La Gran Confluencia y el mito del centro perdido

Asistentes a un mitin de IU en una reciente campaña electoral. Foto / Pablo Lorenzana.

Asistentes a un mitin de IU en una reciente campaña electoral. Foto / Pablo Lorenzana.

José Ovidio Álvarez Rozada.

Finalmente, Podemos e Izquierda Unida han alcanzado un acuerdo para concurrir en coalición a la segunda vuelta de las elecciones el día 26 de junio, que se ha presentado con el cálido abrazo entre Garzón e Iglesias en la Puerta del Sol.

Las elecciones del 20-D supusieron el hundimiento del modelo bipartidista que había articulado la gobernabilidad en las últimas décadas, arrojándonos a un escenario donde solo había dos posibilidades: o una gran coalición, demandada por las oligarquías financieras y económicas, que reiniciase el sistema sobre la base de un pacto de las fuerzas de orden y que continuase aplicando con mansedumbre los dictámenes de Bruselas y la Troika, o un Gobierno de cambio entre PSOE, Podemos, IU y Compromís, que debía contar con el apoyo o la abstención de PNV o ERC. No había más opciones reales. El problema fue que el Comité Federal del PSOE cortocircuitó la posibilidad de un Gobierno alternativo esgrimiendo el subterfugio de que la gobernabilidad no podía acabar descansando sobre las fuerzas nacionalistas (con las que sin embargo se habían construido tradicionalmente los pactos para gobernar).

Tras el bloqueo llega la repetición; la coalición entre Podemos e IU, configurada en torno a 50 puntos programáticos, es ahora la novedad, un elemento que está ya actuando como revulsivo, activando el voto y generando nuevas expectativas de alcanzar un Gobierno alternativo; pero es también una reordenación del espacio político con serias posibilidades de relegar al PSOE, tras su idilio con Ciudadanos, a la condición de tercera fuerza. Y esto último es quizás lo sustancial, puesto que las fuerzas que plantean la impugnación del orden neoliberal pueden transformarse, a medio plazo, en un efectivo bloque de gobierno sobre una base de seis millones de votos.

La bolera está ya armada: el PP apela al voto del miedo tratando de polarizar la campaña con Podemos, IU y las confluencias. Surge la contraposición entre un bloque inmovilista y otro que llama a la transformación social que deja a PSOE y Ciudadanos en tierra de nadie, o en la tierra de un desgarrado llamado a la entente “constitucionalista”. Es curioso ver a los dirigentes del PSOE aproximándose al discurso del PP. Nos hablan todos ellos del peligro del extremismo comunista que viene, refiriéndose con absoluto desprecio a la alianza con IU; quizás alguien habría de recordarles a quienes tanto idealizan la Transición que Adolfo Suárez ya legalizó al PCE un jueves santo de hace varias décadas, y que ese partido jugó un papel clave en la lucha por la democracia e hizo generosas (quizás excesivas) renuncias de cara a la puesta en marcha del sistema democrático.

El centro perdido

Proclaman ahora numerosos analistas y los principales medios que Podemos habría perdido definitivamente el centro, desenmascarándose y encajonándose irremisiblemente al buscar la alianza con el PCE e IU. En realidad, habría que comenzar por poner en cuestión los criterios de adscripción ideológica que suelen manejarse, y que se emplean para clasificar los nichos de voto de los partidos.

Es usual hablar del centro político como ese espacio mágico en el cual se encontraría la mayoría de la población, y cuya capitalización otorgaría la primacía a una fuerza política. Se establece así una gradación que discurría de izquierda a derecha, con un punto intermedio entre los extremos que vendría a representar la sensatez y la moderación. La realidad es que el llamado centro político consistiría en los planteamientos propios del liberalismo: defensa de libre mercado, de la desregulación, de la moderación salarial… en fórmulas más o menos atemperadas, o suavizadas al presentarse bajo el marchamo del justo medio aristotélico, trocado ahora en un ejercicio de reducción de la política a la psicología. En suma, el centro es el cuerpo de ideas en las que el orden establecido cifra su hegemonía social.

La realidad es que los distintos posicionamientos políticos responden no a una escala graduada sobre no se sabe qué parámetros, sino a modelos de sociedad contrapuestos y diferentes concepciones de lo que es el propio ser humano.

Y, así, la tan cacareada fórmula de que las elecciones se ganan en el centro se revela como la transposición a máxima de cariz positivista de aquello de que en condiciones de estabilidad de cualquier régimen social, a la sazón una democracia parlamentaria en el capitalismo globalizado, las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante. Mas en el ciclo político que abren las movilizaciones del 15-M, que son el punto de arranque de una crisis del propio régimen institucional derivada de la quiebra del modelo productivo, comienza un socavamiento del sistema de representación y del nudo de ideas hasta entonces hegemónicas, iniciándose un desplazamiento ideológico que movimientos sociales como la PAH o la capacidad de catalizar una nueva alternativa política por parte de Podemos y otras fuerzas han derivado hacia opciones de tipo transformador, quedando bloqueado el espacio para la germinación de movimientos ultraderechistas como ha sucedido en Francia o Austria. Ocurre entonces que la composición ideológica de nuestra sociedad ha venido transformándose al tiempo que la austeridad se cebaba en los diferentes estratos de las clases trabajadoras produciendo un deterioro general de las condiciones de vida.

