La literatura no está en crisis, habla de ella

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

¿El 15-M también supuso un cambio en la literatura española? Habrá que comprobarlo más adelante, cuando el tiempo despeje la duda, pero lo cierto es que con la crisis económica ha surgido en España una literatura comprometida y realista que refleja lo que está pasando en la sociedad. Los medios han reseñado mucho En la orilla, del veterano Rafael Chirbes, pero mucho menos las novelas de Belén Gopegui y jóvenes escritores como Elvira Navarro o Santi Fernández Patón.

Azahara Alonso / Licenciada en Filosofía y periodista cultural.

Ya decía Victor Hugo que “las que conducen y arrastran al mundo no son las máquinas sino las ideas”, y una de las formas más antiguas y efectivas de transmitirlas ha sido la literatura. Las ideas se han infiltrado en ella, revestidas de palabras, y, en tramas e historias, han llegado a lectores que no las esperaban. Sin embargo hay quien denuncia que la literatura se mantiene hoy alejada de la realidad a la que pertenece. Debería entonces ir más allá de la complacencia artística para situarse en el mundo, ser reflejo, altavoz y catarsis del contexto en el que nace y del que no sería justo –ni casi posible– prescindir. Pero esa crítica parece frágil ahora: desde el año 2008 han proliferado autores jóvenes en la literatura española que se inspiran para sus obras en la realidad que padecen.

Durante estos años, en el ámbito de la novela se han dado dos vertientes: una rural y otra más comprometida con el momento. En la primera el paisaje desolador ha pasado a ser el de una ciudad asediada por la burbuja que ha vaciado casas a medio construir y no el de los pueblos, que ahora se muestran como una alternativa casi optimista a la hecatombe económica; así lo vemos en los trabajos de autoras como Lara Moreno o Jenn Díaz. En cambio, las novelas comprometidas responden en ambientación y tema a una necesidad social de ida y vuelta, a una tendencia por parte de los propios autores a escribir este tipo de libros, pero también a la llamada del público lector que exige encontrar en las muestras culturales un espejo de la realidad, no solo una vía de escape y refugio.

Dentro de esta línea hay autores cuya trayectoria literaria, casi al completo, responde a este patrón, como sería el caso de Belén Gopegui, Marta Sanz o Isaac Rosa; pero también han aparecido nuevas voces entre las que cabría destacar las de Elvira Navarro o Santi Fernández Patón. Durante el pasado año 2014 salieron a la luz tres novelas muy significativas a este respecto: La trabajadora, de Elvira Navarro; El comité de la noche, de Belén Gopegui, y Grietas, de Santi Fernández Patón.

Belén Gopegui

Belén Gopegui (Madrid, 1963) cuenta con un currículum literario que la ha convertido desde los años noventa en una novelista de referencia dentro de la literatura realista contemporánea. Su trayectoria –gracias a libros como La conquista del aire, El lado frío de la almohada o Deseo de ser punk, en los que combina destreza narrativa y sensibilidad temática– la sitúa no solo en esa trinchera sino que la confirma como una de las mejores autoras de nuestro panorama. El comité de la noche (Literatura Random House), su última novela hasta el momento, se centra en un suceso concreto y cotidiano para, desde ahí, tomar una posición más general. Se trata de la lucha que un grupo de activistas libran contra el tráfico y la privatización de sangre que las multinacionales farmacéuticas tratan de llevar a cabo. Relatada en el habitual estilo limpio y lírico de Gopegui, El comité de la noche instala al lector en un ambiente corrupto y limitado económicamente en el que incluso una de las protagonistas se ve obligada a volver a casa de sus padres para darle un techo a su propia hija. Las lealtades que se mantienen en esos malos tiempos y la coherencia con las propias ideas y principios le dan la nota de color a una novela en la que la capacidad asociativa de los ciudadanos puede paliar problemas íntimos y colectivos, desde la soledad hasta los desahucios, el paro y la poca fe en un futuro incierto.

