Julia cumple 100 años

Julia Rosa García es viuda de Juan Antonio Cabezas. Foto / María Arce.

Acaba de cumplir cien años Julia Rosa García, viuda del escritor y periodista Juan Antonio Cabezas (1900-1993), cuyo legado custodia en compañía de su hija Dorita y su nieta Elvira, a las que ATLÁNTICA XXII les dedicó, en mayo de 2011, un sentido reportaje que no había sido compartido en su edición digital y que por su interés reproducimos ahora, coincidiendo con la feliz efeméride.

Vaya Cabezas

Tres mujeres custodian en Tapia de Casariego el legado del escritor y periodista Juan Antonio Cabezas (1900-1993). Lo hacen con el rigor del erudito, la curiosidad del investigador y la ternura de quien ama lo que cuida. Son su viuda, su hija y su nieta. Discreto y ajeno a cualquier vanidad, el señor Cabezas, como le llamaba de chanza su mujer, estaría orgulloso de ellas. Aunque ni se le notara.

María Antonia Mateos / Periodista.

De espaldas al mar Cantábrico y bajo la espléndida luz transparente del occidente astur, Julia Rosa García (1917) teje vendas para leprosos en un salón atestado de libros y cuadros. Frente a ella, su hija, Julia Cabezas García (1946), teclea un artículo gastado de su padre, recién rescatado de una olvidada colaboración sin firma en El Carbayón. De vez en cuando interrumpe el trabajo y lee en voz alta, para delicia de su madre. Sí, es de Juan, qué duda cabe, su estilo inconfundible está ahí. Lo mismo piensa la nieta, Elvira Bobo Cabezas (1981). Las tres son mujeres cultas, inteligentes y fuertes. Pueden pasarse horas hablando del abuelo.

Julina, Mamina, Santina

Mamina, como la llaman en Tapia, donde vive con su hija desde hace unos años, conoció a Juan Antonio Cabezas en San Martín de Lodón (Belmonte) en los años veinte, cuando el periodista llegó al pueblo como novio de Julia Moro, adorada madrina de esta otra Julia nonagenaria, entonces una niña. “Era una persona buena y especial, un hombre que se hacía querer”, recuerda. El escritor se casó con la madrina y tuvieron tres hijos. Dispuesto a dedicarse a la escritura, dejó la dirección de El Carbayón, pero la Guerra Civil irrumpió como un drama feroz, rompiendo planes y diseminando a la larga familia maltrecha. Julia Moro quedó con su hijo pequeño en el Oviedo asediado y allí murió de tifus. Él, que había logrado escapar de la capital, miró desde las trincheras hacia su domicilio de la humeante calle de Martínez Marina durante meses, ansioso de noticias que no llegaban.

Durante la guerra Julina cuidó a los dos hijos mayores en San Martín y, cuando Cabezas pasó a formar parte de la redacción de aquel épico Avance dirigido por Javier Bueno en Gijón, allá se fue con los niños, cerca del padre. Sufrió tifus y llegó a ser desahuciada, perdió el pelo y la voz, pero acabó recuperándose de forma casi milagrosa. Ante la más que inminente caída de Gijón en octubre de 1937, el periodista envió a la familia a San Martín mientras él se unía sin suerte a la aventura de alcanzar la costa francesa a bordo del Montseny. Acabó preso en Cedeira (Galicia). Como tantas otras mujeres asturianas, Julina, al cargo ya de los tres pequeños, reunidos tras el final de la guerra devastadora, viajó a Cedeira: “Hasta allí fui, a llevarle ropa y todo lo que necesitaba. La gente del pueblo se portaba muy bien, les dolía lo que les pasaba a los presos”.

