La crisis de la socialdemocracia

La identificación entre la derecha y la socialdemocracia, entre el PSOE y el PP, evidente en buena parte de la opinión pública. Foto / Eloy Alonso.

La identificación entre la derecha y la socialdemocracia, entre el PP y el PSOE, es evidente para buena parte de la opinión pública. Foto / Eloy Alonso.

Ramón Cotarelo / Catedrático de Ciencias Políticas de la UNED. Al poco tiempo de publicar Eduard Bernstein su provocativa obra Los presupuestos del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, en 1899, recibió una carta del sindicalista Eduard David en la que este le decía: “Eres un burro, Eddie, esas cosas se hacen, pero no se dicen”. Y ¿qué cosas tan extrañas eran aquellas? En lo esencial, la propuesta de Bernstein de que el capitalismo no era flor de un día, que la socialdemocracia debía abandonar su programa revolucionario y adaptarse a la realidad de un modo de producción que no se podía sustituir y al cual únicamente cabía ir reformando paulatinamente. La socialdemocracia, decía Bernstein, tenía que dejar de soñar con la transformación radical del orden existente y adoptar una perspectiva reformista, gradualista. Lo resumió muy bien en una fórmula: “El fin no es nada; el movimiento, todo”.

Fue la primera proclama reformista de la socialdemocracia, en un tiempo en que dominaba el entusiasmo revolucionario, la esperanza de acceder a una sociedad más justa, igualitaria, sin clases, socialista, mediante un acto demiúrgico que nadie era capaz de prefigurar pero al cual todos llamaban reverencialmente revolución. Rosa Luxemburg, mujer muy combativa, asumió la tarea de responder al desviacionista Bernstein con un ensayo cuyo título condensaba la esencia de la polémica, ¿Reforma social o revolución?, y daba la vuelta a la proposición de Bernstein. “El movimiento -decía la revolucionaria polaca- no es nada; el fin, todo”.

Reformismo o revolución

Quedaban así formulados los dos polos del movimiento obrero ya en los albores del siglo XX, el polo reformista o socialdemócrata y el revolucionario, que luego sería conocido como comunista. Y formulados en los términos reales que revestirían posteriormente. El reformismo se abría paso con mala conciencia, sabedor de que estaba apartándose de las ideas de los padres fundadores, Marx y Engels. Por eso le decía David a Bernstein que no expresara a las claras lo que estaban haciendo. La opción revolucionaria, en cambio, segura de sí misma, de ser fiel a la tradición, se propagaba a la luz del día, con un discurso radical con tintes milenaristas, quiliásticos. ¿Por qué conformarnos con reformar esta inhumana realidad cuando podemos cambiarla radicalmente por una sociedad emancipada?

Casi todo el siglo XX aparece marcado por esta polarización: reformismo contra revolución; socialdemocracia frente a comunismo; Popper frente a Lenin. La revolución bolchevique dibujó nítidamente los lados del conflicto, ganó para su causa una gran cantidad de intelectuales que contribuyeron decisivamente a su legitimación, al tiempo que alentaba la formación de partidos comunistas en algunos países occidentales. Por una paradoja de la historia, también contribuyó al fortalecimiento de la socialdemocracia, concebida como una línea de defensa del modo capitalista de producción frente a la amenaza revolucionaria. Era preciso reformar el capitalismo para evitar que fuera barrido por un vendaval revolucionario.

El hundimiento del comunismo a partir de 1990, su práctica desaparición de la faz de la tierra, replanteó las grandes líneas de la estrategia política. Los partidos comunistas desaparecieron como fuerza organizada con alguna expectativa parlamentaria allí en donde la conservaban y la socialdemocracia emergió como la única opción hegemónica viable en la izquierda. Pero ese su triunfo solo fue posible al precio de una devastadora crisis de identidad.

La derecha ideológica, arrinconada en los años sesenta y setenta del siglo XX, reaccionó en los ochenta, en paralelo con la crisis y anquilosamiento del mundo comunista y orientó su ataque en lo esencial al Estado del bienestar como una peligrosa deriva socializante del capitalismo. El hundimiento del comunismo puso en el punto de mira de la reacción neoliberal y neoconservadora no ya las sociedades de planificación imperativa del comunismo, sino las de la planificación indicativa del capitalismo de las sociedades industriales avanzadas. De pronto, la socialdemocracia, que se había considerado siempre a sí misma como un punto intermedio entre el capitalismo y el comunismo, se encontró con un pavoroso vacío a su izquierda. Los dos polos del conflicto no eran ya capitalismo/comunismo, sino capitalismo en estado puro/capitalismo regulado por las políticas socialdemócratas del Estado del bienestar.