Elvira Navarro

La trabajadora (Literatura Random House) es la tercera novela de Elvira Navarro (Huelva, 1978), autora seleccionada por la revista Granta en 2010 como una de las mejores narradoras en lengua castellana menores de 35 años. En este libro continúa lo que algunos han llamado su “proyecto sobre el malestar capitalista” tras La ciudad en invierno y La ciudad feliz. La trabajadora es una declaración de intenciones ya desde el título, una historia que, en primera persona, narra la vida de Elisa, treintañera empleada como correctora en una editorial. Las condiciones laborales cada vez más abusivas a las que se ve sometida desde el inicio de la historia la obligan a cambiar su estilo de vida por uno igualmente limitado: de un pequeño piso en el centro de Madrid se muda a otro aún más reducido en las afueras, que tendrá que compartir con un inquietante personaje. El contacto con su compañera de piso terminará por obsesionarla en el deseo de descubrir quién es realmente, al tiempo que se distrae a duras penas de la precariedad económica que padece cuando el grupo editorial deja de pagarle. En todo este contexto la enfermedad mental aparece como consecuencia de la situación y como un problema añadido a la misma, que no tiene visos de cambiar. “Hemos vivido muchos años bajo la ilusión de aquello que nos habían prometido: que estábamos en precario pero íbamos a ir a más. Ese horizonte de expectativas nos mantenía, aunque en realidad yo siempre me sentí en precario. Ahora sí que hay esa sensación generalizada de callejón sin salida”, comenta la autora.

Santi Fernández Patón

Santi Fernández Patón (Madrid, 1975) irrumpió en el panorama literario español el pasado año con Grietas, novela que le hizo merecedor del Premio Lengua de Trapo. Es miembro de La Casa Invisible de Málaga, una de las iniciativas de gestión ciudadana más relevantes de los últimos tiempos, y en su novela se percibe esa raigambre. También narrada en primera persona, el personaje protagonista se encuentra en una encrucijada de complejas relaciones personales: tiene que hacerse cargo de una hija recién nacida de la que no tenía noticia, al tiempo que establece una relación sentimental con una joven que sufre anorexia. Todo esto con el telón de fondo de las protestas del 15-M, el 25-S, huelgas generales, trabajos temporales y asambleas donde los personajes interactúan en una diestramente narrada colisión entre la esfera pública y la esfera privada. Grietas es una crítica a un modelo capitalista que no solo deteriora las condiciones laborales y económicas de los ciudadanos sino que termina corrompiendo la intimidad y la autoestima.

Un llamativo punto en común de las tres novelas es la ansiedad, patología que algunos han identificado como enfermedad del capitalismo (aunque Fernández Patón se inclina por la anorexia como la patología capitalista por antonomasia). En cualquier caso, la ansiedad se presenta como una consecuencia natural del estrés, la precariedad y la ruptura de unas expectativas de futuro prácticamente impuestas y ahora truncadas. Y, al mismo tiempo, un nuevo problema. A este respecto, Elvira Navarro considera “exagerado decir que eso sea una enfermedad propia de ahora y que ahora haya más; cuando las novelas trataban la enfermedad mental era desde un punto de vista más romántico, desde el genio loco. A mí me parece interesante enfocarlo desde la política”. Por su parte, el autor de Grietas comenta: “Tengo la certeza, no solo mía, de que muchos malestares actuales no se pueden desligar de su contexto actual, el de la precariedad, ni desde luego de su marco estructural, que en nuestro caso resulta que es capitalista y patriarcal. De manera que no se puede resolver este tipo de malestares desde la indiferencia, la individualidad”.

En cuanto a la proliferación de este tipo de literatura y su demanda social, Javier Azpeitia, profesor del Máster de Edición de la Universidad Autónoma de Madrid (donde nació la editorial Libros de la Ballena), opina: “Veo mucha, es patente: de los lectores y de los escritores. Se hacen la autopsia y se exhiben en pedestales. Los escritores buenos y los malos. Los convencionales y los innovadores. Percibo la demanda de los lectores por obras en las que el autor hable de sí y muestre su interior, sus desórdenes, su precariedad individual (en el entorno más íntimo: el de la familia), tan coherente en un mundo que también es precario”. Por su parte, Elvira Navarro, que además de novelista es editora en Caballo de Troya, dice que también nota esa demanda: “Me he llegado a preguntar si yo lo noto porque me interesa especialmente o independientemente de esto, pero así es. Yo no creo que la ficción esté agotada porque no se agota, pero sí creo que en este momento la gente tiene necesidad de leer historias que estén cerca de algo que llamamos realidad. Creo que es algo ambiental, del momento histórico, no puedo hacer un diagnóstico de por qué, pero creo que no es una moda, es una herramienta, una necesidad del momento que responde a un cansancio de la ficción que será transitorio (la historia del arte funciona como un péndulo). Veo que hay mucha queja de que los escritores no saben ya inventar, pero eso es una tontería. La pregunta importante es por qué esta época y nosotros estamos pidiendo autobiografía y autoficción”.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 37, MARZO DE 2015

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