La “Fenestra” indiscreta

Desde un estudio como este se retransmitía el programa "Fenestra universitaria".

Desde un estudio como este se retransmitía el programa “Fenestra universitaria”.

En 1963 un grupo fascista asaltó Radio Asturias, en Oviedo, durante la emisión de “Fenestra universitaria”, un programa cultural que elaboraban un grupo de estudiantes antifranquistas. El incidente provocó la clausura del programa, pero también precipitó poco después la disolución del sindicato estudiantil franquista de obligada afiliación para los universitarios, el SEU. El escritor Mariano Antolín Rato, uno de los jóvenes del equipo de Fenestra universitaria, lo rememora ahora para esta revista.

Se ha dicho que somos lo que hemos vivido, pero también lo que imaginamos que somos. Para comprobarlo basta con detenerse a considerar ciertos momentos del pasado. Los estratos geológicos de los acontecimientos de aquel entonces que se han sedimentado en la memoria constan de datos comprobables por los demás y de percepciones de carácter subjetivo. Y si encima —mi caso— la memoria está cargada de ficción, uno tiende a reconstruir narrativamente los sucesos haciéndolos literatura. Por tanto, solicito confianza en el relato que voy a contar y que se excluya lo más posible a quien lo cuenta.

El episodio del programa radiofónico Fenestra universitaria tuvo lugar hace más de medio siglo. Por eso considero que requiere algunas explicaciones que trataré de incluir sobre la marcha. Aunque, antes que nada, quiero agradecerle a Ignacio Gracia Noriega los datos que me proporcionó en comunicaciones personales y por medio de dos artículos suyos publicados en el diario La Nueva España los años 2007 y 2009. De otras fuentes adicionales me ocuparé en su momento.

Domingo. Oviedo, invierno de 1963. En la habitación que comparten en la Pensión Aramo, dos estudiantes de diecinueve años, uno de Derecho y otro de Filosofía y Letras, se disponen a oír la radio. Somos Pepe Avello y yo. Esa noche emiten Fenestra universitaria. Empieza, como siempre, con la sintonía que, creo, eligió Juanjo Cueto. Se trata de la banda sonora de la película inglesa Es grande ser joven. Antes de que sobre la música encadene la voz de Linos Fidalgo presentando el programa, hay ruidos  y gritos destemplados. Alguien brama por el micrófono: “¡Somos los del 36 y los del 63. ¡Abajo los rojos y arriba España!”. Luego suena el Cara al sol, himno de Falange Española.

El sobresalto de Avello y mío dura poco. Enseguida tenemos otras cosas más inmediatas de qué ocuparnos. A la habitación han entrado dos chicas, mayores que nosotros y muy pintadas. Forman parte de un ballet, o así lo anunciaban, que actúa todas las noches en Los Monumentos, club nocturno del Naranco. También se alojan en la pensión. Al dueño, cuando llamaron para hacer las reservas, lo de ballet le sonó a Teatro Campoamor. Luego, una vez instaladas, algunas de las bailarinas eligieron a sus parejas ocasionales entre los estudiantes que ocupaban la mayoría de las habitaciones. Y allí teníamos a las nuestras. La testosterona que rebosábamos se impone. La entrada  violenta a la emisora de unos matones fascistas queda olvidada unas horas.

Porque, como nos enteramos al día siguiente, habían sido unos fascistas militantes los que irrumpieron feroces en Radio Asturias, desde donde se emite semanalmente el programa. Algunos daban clase de Formación del Espíritu Nacional, asignatura obligatoria. O eso explica agitado José Aspiroz, que trabajaba fijo en la emisora. Según él, unos energúmenos miembros de Falange Española y de las JONS se abrieron paso hasta el estudio. Su intención es dar un escarmiento a los autores del programa. Como está grabado y no encuentran a los “rojos”, montan en cólera todavía más. Uno incluso saca una pistola. Después de su rabiosa proclama, continuaron emborrachándose en una cafetería de enfrente mientras celebraban la hazaña.

Exteriores de Radio Asturias en la época del asalto.

Exteriores de Radio Asturias en la época del asalto.

