La Xata la Rifa, la revolución cultural permanente

La Xata en Ladines, donde vive Cuco Suárez, con quien colaboró.

Mónica Cofiño es La Xata la Rifa, una creadora de múltiples registros y pionera en Asturias en transformar la tradición en vanguardia con un aire de implacable crítica social, en el que nunca puede faltar la diversión. Cinco años después de haber decidido bailar para las vacas, La Xata bailarina, productora, recolectora, artista total y rural mantiene abierto y creciente un laboratorio escénico con base en Carbayín, dedicado a explorar nuevos lenguajes, espacios, públicos y dinámicas.

Chus Neira / Periodista.

Hace cinco años, unas semanas antes de poner en marcha su primer festival, Mónica Cofiño contaba que el circuito de los teatros, los gestores culturales, los modelos de producción tradicionales y el refalfio del espectador la habían llevado a las cuadras y convertido en La Xata. “Tenía que salir de esa caja negra”. Ahora, cuando viene de rodar en Ablaña, de hacer el indio en las Cuencas, La Xata contempla la vuelta al pozo como la vuelta al escenario. “Tengo como ganas, para mí es importante volver a la caja negra, me veo sola en el teatro con la escenografía, reconciliándome con el teatro”.

Habrá que esperar. Porque con La Xata nunca se sabe. Lleva Mónica Cofiño en este proyecto de laboratorio cultural que también es una revolución permanente, un movimiento pendular constante del que parece aprovecharse para ir ensanchando los límites sin estarse quieta pero sin perder pie. Su vuelta al teatro podría acabar siendo otra cosa. No importa. En cinco años y algo más Mónica Cofiño empezó bailando con las vacas, se subió a los trenes, abrazó las coreografías flotantes y bajó a la mina. Hizo el viaje de Gijón a Llanes pasando por Oviedo, se estableció en Carbayín y, aunque se podría bromear con que solo le queda conquistar el espacio escénico del aire, también se subió a los aviones para llevar la Xata a hacer las Américas.

Eso fue en 2013, y Mónica Cofiño iniciaba ahí un modelo al que desde entonces, con sus variantes, le ha sido más o menos fiel: giras, producción del nuevo espectáculo, festival y vuelta a empezar. Por el medio, La Xata crece y mengua en personas y posibilidades, unos se quedan y otros se van, pero a la mayoría Mónica los sigue sintiendo Xata.

Cofiño baila con las letras mayúsculas y minúsculas de la misma forma que pone patas arriba el discurso artístico y de producción cultural. Cuando habla, también es incapaz de quedarse quieta en una idea. Oculta detrás de su dicción la fuerza tractora primitiva del animal y la onda expansiva, esencial, en el choque con el agua, pero al final todo se entiende muy bien.

Mónica Cofiño es La Xata la Rifa.

Reflexiona: “Cada año ha ido siendo bastante diferente. Pero hay todo un viaje y una filosofía potente que se repite. Una colectividad efímera que aparece, desaparece y vuelve a aparecer. Casi siempre se viene a crear un espectáculo y un festival, y en medio están las acciones, las papeletas para la rifa, cuando se vuelve a plantear de nuevo todo. Un viaje, una gira, el espectáculo que sea y después culmina con la rifa. En estos años La Xata se ha ido despegando más de la persona y el personaje. Se transformó, y ya no solo era la temática de la vaca. Apareció el piano flotante y armó toda la historia del espectáculo. También apareció el tren. Van cogiendo forma y fuerza unos elementos u otros, pero no hay mucho guión previo. Las historias se van haciendo. Como la huida de Llanes y la llegada a Carbayín, que fue un lugar donde se impuso toda esta arqueología de la mentira y la historia”.

Algunos de los cambios más fuertes en los más de cinco años de La Xata se produjeron a lo largo de 2014. Después de haber recibido el año anterior el piano flotante de Philippe Séranne, en ese festival tomaría forma el concierto flotante que daría lugar luego a la gira de la “Ola Flotante” en 2015. Fue también el 14 fue el año en el que La Xata se subió a un tren y convenció a los de ADIF para lanzar un vagón lleno de artistas hasta Oviedo en La XaTa eN BLaNCo TReN FeST.

La estación de La Xata

La Xata estaba en Llanes, allí hizo todavía el festival en el 2015 y no sé si seguiría todavía ahora en el Oriente si las cosas no se hubieran torcido. Lleva esta bailarina, productora, artista en el sentido más puro, recolectora, todo este tiempo peleando con la burocracia, los papeles, los presupuestos, convenciendo a políticos y directores generales. Nada se le pone por delante si ya lo tiene en la cabeza. No es terca, es pasión y acción en estado puro. La huida de Llanes, como dice ella, no debió de ser una experiencia fácil. Pero la solución sí parece que volvió a ordenar las cosas. Y encontró virtud en la necesidad. Lo cuenta sin saña y con verdad.

