La Cosa Nostra borbónica

ATLANTICA XXII

Diego Medrano/ Foto de Paco Paredes

Los reyes españoles siempre han sido un poco golfos, un poco borrachos y un poco cachondos. Diego Medrano lo sabe bien, pues escribió Historia golfa de las monarquías hispánicas (Editorial Berenice). Reproducimos a continuación un artículo del autor del libro que apareció en el número 24 de ATLÁNTICA XXII porque, aunque Medrano cree que el Rey “vino bien” en un momento dado, hoy la corrupción desde arriba ha traído el desencanto a los que creían que Juan Carlos era el rey republicano que necesitaban los españoles.

La Cosa Nostra borbónica

Del Rey como ser perseguido (“Lo peor del que sufre manía persecutoria es que tiene razón”, bromeaba Eugenio d´Ors) y de la infelicidad regia (“Nada más pesado que quince días de felicidad seguidos”, poetizaba Ginés Liébana) surge mi completo ditirambo: Historia golfa de las monarquías hispánicas (Editorial Berenice). Uno cree todavía en un cierto, o incierto, “republicanismo juancarlista” que nadie parece entender en este país: el Rey, justamente, vino bien en un momento dado (la conquista de libertades, la abolición de una dictadura, etc.) pero la monarquía hoy (caso Urdangarín y afines) es la peor amenaza de cualquier país. La corrupción comienza por arriba, a ver si nos enteramos, y luego no hace sino derramarse… Conviene estudiar de cerca, al microscopio, el grueso de los reyes golfos de este país, el grueso de borrachos y cachondos, para los que el trono, sí, por qué no, era una orla más de sus muchas vanidades. Fenelon, autor clásico donde los haya, prescribe en Las aventuras de Telémaco, obra secreta y dulce, justo el centro del debate: “La autoridad somete a duras pruebas los talentos”. La monarquía es eso: una autoridad sobreentendida, dada por supuesta, a la que todos temen y nadie, de veras, quiere abrir el melón, por miedo a terceros.

Perrault, en la obra Los deseos ridículos, expone una segunda vertiente, no menos cachonda: “Siendo reina, es hermosa cualquiera”. Este gobernar desde la hermosura carece de todo empaque. Montaigne fue más lejos, y en sus ensayos da con la pereza de toda hermosura anterior, justamente: “Incluso en el más alto trono del mundo, uno solo se sienta sobre su culo”. La dejadez hermosa, sí, de los borbones y todos sus antecesores. El lema de Colbert que les ha faltado a todos ellos: “Por el Rey a veces, por la Patria siempre”. Urdangarín, en el fondo, ha sido más regio que republicano (sí, sí, no se me rían); es, aunque con otro prisma, aunque con breve diferencia, mucho más “real”. Aquello de Catalina de Médicis tan eficaz: “Divide ut regnes” (Divide y vencerás). Él ha dividido, le han pillado, pero cuentan por ahí, y debemos creerlo, que tiene motivos sobrados para contarlo todo y alguna día lo hará, para palidez o miedo de los que ya no pueden evitarlo y todavía hoy, para desgracia de todos, salen en los billetes de cincuenta euros.

Lo de Victor Hugo en Ruy Blas sigue vigente: “Hoy soy Rey. En otro tiempo, era libre”. La libertad, qué cosas, puede ser una soga tan ardua como eso de avanzar en común (la truculencia de la masa, de la pandillita, del ajo donde están todos metidos). Marco Aurelio lo dijo muchas veces: “Avanzad en común, pero no penséis en común” (la gran trampa de los sindicatos, que igual que la monarquía tiene sus beneficiarios más listos, a los que huir no les resulta ya posible). Urdangarín, realmente, creyó a pies juntillas las palabras mismas de Paul Valéry en su Discurso a los cirujanos: “Unas veces pienso, y otras existo”. En la foto, cuando toca salir todos, Urdangarín existe, pero a la hora del diálogo íntimo y a la oreja, ya piensa por entero. Rita Barberá no pudo ser más clara: “Si a ti te hubiera pedido la pasta quien me la pidió a mi, ¿qué hubieses hecho?”.

La monarquía actual, la Cosa Nostra borbónica, vino de un heroísmo célebre, o tolerable (derrocar todo lo anterior, etc.) pero ha enloquecido. Lo de Ionesco en su diario: “Pensar contra una época es heroísmo. Pero decirlo es una locura”. ¿Por qué no se puede decir? Porque pensar tanto contra esos años, en el fondo, tal reflexión, solo puede acabar en la continuidad misma: querer hacer lo mismo y con mayor sutileza. Kierkegaard -también en su diario- habla de lo que nos podría salvar a todos y no puede darse en un borbón: “Nos avergonzamos de obedecer al rey por ser rey. Entonces, le obedecemos por ser inteligente”. El problema es que la inteligencia, como la verdad, solo tiene un camino, y cuando nos mienten, cuando nos dicen que estamos aquí y sabemos que estás de cacería, ya nada puede ser igual, chato.

Mi catálogo de golfos puede ser perfume de arrabal -como me han dicho- pero a lo mejor es solo diagnóstico. Pura profecía.

 

 

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