Se abría con el 15-M el espacio para construir una alternativa, consistente en defender los derechos sociales y laborales, la progresividad fiscal y la soberanía nacional frente a las imposiciones de estructuras antidemocráticas como el FMI y la Comisión Europea. Una defensa de los antiguos elementos del pacto social europeo tras la II Guerra Mundial: el Estado Social y las conquistas históricas del movimiento obrero, paulatinamente quebrantados desde los años ochenta por las imposiciones del poder económico. En definitiva, elementos que se cargan hoy de carácter revolucionario, al implicar su recuperación la impugnación del sistema de dominación que han construido las oligarquías económicas y financieras, para ampliar las tasas de beneficio de los conglomerados empresariales.

La construcción de esa alternativa, que pasa por aspirar a tomar las instituciones y construir un modelo diferente, requiere sin embargo cristalizar nuevas identidades colectivas que sean capaces de actuar como agregadores sociales, consolidando un basamento popular que respalde y radicalice los avances institucionales. No se puede seguir funcionando con la lógica identitaria de las izquierdas enfocadas en lo simbólico como elemento de cohesión en tiempos de pura supervivencia. Tampoco sirve ya el puro juego de subalternidad al PSOE, completando sus mayorías de gobierno para exigirle concesiones sociales: tal estrategia, representada como nadie por Gaspar Llamazares, quedó capada al achicar la ofensiva neoliberal el margen para las políticas redistributivas.

Es necesario tratar de interpelar a la mayoría de la población, no solo a quienes se identifican con la izquierda transformadora, sobre la base de una dialéctica entre los de abajo, desempleados, precariado, clase obrera tradicional, pequeños empresarios, funcionariado… frente a una oligarquía que se sirve de la crisis para ampliar sus privilegios y beneficios. Hay que decir, en justicia, que ésa precisamente es la estrategia que ya pergeñó Julio Anguita y que han estado defendiendo importantes figuras de IU y el Frente Cívico. La confluencia se ha allanado en buena medida porque los sectores favorables a estas tesis se han ido haciendo fuertes en IU, al tiempo que la estrategia de guerra relámpago de Podemos ha topado con sus límites –empató al PSOE, pero no tiene fuerza para ganar– teniendo ahora que transitar hacia una estrategia de cerco y de construcción de conciencia social, estructura organizativa y espacios alternativos.

La actual disputa

La pugna política ha resituado el escenario de nuevo en torno al eje izquierda y derecha, polarizándose y dificultando que el espacio transformador pueda seguir convenciendo a corto plazo a personas procedentes del bloque ideológico conservador: su nicho fundamental es ahora el votante desencantado del PSOE. Esa dicotomía izquierda/derecha jugaba tradicionalmente como un trampantojo en favor del PSOE, que podía presentarse como la única alternativa real al PP, por más que sus políticas laborales y económicas fuesen harto similares.

Sucede que la gran confluencia de Podemos, IU, Equo, Compromís y otros colectivos se reclama ahora como la fuerza hegemónica de la izquierda, aprestándose para propinar lo que puede ser la puntilla del partido de Felipe González. Y, sobre todo, la Gran Confluencia reinventa y vuelve a cargar con contenido ideológico un concepto, la izquierda (concepto por lo demás multívoco: ha habido izquierdas comunistas, anarquistas…), que había quedado completamente vaciado a ojos de buena parte de la sociedad como consecuencia de la deriva de los antiguos partidos socialdemócratas hacia el neoliberalismo.

El arte de la política se teje sobre determinaciones socioeconómicas y materiales moduladas a través de los instrumentos conceptuales e ideológicos en que son percibidas; por eso la lógica política tiene que ver con la construcción de sentidos compartidos en los que se hacen patentes las contradicciones de la vida material y en los que los colectivos sociales pueden fraguar sus identidades definiendo un cuerpo de intereses propios y un proyecto compartido.

Si esa lógica quiere cargarse con verdadera pulsión transformadora, tendrá que modular su discurso animada desde una pretensión de verdad, para apuntar con eficacia social hacia las líneas de quiebra del sistema de dominación. Éstas tienen que ver hoy con la propia arquitectura de la UE y la zona euro, y con la necesidad de construir una alianza transnacional que sea capaz de subvertirlas y buscar nuevas fórmulas económicas y sociales bregando en el marco de un capitalismo globalizado y de una crisis ecológica mundial. Hay que moverse para ello en una tensión entre un discurso de máximos que puede perder eficacia social al espesarse, y un discurso en exceso rebajado que pierde su mordiente rupturista.

Esto es en definitiva la vieja dialéctica de Platón: buscar las fisuras y contradicciones que el curso de la vida material abre en el sentido común del orden establecido –las cadenas que nos atan a la caverna–, para ensancharlas mediante un discurso y un proyecto que engrane con las referencias y afectos de la mayoría, y sea capaz de conducirla hacia un sentido común emancipatorio.

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