“Fueron cambios políticos. Las personas son más duras. Yo entendí que había puesto mucho esfuerzo, intenté solicitar más espacio, más apoyo y fue un poco complejo el tratamiento que se le dio a La Xata. No hubo fuerza ni valentía. Preferían dejarlo morir. ¿Y si me voy? Pues vete. Más o menos eso me vinieron a decir. Pero me tocaba cambiar. La Xata no es algo que quiero que se apegue a un pueblo, a un lugar. Lo importante es estar en muchos sitios”.

La mudanza le obligó también a pasar “el túnel del tiempo”. Se precipitó a lo largo del año pasado y era el momento en el que también preparaba la exposición retrospectiva de cinco años de La Xata que le dedicó el Museo Barjola. Eso y marcharse de Llanes le obligó a recordarlo todo. Los festivales, los vehículos, las papeletas. Y como empezaba una etapa nueva, también le obligó a ver todo el material de frente. A mostrarlo, dignificarlo, ordenarlo.

Meter en cajas para organizarse y desarrollar una visión de obra está bien. Pero, ¿dónde desempaquetar? Mónica Cofiño buscaba quizá un lugar un poco más céntrico, ningún pueblo en concreto, pero llevaba ya un par de años con el proyecto del tren y sabía que se alquilaban estaciones. Preguntó cuáles estaban disponibles en Asturias. En Carbayín (Siero) había hasta cantina y, al lado, un espacio nuevo, un gimnasio municipal al que no le faltaba ni sala de danza ni tatami. Costó un poco pero La Xata logró constituirse en asociación, pactar normas, días y lograr una cesión puntual.

La estación de la Xata es lugar de residencias para artistas y también centro dinamizador. Más aún. La ambición de siempre de hacer totalmente transversal la propuesta artística del laboratorio de La Xata avanza. “Se está consiguiendo una participación real, y en muy poco tiempo”. En la edición del festival de 2016, Carbayín Bajo, sede de la Xata Station, acogió la grabación del documental “FAME (matar la fame cuesta)”, con la participación de ese cuerpo de baile de vecinos, críos y mayores, capaces de disfrutar del punto de vista crítico cómico con el que Cofiño ha envuelto esta vez un viaje al pasado minero y a la reconversión en falso.

En 2015 La Xata llevó a cabo la gira “La Ola Flotante”.

Villa como personaje

De eso trató la última edición de La Xata y a esos terrenos le llevó la estación de Carbayín y el contexto minero del entorno. Por eso el festival viajó por las Cuencas del Caudal y del Nalón, de Tuilla a Ablaña, con la grabación de ese musical industrial minero que tuvo western, fabada dance y Broadway. Cofiño aceleró más todavía la idea de construcción colectiva y participativa sumada al documental ficción.

Queríamos abrirlo mucho, también, a los testimonios. Por eso empezamos meses antes con Marta Blanco un proceso de grabación con mineros, sindicalistas o gente relacionada con la movida. Después fue la ficción. Con nuestros escenarios: un viaje en el tiempo, un western en Ablaña, los ochenta en Carbayín, los años veinte, visualizar el futuro con los niños en Tuilla. Hicimos una escenografía de película de serie B que se convirtió en la propia performance de los personajes. Nuestra aparición en el pueblo, los artistas cantando… En Ablaña los fantasmas éramos nosotros”.

Baile, ficción y documental. No había guión ni planteamiento previo. Sí personajes como el de Villa y la idea de profundizar en las mentiras de la reconversión propugnando una reconversión cultural. Ahora todos esperan el estreno. Llegará este año. Con incógnita y cambio, seguro. Pero Cofiño está contenta porque “hay verdad”.

Ahora está todo todavía un poco tapado por el pasado y hace falta soltar más verdad, hace falta contar, pero creo que hay mucha fuerza en lo que hemos grabado. Damos bastante intensidad al humor, la idea es esa, transgredir desde una mirada bastante irónica. Se habla de la reconversión, pero no se reconvirtió. Y lo que tenemos es la mezcla de elementos: baile, música y la colectividad del presente, que es sacar a todo el pueblo a bailar, contar esto, reírse como de uno mismo, y de Villa y del dinero, y de la reconversión. La gente del pueblo habla muy alto, muy claro, muy bien. Hay alguna reacción de miedo, pero a la mayoría le parece bien esta ironía. No saben muy bien qué es este proceso de producción, si estás haciendo una película o un festival, pero sí entienden que aquí hubo gente muy luchadora y que lo que sucedió fue como matar algo y callar algo. En el rodaje hemos tenido algunas cositas. Y se ve que el SOMA todavía está fuerte. Pero en realidad hay bastante apoyo. Creo que se podría hacer una revolución cultural tranquilamente. La gente tiene ganas”.

La Xata la Rifa, como laboratorio escénico, sigue en marcha con la suya. Ahora mismo están poniendo en marcha desde la plataforma de Artistas Flotantes un ciclo de “Olas Flotantes” con gira para este año. La película del musical industrial tendrá su continuación escénica entre marzo y abril y se habla de un estreno en junio. El cowfunding, las papeletas y la rifa tampoco se paran. La comunidad sigue abierta y creciente. Gente que atrae gente. Una onda que se expande y el equipo mismo que atrae y hace más grande cada movimiento. Nadie se baja, todo se transforma.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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