Condenado a muerte, Juan Antonio Cabezas abre con la pluma la puerta de su celda gallega cuando se presenta a un concurso literario y logra formar parte de la plantilla de Redención, el periódico de los reclusos con sede en Vitoria. Después vendría el traslado a las cárceles madrileñas de Porlier y Yeserías, siempre con la condena a muerte como una tortura diaria. En 1940 Julina se instala en Madrid con los niños. “Se iban haciendo mayores y él quería tenerlos cerca. Se fueron internos a un colegio que tenía Prisiones para los hijos de los presos y yo me fui con ellos. No había estado nunca en Madrid, pero me defendí bien sola. Cada semana llevaba a los niños a ver a su padre y a él le llevaba ropa y notas para los libros que escribía en la cárcel”. Y en cada visita va surgiendo el amor. Liberado de la pena de muerte en 1941, el escritor puede pensar en el futuro sin la angustia de las recurrentes pesadillas de esqueletos que desfilan ante un tribunal siniestro. Se casan en la cárcel de Yeserías en 1943, el año en el que Cabezas recobra la libertad. “Cuando salió sólo pensaba en escribir. Nos fuimos a vivir a una pensión, luego conseguimos un piso y ya se vinieron los niños. Madrina siempre decía que no tenía miedo a dejar a los hijos porque sabía que yo me ocuparía de ellos como si fueran míos, parece que presentía algo. Así los traté siempre, como si fueran mis hijos”. Pronto llegarían los propios: Félix y Julia. Cabezas había ganado ya el Premio Fastenrath de la Academia Española y publicaba su primer artículo en ABC. En ese tiempo difícil, su esposa es ya “Santina” para el escritor. En palabras de Valentín Andrés Álvarez, “la mujer que le ayudó a vivir la vida”.

Elvira, Julia Rosa y Julia en su casa en Tapia. Foto / María Arce.

Julia, Dorita

A Julia, la hija pequeña de Juan Antonio, la que más se parece al padre por fuera y por dentro, le pusieron por segundo nombre el de su madrina, la escritora Heliodora Sedano. Para distinguirla entre tantas Julias, la familia y los amigos siguen llamándola Dorita. Así la llamaba aquel padre bienhumorado que no cesaba de escribir en una casa frecuentada por amigos asturianos que iban recalando en la capital. No hablaban de la guerra. Por eso ella no entendió nada cuando oyó en casa que a su padre le quitaban el Premio Nacional de Teatro porque era rojo. “Pasaron muchas cosas así, pero él no lo vivía con rabia. En el 59, cuando Ovidio Gondi le invitó a una reunión en Israel, no le dejaban salir por tener antecedentes, que no le quitaron hasta 1964. Al final pudo ir con un pasaporte solo válido ‘para Israel y países en tránsito’. Él se reía, era incapaz de odiar”. ¿Le cortó una mayor proyección ese pasado? “No, no era de trepar, era algo ajeno a él eso de ser ‘un sacasillas’, como decía. Era cordial, pero no de adscribirse a ningún círculo”.

Cabezas empezó a hablar de la guerra y la cárcel en los años setenta, cuando era un escritor más que reconocido y había ganado premios relevantes. Félix y Julia, estudiantes de medicina, se traían a compañeros a casa, Julina preparaba tortilla y empanada y se entablaban tertulias hasta las tantas de la madrugada. Era el final del franquismo, los jóvenes se interesaban por el pasado y él les contaba las aventuras vividas con humor, sin dramatismos. “Solo lo vi emocionarse cuando nombraba a dos personas: Clarín y Javier Bueno, un referente moral para él”. Tanto que fueron las últimas palabras de Bueno las que siempre tuvo presentes para encarar los largos años de la dictadura. Cuando algunos acusan a Cabezas de poco menos que colaboracionista con el régimen, su hija rememora aquel encuentro. “Bueno sabía que para él no había remedio, pero le dijo a mi padre: ‘Debéis utilizar todos los medios que no sean indignos para salvar la vida. En esta situación de vencidos solo se puede aspirar a eso. Aprovechar todas las oportunidades que ofrezca el vencedor’”. Ese y otros encuentros narrados en aquellas reuniones pasaron luego a Asturias. Catorce meses de guerra civil (1974). En un pasaje del libro Cabezas escribe: “Los que sólo tenemos ideas liberales o quijotescas, no sometidos a la disciplina de los partidos, estamos en tierra de nadie. Recibiremos los golpes por partida doble”. Julia tiene claro que su padre “era un liberal sin partido, tuvo que tomar partido por las circunstancias, lo hizo a conciencia y pagó por ello. Cuando el PSOE ganó las elecciones de 1982, alguien le comentó: ‘Estarás contento, ahora vienen los tuyos, pedirás la revancha’, y él contestó: ‘¿La revancha de qué? No tengo que pedir cuentas de nada’”.

