La Barcelona del cambio

Ada Colau en un acto de Barcelona en Comú. Foto / Marc Lozano.

Ada Colau en un acto de Barcelona en Comú. Foto / Marc Lozano.

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

Desde el mes de junio no pasa día sin que la derecha catalana y, especialmente, el exalcalde Xavier Trias ataque a Ada Colau. La del 24 de mayo ha sido una derrota de las que escuece y que no se olvidan para la difunta Convergència i Unió. Tras haber intentado por más de tres décadas echar a los socialistas del Ayuntamiento de Barcelona, los convergentes habían conseguido entrar en la Casa de la Ciutat barcelonesa en mayo de 2011, en plena eclosión del movimiento del 15-M y con la plaça Catalunya ocupada. Pero la alegría ha durado tan solo el tiempo de una legislatura. Y ahora los convergentes han vuelto, otra vez, a la oposición, sustituidos, por más inri, por un partido hijo de aquellos movimientos: Barcelona en Comú (BeC). La rabia y el resentimiento se han notado desde la misma noche electoral.

Trias no es el único que lanza dardos envenenados contra Ada Colau y su equipo. También los otros grupos de la oposición, con Ciudadanos y el Partido Popular a la cabeza, no dejan escapar la ocasión de recriminarle algo y, de vez en cuando, también los socialistas, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y la misma Candidatura d’Unitat Popular (CUP) critican la gestión política que se está haciendo desde la plaça Sant Jaume. “La situación de la ciudad es del todo preocupante”, lamentan un día sí y otro también, aprovechando las páginas de la prensa conservadora catalana (La Vanguardia, Ara) que se ha convertido en megáfono de esta campaña de descrédito. Las quejas versan sobre la impunidad en las calles, la suspensión de licencias de hoteles, el problema de los alojamientos turísticos, el plan de memoria histórica, las inversiones privadas, los grandes proyectos municipales y un largo etcétera. Si se da fe a lo que declaran los concejales de CDC, PP y C’s parece que Barcelona está a punto de convertirse en una ciudad del lejano Oeste gobernada con mano de hierro por unos peligrosos discípulos de los jemeres rojos.

En la mayoría de los casos se trata de acusaciones con fines electoralistas. Los datos disponibles muestran otra realidad. Cualquier cuestión, como el top manta –la venta ilegal de productos falsificados en la calle– o la calidad de vida en los barrios del casco viejo, que sufren oleadas masivas de turistas y procesos de gentrificación, se convierte en una excusa para intentar debilitar a la nueva junta municipal. Y es que BeC está gobernando en minoría con solo once concejales –el gobierno más minoritarío de la historia del Ayuntamiento de Barcelona– y necesita el apoyo de más de una formación para llegar a los 21 votos que representan la mayoría. Sin embargo, la oposición, aunque sea muy ruidosa, está muy dividida y con diferencias importantes en su seno, amplificadas por las posiciones divergentes respecto al proceso independentista catalán, que ha marcado gran parte de la política municipal antes y después de las elecciones autonómicas del 27-S. Así que una moción de censura es una opción muy remota.

Inercias y ritmo de cambios

“No ha sido un aterrizaje sencillo para nosotros porque muchos somos nuevos y también porque Convergència no ha facilitado para nada el traspaso”,  dice Marc Andreu, historiador especialista en movimientos vecinales y consejero técnico del distrito de Sant Martí por BeC. “Por suerte la maquinaria municipal funciona muy bien y contamos con un equipo técnico muy preparado que nos está ayudando mucho y con el cual la colaboración es excelente”.

La victoria de Ada Colau ha despertado muchas expectativas y el riesgo de no cumplirlas es alto. “No paro de repetir que en seis meses no se pueden cambiar inercias, políticas, proyectos que vienen de antes. Tenemos cuatro años: los resultados se verán entonces”, explica Janet Sanz, teniente de alcalde en el Area de Ecología, Urbanismo y Mobilidad y regidora del distrito de Nou Barris, uno de los más desfavorecidos de la ciudad. Aunque es muy joven, Sanz tiene ya una larga militancia en las filas de Iniciativa per Catalunya Verds (ICV), una de las formaciones que se integró en el proyecto de Barcelona en Comú. “El Ayuntamiento de Barcelona tiene una gran estructura. Por esto nos cuesta tanto que muchas decisiones cambien la vida de la gente desde el minuto cero. Son procesos que tienen un largo recorrido. Esto también permite que cualquier transformación que estamos poniendo encima de la mesa no solo va a durar estos cuatro años, sino que va a ser más difícil de deshacer”, añade Sanz.

También Marc Andreu admite las dificultades. “Barcelona es como un transatlántico. Cuando se quiere cambiar de rumbo, hace falta tiempo. El giro se está dando, el balance de estos primeros seis meses es positivo y a partir de 2016, cuando el panorama político catalán y español estará más aclarado, se podrá empezar a coger velocidad de crucero”. Sanz explica que se está intentando construir una mayoría suficientemente amplia para poder hacer cambios, pero la campaña electoral ha influenciado mucho. “Esta es la parte más frustrante. Cuando la política entra y las prioridades saltan por la ventana. Sin presupuesto, sin el plan de inversiones y sin el plan de actuación municipal, que requieren una mayoría de apoyos, es imposible realizar todas las políticas que queremos hacer”.