Los nuevos centros

Preocupado por su descenso electoral en los años noventa, el socialismo democrático instintivamente se corrió a la derecha, tratando de encontrar un nuevo y confortable “centro”, no ya entre el capitalismo y el comunismo, sino entre el capitalismo y la socialdemocracia tradicional. Surgieron así las propuestas de las terceras vías, los nuevos centros que defendió una nueva generación de dirigentes socialistas, tan oportunistas en sus planteamientos como faltos de toda consistencia teórica, los Blair, Schröder, en cierta medida, Clinton y, por supuesto, el vacuo Zapatero.

Si el primer centro socialdemócrata padecía el inconveniente filosófico tradicional de su inverosimilitud (tertium non datur), este nuevo centro, basado en la aceptación de gran parte del mensaje neoliberal, dejaba el socialismo democrático en una situación de inopia teórica y parálisis práctica que equivalía a un percance terminal. La interpretación reformista de carácter keynesiano, que vino a substituir el viejo andamiaje sistemático marxista, hizo aguas ya con la crisis de 1990, cuando apareció el nuevo fenómeno que entonces se llamó stagflation, esto es, estancamiento con inflación. Falto de marco teórico que validara una interpretación del capitalismo, la socialdemocracia acabó en cierto modo integrada en la Weltanschauung neoliberal, como se prueba por el hecho de que no fuera capaz de articular una alternativa al Consenso de Washington que sometió América Latina a las directrices del FMI y a la hegemonía comercial y económica de los Estados Unidos.

Cuando la situación latinoamericana de los ochenta se trasladó a la Europa del primer decenio del siglo XXI a partir de la crisis de 2008 y el Consenso de Washington se transformó en lo que cabría llamar el Consenso de Bruselas, los europeos se encontraron en la poco envidiable situación de experimentar en sus propias carnes los efectos de las duras políticas de ajustes del FMI a los países en desarrollo. Las políticas económicas neoliberales para salir de la crisis a base de hacérsela pagar a los sectores más desfavorecidos se instalaron indiscutidas en el debate público y la socialdemocracia se encontró con que carecía de toda alternativa creíble.

De hecho, uno de los fenómenos emergentes de resultas de la mencionada crisis es una especie de resurgir de la acción teórica y práctica de la izquierda no socialdemócrata. Reviven las viejas corrientes más o menos ligadas a la tradición comunista (si bien con otros nombres y marcas) y se constituyen nuevas formas de organización y protesta horizontales, espontáneas, muy influidas por la estructura reticular de las sociedades contemporáneas, caracterizadas por el acceso masivo a Internet. En esta situación, la socialdemocracia se encuentra con un problema que amenaza su existencia: si no es capaz de articular un discurso verosímil sobre la naturaleza del capitalismo contemporáneo y el alcance de las alternativas que propone (si es que propone alguna) su destino puede ser el que ya se ha manifestado en el socialismo griego: la irrelevancia política y el traspaso de su hegemonía pasada en el campo de la izquierda a otras formas más radicales que gozan de creciente apoyo electoral a medida que la crisis avanza, empobrece sectores más amplios de la sociedad y se plantean opciones que superan en mucho el reformismo tradicional de la socialdemocracia, incluso en su formulación más avanzada del llamado “reformismo radical”.

Derechos humanos y refundación

Nunca hay fórmulas únicas a la hora de aventurar alternativas sociales, políticas y/o económicas y, a reserva de que surjan otras mejores, la que aquí se propone como refundación de la socialdemocracia consiste en una revisión de las relaciones de la socialdemocracia con su propia tradición y una vuelta a los valores de la revolución francesa. Fue Ésta precipitadamente tachada de “burguesa” por los primeros teóricos del movimiento obrero y necesitada de superación mediante una hipotética “revolución socialista” o proletaria de una naturaleza nueva. Tal cosa no pudo cuajar en la teoría ni en la práctica por incurrir, paradójicamente, en algunos vicios del mismo antiguo régimen al que la revolución francesa vino a poner fin, en lo esencial, la negación del Estado de derecho.

La socialdemocracia puede articular una nueva propuesta teórica, así como alternativas también nuevas, en la medida en que haga girar su programa de “refundación del capitalismo” sobre el pivote esencial de los derechos humanos. Por decirlo brevemente y, en consecuencia, algo simplificadamente, la insistencia en el desarrollo y plena realización de los derechos humanos es hoy el punto central de un programa reformista radical democrático y socialista que abarque, por arriba, la extensión de la democracia y el Estado de derecho a todo el mundo y, por abajo, la línea de defensa del Estado del bienestar frente a la política reaccionaria de desmantelamiento y privatización que trata de imponer el neoliberalismo con la finalidad de revertir el desarrollo moral y político de la humanidad a los tiempos del antiguo régimen.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 25, MARZO DE 2013.

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