Elvira

“Estamos a pocas horas de Elvira”, decía un octogenario Cabezas cada vez que su hija Julia anunciaba una inminente visita con la nieta. “Nada más que llegaban se encerraban en el despacho y estaban allí horas”, comenta la abuela. Elvira recuerda bien esas visitas: “En su escritorio tenía una carpeta de cuero bajo la vieja máquina de escribir donde yo guardaba todos mis dibujos, me sentaba en sus rodillas y sacaba miles de plumas y bolis antiguos y pintábamos y escribíamos durante horas. Cuando cumplí ocho años me entregó un sobre que ponía ‘En propia mano’. Era un relato que me había escrito. Se titulaba Las vacas también sueñan y ahora es un pequeño tesoro para mí”. Juan Antonio Cabezas murió en 1993 como quiso siempre: con las botas puestas, escribiendo hasta el final. No pudo ver ya cómo su nieta cambiaba a última hora una previsible carrera de medicina por el periodismo. No cree que en esa elección pesara la figura de su abuelo, pero sí en su forma de encarar la profesión. “El periodismo que yo imaginaba tiene más que ver con el de mi abuelo que con el de hoy, el periodismo a granel, con una impuesta impersonalidad y falta de pulso y de estilo. Si existe eso de un modelo de vida, para mí ese es mi abuelo. En él se juntan dos factores poco frecuentes: una bondad infinita y una gran inteligencia e intuición natural”.

Elvira ha escrito el prólogo a la reedición de Clarín. El provinciano universal (2010), trabaja en una tesina sobre la represión franquista a través de la experiencia de su abuelo y estudia filosofía. “Muchas veces cojo libros clásicos suyos y me encuentro un Nietzsche subrayado por todas partes y es como si pudiera hablar con él”. Su madre, que sigue incansable recopilando artículos, ordenando carpetas y preparando reediciones de obras descatalogadas, quiere que Elvira aproveche esa labor para escribir una biografía del abuelo. “Seguro que lo haré”, admite ella, “su biografía valdrá la pena por él y por la época que vivió. Ha dejado una parte hecha, pero se trata de contar quién era ese hombre que supo captar tan bien el alma de Clarín o sobrevivir sin rencor a la tortura de la condena a muerte, y que a los ochenta años seguía mirando a su esposa como un adolescente”. Julia lee en voz alta la dedicatoria de uno de los libros que maneja para sus trabajos: “Para Julina, a la que debo una permanente colaboración tan eficaz como silenciosa en toda mi obra. Con todo mi amor”. La abuela lo escucha y se emociona; baja la mirada acuosa y sigue tejiendo.

Juan Antonio Cabezas, con su mujer, su hija y su nieta en Madrid en 1985. Foto / María Arce.

La pluma y la familia

La viuda de Cabezas mira los álbumes de fotos que atesora en la casa de Tapia y no se explica cómo fueron capaces de sacar adelante a cinco hijos “solo con la pluma”. “Escribiendo siempre, el pobre. Yo hacía de secretaria, de correctora, de lectora; lo ayudaba en todo lo que podía. Se pagaba muy poco, tenía que trabajar mucho y en muchos sitios”. Más de sesenta libros y de 12.000 artículos dan fe de ese trabajo incesante. La hija recuerda una anécdota: “Una vez quería un abrigo y entré a su despacho a decirle que escribiera otro artículo para comprármelo. ‘Sí, sí, mi santa’, me respondió. Conseguí el abrigo”. Sus escritos y su familia fueron los motores que ayudaron a Cabezas a vivir, los pilares más sólidos en una azarosa existencia que abarca un siglo. Tan sólidos que ahí siguen, parando testarudos las aguas del olvido.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 14, MAYO DE 2011

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