La encerrona del independentismo

Banderas independentistas y españolas en la reciente manifestación contra los atentados de Barcelona.

Mario José Diego Rodríguez / Sindicalista jubilado.

Otra vez, “una luz cegadora”, como canta Amaral, podría llevarnos a la conclusión de que la CUP ganó otra batalla, después de la presentación pública y el registro de la ley de la Transitoriedad por parte del frente independentista, llegando al acuerdo con sus socios de aprobarla antes del referéndum. En la CUP, algunos se muestran risueños y felices, orgullosos del protagonismo que se les está dando. ¿No se preguntan por qué repentinamente lo que no corría ninguna prisa se transformó en algo urgentísimo? ¿Acaso piensan realmente que la correlación de fuerzas entre ellos y sus socios del Junts pel Sí ha cambiado?

Desde el referéndum de hace tres años, los dirigentes catalanistas siguen en su supuesto enfrentamiento con el Gobierno central. ¿Qué proponen? ¿Enfrentarse a los que en Cataluña, como de hecho en el resto de España, explotan a la clase trabajadora? La huelga en El Prat, por ejemplo, demostró más bien lo contrario; Gobierno central y Generalitat coincidieron en el envío de la Guardia Civil para suplir a los huelguistas y la obligación para éstos de garantizar un servicio mínimo al 90 %.

El hecho de que la situación de las clases populares se deteriora en Cataluña, como en el resto del país, no es porque, como lo pretenden los dirigentes catalanistas, el Gobierno central los está despojando de toda la riqueza producida y acumulada en Cataluña – ¿acumulada por quién? –, sino más bien, como en el resto de España, porque la codicia patronal, se llamen los patrones Jordi, Aitor, Anxo o Francisco y sean estos banqueros, capitanes de industria o ricos arrendadores, están amasando en sus arcas ganancias colosales.

Los dirigentes nacionalistas catalanes no se diferencian de los demás dirigentes políticos que gobiernan en Madrid, Paris o Tokio. El papel que desempeñan es el que los poderosos les ha asignado: defender sus intereses. Y no será la primera vez que, en Cataluña como en otros países, el nacionalismo se utilice como instrumento para acarrear detrás de su bandera a la clase trabajadora en beneficio de los poseedores.

Sigo sin estar convencido de que la burguesía catalana desee realmente la independencia de Cataluña, las idas y vueltas de sus empleados políticos estos últimos tiempos se parece más a una pantomima que a un real deseo independentista. Sus representantes políticos buscan un chivo expiatorio para explicar por qué la situación desastrosa en la que se encuentra la clase trabajadora en su conjunto no cambia y así eludir su propia responsabilidad.

De lo que sí estoy convencido es que tanto la burguesía española como la burguesía catalana –¿estamos seguros de que realmente son dos entidades diferentes?– están liderando conjuntamente, con las de los otros países europeos, la guerra sin cuartel que han declarado a la clase obrera en particular y trabajadora en general.

Lo que ha conseguido la CUP hasta ahora es, precisamente, permitir a la burguesía liderar un frente común en el que los explotados son coinquilinos con sus respectivos explotadores, sean éstos catalanes o no. Los primeros supuestamente en nombre de la “Nación catalana”, los segundos en nombre de la “Unidad de España”.

Pensar que hacer desfilar a la clase trabajadora detrás de una bandera nacionalista, ya sea catalana, española o de no importa qué otro país, sea la solución para acabar con su explotación, es como esperar del olmo que dé peras. Con tales perspectivas, lo que en realidad se consigue es facilitar la tarea de los explotadores dividiendo a los explotados.

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