier Gobierno. El Colegio de Arquitectos tendría que tener voz cada vez que se hable de algún tema de patrimonio, la Universidad también y las asociaciones de vecinos y la asociación de periodistas. Que sea una especie de polifonía. Tiene que ser todo más coral. Eso para mí es la democracia. ¡Ahora mismo es tan pobre!

Podemos tener un peligro

¿Le veremos en alguna lista de Podemos?

No creo. Quiero trabajar de aquí a las elecciones porque creo que soy responsable y estoy hasta casi obligado, estamos implicados casi todos los de SOS Cultura. Pero no creo que le pueda dedicar tiempo.

También está implicada en Podemos mucha gente de La Madreña.

Allí era un apoyo, por mi pasión por organizar eventos y allí empecé mis dotes de albañil, puse mis dos primeras ventanas, que fue el germen para poder hacer luego la obra de Lata de Zinc.

¿Pero creía en la idea?

Totalmente. Aunque yo soy muy práctico. Había dos formas de pensar en La Madreña, una en un sentido más de okupación antigua y otra más por la ciudad y por un espacio más abierto. Yo era claramente de la segunda y lo que no era capaz de soportar eran las asambleas de bloqueo de cosas. El tema burocrático no lo llevo bien.

Hay quien piensa que eso mismo es lo que hace Podemos…

Sí, seguro que se parece, pero para mí la diferencia es que Podemos tiene una estrategia concreta a corto plazo que es gobernar. Y la gente que cede sabe por qué. En La Madreña no había esa estrategia a corto plazo, era más complicado. No había una estrategia común. Yo creo que se abrirá otro espacio. Seguro.

Entre tanto usted está plenamente centrado en el local de Lata de Zinc en Otero.

En la asociación de la Lata de Zinc eran todos mucho más intelectuales que yo. Yo era la parte técnica y, apoyado un poco por los de artes plásticas, decidimos impulsar Paraíso Local Creativo. Para trabajar como colectivo yo necesitaba un espacio y creo que los artistas necesitan un espacio autogestionado, no puedes depender todo el rato de ayudas públicas. Además siempre me gustó trabajar para mí y me picaba mucho hacer una cooperativa, me apetecía. Y me lié con lo de la Lata porque creía que era un espacio necesario en el que podíamos juntarnos gente de la asociación que tenía ganas de desarrollarse laboralmente. Así montamos la cooperativa que pertenece a una asociación sin ánimo de lucro.

Y han conseguido ser una referencia, una revolución en el barrio de Otero.

Mi primer encargo fue buscar un lugar. El barrio está encantado. Lo que queríamos con la Lata es apoyarnos y apoyar a otra gente que quiere vivir de sus pasiones. Si no eres hijo de un millonario, la única posibilidad que te queda para hacer algo es juntarte con gente que piensa como tú. Estamos muy contentos.

Usted ha sido un firme defensor del patrimonio industrial y la Fábrica de Gas.

Me encantan las máquinas, tengo una obsesión desde pequeño. Ahora los niños juegan en polideportivos, pero antes entrábamos en la cárcel y sitios así y siempre me parecieron maravillosos. No sé por qué, pero desde que conocí la Fábrica de Gas siempre fue la parte que más me interesó de Oviedo. De hecho, la calle Paraíso es la que más me gusta de Oviedo. Yo la llamaba la calle antigabino, ni él podía domesticarla, siempre un poco salvaje. Además descubrí la fábrica con asterisco. Por detrás tenía uno, y entramos alguna vez saltando el muro.

¿Qué piensa de los proyectos que ahora se anuncian?

Me interesa mucho cómo lo están desarrollando, que llamen a gente y se discuta, aunque no sé qué capacidad va a tener la gente para participar realmente. Aunque creo que debería protegerse toda la manzana y me parece un gran fallo que se pueda edificar allí. Me quedo con que hace poco se hablaba de hierros oxidados y ahora de una joya del patrimonio, es una victoria social y de la ciudad. La verdad es que el patrimonio industrial no tiene una integración real en Asturias, son en su mayoría proyectos museísticos. Los sitios son para vivir, pensar las cosas para el turismo es raro. Es lo que pasaba con el Centro Niemeyer. Que venga Brad Pitt no digo que sea malo, pero eso no es cultura. Como la Noche Blanca, que me parece genial, pero sobre todo es festejo. En la cultura intervienen otras cosas, educación por ejemplo. Quizás la parte más cultural de La Noche Blanca es entrar en esos espacios y conocerlos, eso me parece interesantísimo.

¿Qué es para usted la cultura?

Es una forma de comunicación y dependiendo de lo compleja que sea esa comunicación es más rica. Musicalmente en España lo que me parece más rico es el flamenco, porque se comunican muchas cosas. Cuando las cosas están vivas se nota. Tenemos que mirar a aquellos tipos de arte que han logrado sobrevivir sin ayudas, valorar los espacios donde se hace. Un poco de autocrítica.

La toponimia del abuelo

Jose el de la Caja está muy vinculado a sus raíces familiares en Gradura (Teverga), donde pasa tres días a la semana.

Jose 'el de la Caja?. Foto / Pablo Lorenzana.

Jose ‘el de la Caja?. Foto / Pablo Lorenzana.

¿Qué cosas hace en la zona rural?

Son cosas muy simples, pero que tenía muchas ganas toda la vida de hacer. Desde montar a caballo a recorrer los sitios de los que me habla mi abuelo. Ahora intento recuperar la toponimia de un monte que tengo detrás de casa. Es muy curioso porque, en un espacio de 10 kilómetros cuadrados, todo es monte de pasto comunal. Mi abuelo igual sabe 500 nombres de zonas dentro de ese monte; mi padre sabe 100; y yo no sé ni 25. Me apetece mucho recuperarlo, me fastidia que se pierda la información de esa manera.

También intentó recuperar una parte del monte Naranco en un documental.

Yo lo edité. Lo grabó un amigo americano. Es curioso que sea un americano quien nos lo enseñe. Me daba vergüenza porque me traía imágenes grabadas con el móvil y yo no sabía dónde era.

Y salvar el terreno de la mina de Salave, una batalla ganada.

Estuve metido en una cooperativa de crédito para  proyectos interesantes. Así conocí a una asociación, que es para mí la mejor asociación de Asturias, es un colegio cooperativo que se dedica a la educación especial en Tapia. Les iban a poner la mina encima. Intenté recoger gráficamente el trabajo que hacíamos y ponerle cara a la gente y me encantó. La cámara muchas veces fue una excusa. Nunca hice exposiciones ni nada, pero muchas veces fue una excusa para otra cosa. No lo digo mucho, pero en verdad no me gusta la foto. Lo que me gusta es la luz.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 37, MARZO DE 2015

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