Clausura y Martín Villa

Juan Cueto, principal responsable del programa, con el que no reunimos algunos de los colaboradores, compartía la indignación —y el miedo, que todo hay que decirlo— general. Se decide recurrir a Miguel Castrillo, estudiante de Derecho y jefe del SEU ovetense. Como Castrillo solía adoptar posturas tibiamente aperturistas decide elevar una protesta oficial al jefe nacional del SEU, Rodolfo Martín Villa. Éste, al decir de Castrillo, se presentó indignado en Oviedo un día después. Mantuvo una entrevista con el gobernador civil de la provincia, cuyo nombre no recuerdo [Marcos Peña Royo]. Había prometido informar de sus gestiones. Siempre según Castrillo, no lo hizo y desapareció de Oviedo. Nunca he estado seguro de que las cosas se desarrollaran así. Pero esa es la versión que se impuso. Y, en cualquier caso, Fenestra universitaria no se volvió a emitir.

En un libro de Fernando Poblet sobre la radio en Asturias hay una breve referencia al programa, que sitúa en la década de 1970. Se equivoca, claro. Y pasa lo mismo con otra información de La casa de les radios, que también encuentro en internet. Ésta da como fecha “los años 50”, aunque resume bien en pocas frases lo que llama “asalto”,  y apunta marginalmente su repercusión en el futuro desmoronamiento del SEU.

Así fueron los hechos —más o menos, ya se sabe— de acuerdo con mi elaboración de ellos. Requieren las explicaciones prometidas porque sucedieron en una lejana y siniestra época. Franco aún tardaría doce años en morir. Su represivo régimen no toleraba el más mínimo enfrentamiento. Entre otras muchas, imponía la obligación de afiliarse al SEU a todo el que se matriculaba en una facultad o escuela técnica. SEU son las siglas de Sindicato Español Universitario. La oposición a ese “sindicato vertical” —como los llamaban— llevaba un tiempo manifestándose de modo clandestino. El curso 1962-63, cuando me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras, que compartía el edificio de la calle de San Francisco con la de Derecho, las acciones para terminar con el SEU empezaron a ser más visibles. En realidad, consistían básicamente en utilizar sus estructuras para derribarlo desde dentro. Los universitarios intelectualmente rebeldes lo consideraban la representación más inmediata del aparato represor que prohibía libros, películas, obras de teatro. Pero contaba con grupos teatrales y cineclubs. Concedía premios literarios. Un territorio que algunos nos dispusimos a utilizar con objeto de forzar su desaparición. De hecho, durante parte del curso 1963-64 llegué a desempeñar el cargo de jefe de actividades culturales del distrito universitario de Oviedo —y lo mismo que más arriba, no me da la gana de poner las mayúsculas habituales al escribir determinadas palabras—. Pero entonces ya formaba parte de la FUDE, Federación Universitaria Democrática Española. Una organización política de izquierdas bastante activa, al menos en cuestiones culturales universitarias, mi principal interés.

No consigo recordar cómo entré en FUDE ni quién me propuso hacerlo. Sí, por supuesto, que otros miembros eran Avello, Cueto y tres o cuatro amigos más. Hasta hace poco ignoraba que no era manejada por el Partido Comunista, como creí, sino por el FELIPE, Frente de Liberación Popular. De haberlo sabido en aquella época no habría colaborado con FUDE. El  FELIPE siempre tuvo un toque católico que me sigue repeliendo. Y de sus estatutos me enteré ya en 2009 por uno de los artículos de Gracia Noriega mencionados, que los reproduce. Entre ellos destaco algunos puntos que aún comparto. En el tercero se dice que FUDE “no acepta directrices de ningún partido político”. Y más adelante, en el sexto, que “reivindica el derecho a la libertad de pensamiento y conciencia […] El derecho a la libertad de asociación y reunión […] El derecho a la libertad de enseñanza”. En teoría nada que no fuese democrático y que, por tanto, chocaba y era perseguido por una dictadura como la franquista.

