La Catedral de la Fe de Mejorada del Campo

La catedral de Mejorada del Campo, provincia de Madrid. Foto / Isabel Permuy.

Ernesto Colsa / Escritor.

Existen trabajos tan poco atractivos como el de verdugo, buzo de aguas negras o picador, si tal hubiere, en una mina de coltán. Pero hay uno cuyo desempeño no ha de deseársele ni al peor enemigo, cual es el de arquitecto municipal en el Ayuntamiento de Mejorada del Campo, Comunidad de Madrid, y ello por una serie de motivos que comprenderán si tienen la paciencia de continuar leyendo.

Mejorada del Campo, ubicada a medio camino entre la capital del Reino y Alcalá de Henares, cuenta con una población de unos 20.000 habitantes y, a pesar de su aparente aspecto de ciudad dormitorio, alberga uno de los monumentos más estrafalarios no ya de España sino del orbe entero, del que ustedes quizá hayan tenido referencias gracias a un spot televisivo de una célebre marca de bebidas isotónicas, emitido a mediados de la década anterior, cuyo mensaje versaba sobre el afán de superación, la consecución de los anhelos y ese tipo de imbecilidades propias de adolescente pasado de hormonas.

El prodigio al que me refiero se denomina Catedral de la Fe, y su hacedor responde por don Justo Gallego, monje octogenario cuya trayectoria vital es preciso traer a colación al resultar inextricablemente vinculada a su obra. En efecto: nuestro hombre sufrió en su juventud los rigores de una tuberculosis que por poco lo lleva al pudridero y, tras superarla, encomendó sus días a la advocación de la Virgen del Pilar. En agradecimiento a quien consideraba su benefactora se propuso la ímproba tarea de erigir nada menos que una catedral aprovechando para ello unos terrenos familiares a su disposición en el por entonces extrarradio de Mejorada del Campo.

Justo Gallego frente a su obra. Foto / Isabel Permuy.

El señor Gallego, como podemos suponer, carecía por completo de recursos financieros, cuánto menos de proyecto, de operarios y de los más mínimos rudimentos de técnica arquitectónica, y en historia del arte andaba muy justito, así que desde un principio no tuvo más remedio que arreglárselas por sí solo.

Ninguna de estas contrariedades lo arredró; día tras día fue acopiando material de desecho donado por los vecinos, gracias a lo cual comenzó a construir un murete por aquí o una cimentación más allá sin que nadie le afeara la conducta, algo parecido a cuando el dueño del predio contiguo va rapiñando la linde a base de mover centímetro a centímetro las piedras de la cerca. Mas quién habría de tomarse en serio a aquel pobre iluminado cuyo propósito presumimos vox populi, pues todos, quien más quien menos, conocemos de las excentricidades del chalado de nuestro barrio. Así, burla burlando, unos años después el señor Gallego había ya levantado la estructura ante la pasividad general, porque la lentitud constructiva nunca produjo una ruptura abrupta del paisaje urbano.

Si la obra les suscitaba indiferencia a sus vecinos, no ocurría lo mismo con los foráneos, a quienes la singularidad del proyecto comenzó a llamarles la atención de manera simultánea al avance de los trabajos, hasta el punto de que los publicistas de la multinacional antes referida terminaron por reparar en el fenómeno cuatro décadas después. Aunque para entonces nuestro héroe contaba ya con una cuadrilla de colaboradores desinteresados, la notoriedad que le procuró el anuncio produjo un incremento exponencial de las donaciones, y a partir de ese momento el templo tomó cuerpo verdaderamente y se convirtió en una atracción consolidada, porque sin desmerecer sus excelencias, que a buen seguro las tiene, ¿qué ha de ofrecer Mejorada del Campo al visitante como no fuere la Catedral de la Fe?

Un chancro urbanístico

Pero, paradójicamente, el más célebre monumento de la villa constituye también su principal problema, un chancro urbanístico cuya enmienda no se vislumbra y que muestra en toda su crudeza el conflicto entre legalidad y oportunidad política o, en definitiva, al Poder enfrentado al aparato burocrático que lo sustenta en un drama de tintes diríase shakesperianos, si bien aquí no pugnan la jurisdicción celestial y la terrenal, el Papado frente al Imperio, pues el obispo se ha cansado de repetirle a don Justo que o legaliza la obra o no hay autorización para destinar el templo al culto, criterio razonable teniendo en cuenta que la estructura, aunque parezca muy robusta, está levantada como quien dice a ojo, y a ver qué aseguradora asume las indemnizaciones si se viene abajo durante la celebración de un oficio, ello sin perjuicio de la mala prensa para las instituciones responsables, las tragedias derivadas del siniestro y bla, bla, bla.

Interior de la catedral de Mejorada. Foto / Isabel Permuy.

Por eso cualquier cometido penoso se antoja más grato que el de arquitecto en el Ayuntamiento de Mejorada, uno de los funcionarios sometido a mayor presión, pues tarde o temprano alguien habrá de elaborar y dar el visto bueno a un proyecto imprescindible para otorgar una licencia que hoy por hoy ya ha devenido insoslayable, porque el Consistorio no puede hacer indefinidamente como si no existiera en su término municipal el inmueble que le ha procurado inusual notoriedad y, por si ello fuera poco, uno de los más voluminosos.

