La República española enterrada en Francia

Enrique Rivas ante la tumba de su tío Manuel Azaña. Foto / Xuan Cándano.

Enrique Rivas ante la tumba de su tío Manuel Azaña. Foto / Xuan Cándano.

El 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado ha vuelto a reabrir el debate público sobre el regreso de sus restos a su país. La Junta de Andalucía, que ha homenajeado al poeta en Colliure, lo plantea como posibilidad.

No ocurre lo mismo en el caso de Manuel Azaña, también enterrado en suelo francés. El ex presidente de la II República no tiene quien le escriba en su tumba de Montauban, en contraste con Machado.

El director de ATLÁNTICA XXII, Xuan Cándano, hizo recientemente un recorrido histórico, periodístico y sentimental por los cementerios que albergan los restos de los dos personajes que mejor personifican el sueño republicano español que murió en el exilio. De aquel viaje salió un artículo publicado en el número 30 de la revista, que apareció en el pasado mes de enero. Lo reproducimos a continuación.

La ruta española de los cementerios republicanos franceses

En Francia, lejos de su tierra, están enterrados en los lugares donde murieron en el exilio los dos hombres más representativos de la grandeza y la tragedia de la II República española: Manuel Azaña y Antonio Machado. El primero, aunque también fue un brillante intelectual, es el político que personifica la primera experiencia democrática de la historia de España, ahogada en sangre. El segundo es el mejor representante de la llamada, con absoluto acierto, la República de las Letras. Una ruta visitando sus tumbas es un paseo romántico por la historia contemporánea.

Xuan Cándano (Periodista).

Montauban es una pequeña villa francesa, de unos 60.000 habitantes, cercana a Toulouse, la gran ciudad del exilio republicano español, socialista y anarquista fundamentalmente. Huyendo de los nazis que habían invadido Francia y de los agentes franquistas que le perseguían, esta fue la última morada de Manuel Azaña. El que fuera presidente de la II República española había cruzado la frontera el 7 de febrero de 1939, a pie por la avería del coche en el que viajaba, toda una metáfora sobre el final de la primera aventura democrática de la historia de España.

Tras varios traslados en el vecino país llegó a Montauban con su mujer, Dolores Rivas Cherif, el 29 de junio de 1940, con los alemanes pisándole los talones. Que Azaña no hubiera acabado en España ante un pelotón de fusilamiento, como el presidente de la Generalitat, Lluis Companys, se debe a la República mexicana y a su entonces presidente Lázaro Cárdenas, que en España debería tener una calle en cada ciudad por su emotivo auxilio a un pueblo aplastado por el fascismo.

Enfermo y sin más compañía que su esposa y un puñado de fieles seguidores, Azaña permaneció en Montauban custodiado por el Gobierno mexicano, que desplazó para su protección al embajador en París, Luis Ignacio Rodríguez. Para evitar su captura, también por agentes franquistas desplazados a Montauban para ello, Rodríguez convirtió al hotel Midi en el que se alojaba el presidente republicano en una sede diplomática. Reservó para ello un grupo de habitaciones y banderas mexicanas ondeaban en los balcones. El hotel sigue abierto con otro nombre en la plaza del Comercio y cualquiera puede alojarse en la habitación 101 donde cerró los ojos para siempre un jefe de Estado extranjero que fue su huésped más importante.

No confesó

Con su muerte el 3 de noviembre a los 60 años, con su salud sin duda afectada por su propia tragedia personal, no cesó el hostigamiento a su figura. El mariscal y presidente colaboracionista francés Petain quiso impedir el cortejo fúnebre y que sobre su ataúd se exhibiera la bandera tricolor republicana, intentando incluso que la elegida para la despedida fuera la bicolor franquista. Luis Ignacio Rodríguez le salió al paso y Azaña fue enterrado con la bandera de México. “Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza y para ustedes, una dolorosa lección”, dijo el embajador de Cárdenas. El funeral, con honores de jefe de Estado, se celebró en la catedral, al lado del hotel del que Azaña casi no saldría en sus últimos cinco meses de vida.

Sus restos reposan en el cementerio viejo de Montauban, a las afueras de la localidad. Todos los años, en el aniversario de su muerte, se celebra un modesto pero sentido homenaje al intelectual y político más relevante del siglo XX español. Lo organiza la asociación “Présence de Manuel Azaña”, presidida por el historiador de la Universidad de Toulouse Jean-Pierre Amalric y formada por otros ciudadanos franceses que guardan la memoria del autor de La velada de Benicarló. En el último la única presencia española era la del autor de este artículo, al margen de una profesora madrileña de la UNED y del sobrino de Azaña, Enrique Rivas.

Masón y afrancesado, porque nunca ocultó su admiración por el país vecino, aunque era un verdadero patriota democrático español, Azaña parece más querido y recordado en Francia que en su propio país. En su homenaje anual ondea la bandera francesa al lado de la republicana, participan activamente los estudiantes del colegio de Montauban que lleva su nombre y su tumba, sin ninguna ostentación, está adornada por una escultura del artista galo Cristian André-Acquier, en la que no faltan gotas de sangre para simbolizar el drama republicano español.

Enrique Rivas, el primero entre los descendientes de Azaña, que no tuvo hijos, asume esa especie de malditismo que aún rodea a la figura de su tío en su propio país, donde observa hacia él “una gran indiferencia”. Hijo del cuñado de Azaña, el autor de teatro Cipriano Rivas Cherif, una figura singular que siempre permaneció al lado del presidente, la biografía de Enrique también está marcada por el exilio republicano. Estuvo de niño en Francia cerca de su tío, vivió muchos años en México con su tía Dolores, la viuda de Azaña, y ahora reside en Roma. A su tío presidente lo recuerda en la Navidad de 1939 siempre sentado en un sillón, porque ya estaba enfermo, pero no fuerza la memoria a favor de la mitomanía. “No me acuerdo de su voz. Lo recuerdo como una imagen”.