Y así, entre obras del teatro del absurdo prohibidas por la censura, películas cortadas que interpretábamos contenían un fermento revolucionario inexistente —las de Ingmar Bergman, por ejemplo—, libros importados que vendían solo a los “de confianza” en un par de librerías, clases y conversaciones con don Gustavo Bueno que me abrieron los ojos a conocimientos imprescindibles, y charlas exaltadas en las que arreglábamos el mundo en noches de mucho vino, transcurrieron mis dos cursos de supuesto activista político en Oviedo.

A la izquierda, Juan Cueto, responsable del programa radiofónico, junto a otros profesores del grupo de Gustavo Bueno (segundo a la derecha). Foto / El Catoblepas.

A la izquierda, Juan Cueto, responsable del programa radiofónico, junto a otros profesores del grupo de Gustavo Bueno (segundo a la derecha). Foto / El Catoblepas.

Don Pesáreo y la desaparición del SEU

Y ya va siendo hora de referirme sin más digresiones a Fenestra univesitaria. Su nombre latino —“fenestra”, por “ventana”— ya indicaba su procedencia. Juanjo Cueto era, como de tantas otras actividades culturales ilegales de aquella aciaga época, su impulsor y guionista casi exclusivo. El programa incluía comentarios jocosos con un trasfondo crítico contra el insoportable estado de cosas producto del franquismo. Se dice ahora que tuvo buenos índices de audiencia, lo que sorprende. Su contenido hacia referencia a cuestiones de las que solo estaban al tanto algunos estudiantes. Y el lenguaje utilizado, muy periodístico, sin duda, y distinto al de la radio de entonces, resultaba parecido al de las bromas de colegio mayor.

Sí, lo reconozco, el programa me cargaba un poco. Mi única colaboración consistió en la lectura que hizo alguien de unas frases pertenecientes a un trabajo por el que me había dado matrícula de honor don Cesáreo Rodríguez. Se titulaba: Religio non est opium populorum. Sin comentarios. Este don Cesáreo, canónigo y profesor de religión de la facultad, era un carca profesional que publicó, además de una monumental y delirante obra celebrada por diario ABCEl esfuerzo medular del krausismo contra la ingente obra de Menéndez y Pelayo (¡ahí queda eso!)—, un folleto en el que proponía que se hiciera rey de España a Franco. En Fenestra se le llamaba don Pesáreo. Y según escribió Gracia Noriega —y recurro nuevamente a él, porque no lo recuerdo—, una voz de chica le pedía: “Don Pesáreo, refute en dos palabras a los existencialistas”. La respuesta fue: “Hijita mía, el que es sucio de cuerpo, lo es también de alma”. Del mismo tenor fueron otros programas dedicados a los pobres, con afirmaciones tan filosóficas como: “El pobre, ante todo, un hecho visual”. O uno que, basándose en Rocco y sus hermanos, la película de Visconti, hacía una referencia indirecta y críptica a la inmigración de trabajadores a Ensidesa, una de las empresas fundamentales del desarrollismo económico de aquellos años.

Cosas de estudiantes con ganas de divertirse que me interesaban bien poco, la verdad. Pero unos amigos y compañeros de viaje hacían un programa de radio con retranca, y no quedaba más remedio que seguirlo. El que soliviantara a unos fascistas —entre ellos al que había sido profesor mío de Formación del Espíritu Nacional durante el bachillerato en el colegio del Corazón María, de Gijón— suponía un logro en la acción de cargarse al SEU. O así resultó. A partir de la prohibición del programa y la fuga de su jefe nacional, Martín Villa, en el de Oviedo se produjeron abandonos en cadena. Y, quizá —solo quizá—, eso contribuyó a la desaparición del sindicato universitario. Aunque lo cierto sea que se suprimió un par de años después, cuando yo estudiaba y seguía a la contra en Madrid. Era ya 1965, y las manifestaciones de protesta, con piedras y gritos de “libertad,  amnistía y estatuto de autonomía” dejaron  el episodio de Fenestra como una muestra, en tono menor, de lo que posteriormente se convirtió en ataque de las organizaciones clandestinas de universitarios de izquierdas —no muchos y escasamente efectivos— contra aquella abyecta dictadura que para los jóvenes de hoy solo constituye una materia de estudio más de la historia de España.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 39, JULIO DE 2015

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