Pero, ¿qué hay de la iglesia en sí? Según se aprecia en las fotografías, no resulta fácil adscribirla a una determinada escuela de arquitectura sacra. Aunque su artífice ha dicho inspirarse en el románico, a simple vista se identifican elementos góticos en los rosetones y las vidrieras, de barroco en la ornamentación y cúpula central, un remedo de la de la Basílica de San Pedro —y no lo digo yo, sino el propio don Justo—, si bien destacan sobremanera esos bulbos y capiteles de raigambre inequívocamente gaudiana que trascienden el canon occidental y en los que pueden apreciarse características de la arquitectura bizantina, así como esas torres a medio construir que no desmerecerían en un paisaje kazajo o de la mismísima Nereida.

Justo Gallego se inspiró en el románico pero su catedral mezcla todo tipo de estilos.

Hay turistas que se limitan a quedarse en las inmediaciones de la iglesia recreándose en el estupor de su primera visión, quizá el mismo pretendido por el arquitecto del medievo al cobijar sus catedrales tras un dédalo de callejuelas. Sin embargo, las colosales dimensiones de la obra, ochenta metros de largo, veinte de ancho y cincuenta de altura, no se perciben sin acceder al interior, lo cual habrá de hacerse para visitar el lugar con aprovechamiento, porque tras el umbral aguardan inusitadas maravillas, y la entrada es libre y el horario tan amplio como la jornada laboral de don Justo, quien ha construido en la nave, cerca de donde un día se ubicará el altar, un cubículo a modo de oficina.

Ello le permite pasar sus días supervisando los trabajos, y aunque ya no esté para acarrear sacos terreros tiene un digno sucesor en la persona de Ángel, su maestro vidriero, que cogerá el testigo cuando le llegue la hora a su mentor, ojalá muy lejana. Es el señor Gallego hombre de pocas palabras, pues ante el tímido agasajo que quien esto firma quiso brindarle se mostró retraído y un tanto esquivo, lo cual dice en su honor que la fama no ha cambiado su carácter ni su determinación y mantiene intacta la devoción que le profesa a la patrona de España.

El rey de la baraja

Además de la desmesura, uno percibe al entrar la enorme tarea pendiente, algo que el acabado de la fachada no permite suponer. El espacio diáfano al que uno accede se encuentra sembrado de material de obra; hay incluso un par de vehículos cuya presencia no se acierta a comprender a menos que los vecinos lo utilicen para evitar la zona azul; en cualquier caso, no parece tratarse del aparcamiento destinado a los obispos a que se refiere don Justo en el DVD disponible en un mostrador de merchandising muy de andar por casa sito al lado de la entrada, y a cuya compra no pude sustraerme por mucho que me den grima las colectas. A priori pudiera considerarse que cincuenta años es un lapso lo bastante amplio como para culminar los trabajos a pesar de la carencia de medios, pero esta impresión se desvanece no bien uno se percata de la grandeza de la obra.

Por el lateral opuesto a la entrada, la nave central da paso a un claustro de recias columnas que circunda un patio interior con acceso a través de una escalinata, en uno de cuyos muros una oquedad está destinada a recrear un portal de Belén a tamaño natural, como acredita la estrella de los Reyes Magos que la ornamenta. A la izquierda, en el nivel más bajo, se encuentra la cripta, a mi juicio la estancia más sorprendente, y cuya presencia ni por asomo se adivina desde afuera. Destaca el avanzado estado de la obra en este sector, donde las paredes ya se hallan revestidas de un cubrimiento bulboso, e incluso hay varias hileras de bancos corridos para oír misa aunque sin desembalar.

Las vidrieras de la catedral de Mejorada. Foto / Isabel Permuy.

Continuamos la visita por la azotea, adonde se accede por una escalera en espiral que denota gran dificultad constructiva pero con un firme manifiestamente mejorable. Una vez arriba, se aprecian detalles como las innumerables piezas metálicas que, una a una, se han tenido que engarzar para revestir las veinticinco cúpulas previstas, si bien la principal, situada encima del centro geométrico de la nave, carece aún de cubierta, mas la estructura desnuda permite inferir la magnitud de la tarea acometida.

De nuevo en el interior podemos admirar los frescos con imágenes piadosas sobre la arcada que rodea la nave central, una plétora de tonalidades digna del más ostentoso Tren de la Bruja, pero es en el diseño de las vidrieras donde el artista ha echado los restos, pues si mientras unos óculos muestran cierta evocación zen, otras piratean sin recato al rey de la baraja de Don Heraclio Fournier, de clara inspiración en la estética de los monarcas bíblicos plasmados en las coloristas estampas pergeñadas por la imaginación crossover de su autor.

El baptisterio, el coro y las dos sacristías completan un recorrido en el cual puede el visitante deambular a su libre voluntad durante horas y, si hay suerte, encontrarse a nuestro hombre ensimismado observando uno de los muros, quizá ideando soluciones para una obra en evolución perpetua, un prodigio de lo trash que no verá culminar esta generación; eso si los poderes públicos no deciden arrasar con todo una vez fallecido don Justo con el fin de no darle un sofocón, expropiar el solar y construir sobre él un centro de interpretación de la Catedral de La Fe, en un insuperable ejercicio de performance administrativa. Cosas más raras se han visto.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 55, MARZO DE 2018

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