La crianza, una cuestión política

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Las declaraciones de la diputada catalana de la CUP Anna Gabriel acerca de la necesidad de criar a nuestros hijos e hijas en grupo –lo que no es más que una concepción un tanto postmoderna y abierta de la tradicional tribu– revolucionaron a la caverna y descolocaron a algunos sectores de la izquierda.

Verónica Rodríguez Fernández / Concejala de Xixón Sí Puede.

La tribu

A nadie se le escapa que la tribu, entendida antropológicamente como la afiliación por nacimiento a un grupo, ha sido la clave de la supervivencia del ser humano, un ser que individualmente no es capaz apenas de sobrevivir y ya no digamos de evolucionar o reproducirse. La capacidad cerebral del ser humano, su desarrollo potencial, es tan enorme que exige años de aprendizaje. Cuanto más simple es una especie menos tiempo de crianza se necesita. Así, por ejemplo, un ternero puede aprender todo lo que va a saber y utilizar en su vida en apenas unos días, pero el ser humano necesita años, por eso la crianza humana es especialmente larga y compleja y a lo largo de milenios se ha realizado colectivamente mediante procesos de socialización.

Y ¿por qué nos escandaliza hablar de crianza colectiva hoy? Pues sencillamente porque vivimos bajo los valores de la ideología liberal, donde el individualismo es la panacea de la felicidad. La concepción de libertad es la de “ser libre de” y no “ser libre con”. Más que entender la existencia como co-existencia, donde la libertad se alcanza en cooperación con los demás, en la que el desarrollo del individuo solo se realiza allí donde existe composición con otras voluntades, el liberalismo despliega la ilusión robinsoniana de entender que cuanto mayor aislamiento de factores externos mayor es la libertad, como si existieran formas pre-sociales cuya realidad coincidiera con una naturaleza humana que se identificara con su plenitud.

No creo que haya habido ninguna otra sociedad en la que las personas vivan solas, duerman solas, coman solas junto a otros individuos que también viven, comen y duermen solos. Pegados unos a otros en viviendas contiguas, pero aislados socialmente de forma irremediable. Como mucho, puede permitirse vivir con una pareja y la descendencia si se tiene, poco más, pues la realidad de convivir con abuelos y abuelas o tíos y tías es cada vez más escasa en las sociedades occidentalizadas.

Esto es el estándar de vida en la fase actual del capitalismo desarrollado y esta es la razón de fondo de la crisis de los cuidados. Las consecuencias que esto tiene sobre las personas que no son autónomas, niños, ancianos personas con discapacidad, etc., es brutal.

¿Qué solución ha aportado el capitalismo para estos casos? La mercantilización de los cuidados, el sacrosanto mercado, puede resolverlo todo: guarderías, geriátricos, centros médicos… eso sí, si no tienes dinero, malvive con las escasas ayudas públicas allí donde las haya.

En esta ecuación, ¿dónde queda la crianza? En las vidas privadas de la familia nuclear, individualiza y mercantilizada.

La caza de brujas

Cuando recurrimos a los discursos feministas para abordar algo tan intrínsecamente perteneciente al género como la maternidad encontramos la polémica. Siendo muy reduccionistas, podríamos dividir entre quienes defienden que la maternidad es un hecho personal (sin duda lo es) que nada tiene que ver con la condición de mujer (en la medida en que hay mujeres que no son madres) y que, por tanto, no debe ser contemplado desde la militancia feminista como un campo de batalla; y quienes, por el contrario, consideran que un hecho biológico como la maternidad ha sido utilizado por el patriarcado para someter a la mujer y que, por tanto, no es en exclusiva un asunto privado, sino eminentemente social y político en tanto que adquiere un significado muy concreto solo bajo una determinada forma histórica y cultural de socialización.

La caza de brujas, sobre la que ilustra una nueva interpretación Silvia Federici en Calibán y la bruja, reflexiona cómo la dominación del cuerpo de la mujer fue un paso imprescindible para la implantación del capitalismo. Aquellas mujeres que quisieron ser protagonistas de su cuerpo y de su maternidad o de su no maternidad, colectiva y solidariamente arropadas entre ellas, fueron castigadas y quemadas sin compasión. El capitalismo es fruto de un proceso de represión sobre los cuerpos y el ejercido en concreto sobre el de la mujer fue crucial en la realización de la acumulación originaria.

Creo que si ampliamos el zoom y buscamos una perspectiva histórica podemos entender la necesaria reacción del feminismo de posguerra que, frente a la pretendida vuelta al hogar tras la incorporación de la mujer al trabajo en el periodo de guerra, tuvo una reacción feroz. Confinarnos al papel de cuidadoras y madres tras el sabor de la independencia económica era aberrante y defendieron con uñas y dientes la opción de otra forma de vida. De aquí parten múltiples feminismos de la igualdad que no cabe explicar ahora, pero que en todo caso dejan un poso en toda una generación: la incorporación de la mujer al trabajo es síntoma de independencia y permite igualarnos en posibilidades a los compañeros varones.

Nace así un nuevo sentido común: ser esposa y madre merma tus posibilidades de independencia. No te ates a un tío, ni hipoteques tu futuro con un bebé.

Sin embargo, la presión para ser madre no puede desaparecer, se trata de la supervivencia de la especie y, sobre todo, de la reposición de la mano de obra necesaria para la supervivencia del sistema, así que a pesar de todo este discurso, como dice Beatriz Gimeno, “no ser madre es una elección personal al alcance de muy pocas mujeres en el mundo y se sigue llevando con discreción, casi en soledad, y sobre la que siguen recayendo sanciones sociales”.

Nuevamente lo que nos queda a las mujeres es sentirnos insatisfechas tomemos la decisión que tomemos: si somos madres estamos hipotecando nuestra independencia, si no lo somos, por algo será…..Y la realidad es que otra vez los cuerpos y voluntades de nuestro género se encuentran sometidas vayan adonde vayan.

La maternidad

La realidad es que somos mayoría quienes compatibilizamos ambos roles: trabajo y maternidad. Gran victoria para el capital que no ha perdido nuestra funcionalidad reproductiva y cuidadora sin renunciar a nuestra fase productiva; ya se sabe, la banca siempre gana.

Es por esto que ambas facetas han de formar parte de la batalla feminista. Inevitablemente entremezcladas, como señala Carolina del Olmo: “En las miles de alusiones a la brecha salarial entre hombres y mujeres, muy, muy pocas veces (por no decir ninguna) se habla del peso de la maternidad o los cuidados en la conformación de esta brecha”.

Y no nos referimos solamente a la necesaria reivindicación de los permisos de maternidad y paternidad, a la conciliación de la vida laboral y familiar, al derecho a una lactancia prolongada, sino a la posibilidad de optar por ser madre en exclusiva sin ser tildada de retrógrada o a la de no serlo sin ser tildada de amargada.

Precisamente porque mayoritariamente somos madres trabajadoras nos encontramos de nuevo con la situación descrita en el primer párrafo: una crianza larga y prolongada difícil de asumir en solitario (o en pareja) por la dedicación laboral, por lo que debemos usar guarderías o abuelos y abuelas para compartir la crianza que en el pasado se compartió con la tribu. Por eso la crianza es siempre colectiva, es siempre un hecho social bien sea como mercancía o como acto de solidaridad y apoyo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 45, JULIO DE 2016

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