De todas formas, pese a las dificultades y al poco tiempo, se están haciendo muchas cosas. “Veníamos de un contexto en que cada año el Ayuntamiento cerraba unas cuentas económicas con superávit”,  cuenta Sanz. “Lo que hemos hecho ha sido una modificación presupuestaria que ha permitido que este dinero se ponga al servicio de la gente, incrementando las partidas sociales. Estamos dotando de dignidad a los barrios más desfavorecidos, redirigiendo este dinero hacia la vivienda y las becas comedor para los niños, entre otras cosas”. Además, se está haciendo un seguimiento exhaustivo de todos los casos de desahucios que hay en la ciudad. En Nou Barris, distrito donde Sanz es regidora, se ha producido solo un desahucio en estos seis meses. “Todos los demás casos, que son muchos, o los hemos arreglado con una mediación con el propietario o estamos buscando una solución vía servicios sociales y ayudas para garantizar que estas familias no se queden en la calle”, comenta Sanz.

El problema es que el Ayuntamiento de Barcelona no dispone de un parque público de vivienda. Desde junio se han comprado unas doscientas viviendas y se están construyendo otras que estarán listas en los próximos años. “El elemento clave es la negociación con los bancos”, explica Sanz. “Tenemos una alcaldesa consolidada, de quien nadie pone en duda la legitimidad y el liderazgo, que se ha sentado delante de los bancos y que les ha puesto multas. Esto no había pasado nunca”.

Hacer las cosas de otra manera

Una de las críticas recurrentes a la nueva junta municipal es que los concejales no están y que no los encuentran las entidades. “Como equipo recibimos a más entidades que antes, pero se las atienden con otras perspectivas, prioridades y jerarquías respecto a lo que hacía CiU y el PSC”, explica Andreu. El problema es que “existen en algunos casos unos vicios clientelares heredados de una larga etapa que no es fácil cambiar y con que no contábamos. Quieren tocar concejal para obtener lo que piden. Nosotros no funcionamos así. Es por esto que a veces se pueden crear roces”.

Hacer las cosas de otra manera es uno de los objetivos, también de pedagogía política, de Barcelona en Comú. “Somos una formación política que representa una nueva manera de ver las instituciones y hacer política”, apunta Janet Sanz. “Cambiar las formas es una de las cosas más complicadas. Queremos enseñarlo todo a la ciudadanía y abrir las instituciones, escuchar a los vecinos y decidir conjuntamente con ellos. Esto exige mucho trabajo”.

Es cierto que con tan solo once concejales –cada concejal es responsable de un distrito y un área–, además de la alcaldesa, para Barcelona en Comú el trabajo es inmenso, teniendo en cuenta las dimensiones de la Ciudad Condal. “Gobernar Barcelona significa gobernar una ciudad y diez ciudades a la vez”, comenta Marc Andreu. El distrito en el cual es consejero técnico, Sant Martí, cuenta con 230.000 habitantes, prácticamente los mismos de Oviedo. Además, apunta Andreu, “los distritos no están dotados de recursos económicos y humanos para llevar a cabo el trabajo que se necesitaría: en los últimos años ha habido una descapitalización importante de los recursos. También por esto el día a día nos come”.

“Cambiar el modelo Barcelona es difícil en lo teórico y más viable en lo concreto”, continúa Andreu. “Le damos la vuelta al modelo de ciudad existente, pensado para los turistas, con medidas concretas para la ciudadanía y los vecinos”. En el caso del distrito de Sant Martí, en la parte noreste de la ciudad, Andreu recuerda el plan de choque que se ha puesto en marcha, la apertura de los locales municipales públicos durante el verano o la rehabilitación de una zona del barrio “llenándola de contenidos sociales y no dejándola en manos de las grandes empresas”, como ha pasado con el distrito 22@, en referencia a las 200 hectáreas de suelo industrial del barrio de Poblenou que en la última década se han transformado en un “distrito productivo innovador con espacios modernos para la concentración estratégica de actividades intensivas en conocimiento”, según se explica en la web de este proyecto, que de público ha pasado a ser semi-privado.

Las ciudades del cambio

Y, efectivamente, el proyecto de BeC tiene un crédito muy alto entre la población y la relación con los movimientos sociales y las asociaciones sigue siendo buena. “El hecho de que se compartan códigos y la misma cultura política facilita las cosas”, comenta Andreu. “El tejido asociativo funciona muy bien y es un aliado, un interlocutor válido y un elemento de relación del gobierno. Además, se ha aprendido la lección de la época de la Transición y hay conciencia de la necesidad de la crítica por parte de los movimientos sociales. Para nosotros esto es un punto clave”. Janet Sanz apunta que “la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) hace su trabajo. No está aquí para rendir pleitesía al gobierno municipal, sino para exigirnos que cada día seamos mejores y que hagamos mejores políticas”.

Barcelona no es la única ciudad española que está viviendo estos cambios. “Lo que nos pasa a nosotros les pasa a Madrid, La Coruña, Pamplona, Santiago de Compostela, Cádiz y Zaragoza”, explica Sanz. “Estamos todos luchando por las mismas políticas”. Se han organizado ya tres encuentros concretos de las que se conocen ya como “ciudades del cambio”, con comisiones de trabajo en ámbitos específicos y un manifiesto sobre movilidad y sostenibilidad. “Estamos compartiendo muchísimo, no solo dificultades sino también propuestas. Lo que queremos es mostrar una agenda de transformación conjunta. No se trata de la utopía de una sola ciudad, sino de la posibilidad real de un cambio”, comenta Sanz.

Esa euforia que se vivió la noche del 24 de mayo y esa tarde de mediados de junio, cuando Ada Colau, Manuela Carmena y los demás representantes de la nueva política nacida desde abajo fueron investidos alcaldes, sigue viva, aunque tiene que luchar cotidianamente con muchas dificultades y unos medios de comunicación poco favorables. Como resume Marc Andreu, “no te sientes solo, puedes compartir experiencias con otras realidades”. Y esta es una buena noticia en el medio de un mundo que parece cada vez más al borde del abismo.

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