Lo que sí recuerda perfectamente Enrique Rivas es la indignación de la viuda de Azaña cuando le hablaban de una supuesta conversión religiosa postrera de aquel estadista que pasó a la historia, negra para la Iglesia , por aquellas palabras que apreciaban que España había dejado de ser católica. Esa versión falsa se vinculaba a la visita a su hotel de Montauban del obispo Théas. Su sobrino corrobora que los Azaña lo recibieron “porque era la única persona que podía salvar a mi padre”, entonces retenido en Francia y posteriomente liberado. “Pero no hubo confesión”, corrobora. El propio Théas difundía esa falsedad. “En 1952 el obispo dijo en Vich que había confesado a Azaña. Mi tía vivía conmigo en México y se puso enferma al oír aquello”.

Enrique es partidario de que los restos de su tío sigan en el lugar donde murió, como era su deseo expresado por escrito. Tampoco nadie los reclama en su país.

Una vista parecida a ésta de Colliure podía contemplar Antonio Machado en sus últimos días. Foto / Xuan Cándano.

Una vista parecida a ésta de Colliure podía contemplar Antonio Machado en sus últimos días. Foto / Xuan Cándano.

La poética Colliure

No muy lejos de Montauban, a unas cuatro horas de autopista hacia el Este, está Colliure, el pueblecito donde murió Antonio Machado. Si no fuera porque el espanto de los últimos días del sevillano también fue el del fin del sueño republicano español, diríase que Machado escogió para despedirse de este mundo un lugar tan poético como su obra. “Estos días azules y este sol de la infancia” fue lo último que escribió el sevillano, un verso que apareció en su ropa tras su muerte y también un homenaje póstumo a un maravilloso rincón del Mediterráneo francés, refugio de pintores como Matisse, Derain y Picasso y lugar de nacimiento del fauvismo. Ahora los turistas franceses llenan los fines de semana, y sobre todo en verano, sus hermosos rincones marineros bañados por una luz caprichosa

El poeta entró en Francia con su familia a finales de enero de 1939 de forma tan penosa que se tuvo que refugiar en un vagón de tren. Inmediatamente se trasladó a Colliure. Su entrada en el pueblo no fue menos patética. Su amigo el escritor Corpus Barga tuvo que llevar en brazos a su anciana madre desde la estación hasta el pequeño hotel donde se alojaron, pegado al coqueto puerto. Deprimido y enfermo, el poeta ocupó la parte superior del hotel Quintana. Además de su madre, Ana Ruiz, de 85 años, le acompañaban su hermano José y su cuñada Matea.

Apenas disfrutó de Colliure. Se dice que solo salió a pasear y a calmar su alma atormentada con el murmullo del mar una sola vez, acompañado por su hermano. Murió el 22 de febrero de 1939 a los 64 años, dicen que de tristeza, por su suerte y por la de España, aunque sus pulmones también estaban muy enfermos, no precisamente de melancolía. A los tres días murió su madre.

Ambos fueron enterrados en el mismo panteón, cedido por una amiga de la dueña del hotel. La familia se negó a que el poeta fuera enterrado en París con gran pompa, como le propusieron. El pueblo entero, con el alcalde al frente, acudió al entierro, secundado por seis soldados del histórico fortín militar del puerto.

Peregrinaciones

La tumba de los Machado es desde hace muchos años un lugar de peregrinación de españoles, algunos atraídos por uno de los poetas más populares que dieron nuestras letras, otros por la recta y digna figura de un escritor comprometido con la izquierda y con la II República, y una buena parte sin duda por ambos reclamos.

En el panteón, situado nada más acceder al cementerio de Colliure, donde es un reclamo turístico, nunca faltan flores ni poemas en un buzón enviados por sus seguidores, entre los que parecen mujeres la mayoría. También se puede leer uno de los suyos, en el que describe su propia muerte: “Me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

La tumba de Antonio Machado en Colliure. Foto / Xuan Cándano.

La tumba de Antonio Machado en Colliure. Foto / Xuan Cándano.

En contraste con Azaña, Machado es menos valorado por los franceses, que lo consideran “un poéte espagnol”, como reza la placa del muro del hotel donde murió, hoy una vivienda particular que no parece habitada y a la que llega el murmullo de la mar y del bullicioso mercado local. En Colliure aprecian a Machado, pero mucho más a los pintores que la inmortalizaron en sus cuadros, algunos expuestos en el viejo y romántico café La Marine, donde se alojaban aquellos bohemios, a pocos metros de donde dejó de ver la luz azul que tanto amó el autor de Campos de Castilla.

Tampoco nadie parece plantearse que los restos de Machado regresen a España, que tan canalla fue con los mejores de sus hombres, aquellos que quisieron alumbrar un nuevo mundo con la pluma y sin la espada, para acabar pagando con su vida tal desatino en un país que tardó setenta años en ver cumplidos aquellos sueños de libertad, cultura y democracia.

Suenan ahora vientos republicanos en España, pero no deben de ser muy arrolladores cuando un jefe de Estado y el poeta nacional, orgullo de su patria y de la humanidad, reposan en tierra extraña y solo reciben visitas de turistas nada convencionales que recorren una ruta francesa de cementerios románticos.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 30, ENERO DE 2014

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