Las mentiras de Covadonga que siguen venerando los asturianos

La Santina en procesión el Día de Covadonga, que coincide con el Día de Asturias. Foto / Pablo Lorenzana.

Ni la fecha es real. La escaramuza, que no batalla de Covadonga, fue en el 722 y no en el 718, aunque el Principado celebrará el 1.300 aniversario este año. El mito, la leyenda y las falsedades históricas sobre Covadonga (el “covadonguismo”) son utilizadas por el nacionalismo español y por el asturianismo más conservador, mezclando la ficción con los sentimientos religiosos. Y todo ello sigue siendo asumido por la cultura popular, por las élites y por las instituciones. No solo otros nacionalismos como el catalán se envuelven en falsedades para legitimarse.

Rafa Balbuena / Historiador y periodista.

A Pelayo, primer rey de la Monarquía asturiana, nunca proclamado, le rodea la oscuridad tanto en su procedencia como en las circunstancias en que se desarrolló su reinado, hasta el punto de que algunos historiadores del siglo XX llegaron a poner en duda su existencia. Sin embargo, los trabajos de medievalistas de referencia como Claudio Sánchez Albornoz, Barrau-Dihigo, Juan Uría Ríu o Juan Ignacio Ruiz de la Peña vienen a convenir, con pocas dudas, que fue un potentado asturiano del siglo VIII vinculado a la nobleza de origen hispanorromano (su propio nombre, Pelagius, denota la raigambre latina, no visigoda).

Sánchez Albornoz, que en sus investigaciones recorrió a pie todos los escenarios que relatan las tres crónicas asturianas de la época que han pervivido hasta hoy, sostiene que, pocos años después de la conquista musulmana que acabó con el reino visigodo de Toledo en 711, Pelayo encabezó una revuelta contra el pago de impuestos a las nuevas autoridades, dependientes del valí (gobernador) de Córdoba. Atendiendo a las citadas crónicas asturianas del siglo IX (la de Alfonso III, la Albeldense y la Crónica Profética), y conforme a los cálculos que de ellas se deducen, su rebelión culminaría con una escaramuza militar en Covadonga ocurrida en el año 722, concretamente el 22 de mayo. Y aunque ese mismo cálculo indica que sus primeros movimientos conocidos de insurrección fueron en 718, afirmar que el incidente de Covadonga tuvo lugar entonces sería tan tendencioso (y absurdo) como decir que Colón descubrió América en 1483 al proponer al rey de Portugal su viaje a las India, o que la Segunda Guerra Mundial estalló en 1933 con la victoria electoral de Hitler en Alemania.

El enfrentamiento del 22 de mayo del 722 es asunto preñado de detalles difusos y enorme mitificación. A lo largo de los siglos se ha dicho, repetido y exagerado que nada menos que 100.000 musulmanes se apostaron ante Covadonga para aplastar a un puñado de insurrectos astures escondidos entre las peñas del Monte Auseva. Cualquiera que conozca el entorno actual de la zona (allanado, edificado y alterado en grado sumo) puede imaginar qué ocurriría hoy si 100.000 turistas con sus autobuses y coches se plantasen ante el santuario. En efecto: no cabrían. Menos aún, en el siglo VIII, una mesnada de tales proporciones con la voluminosa maquinaria bélica de la época, incluyendo armeros, monturas y todo el soporte logístico necesario para mantener y alimentar una tropa que, por otra parte, tendría los mismos efectivos que en 2018 suman las Fuerzas Armadas españolas de tierra y mar.

La intervención de fuerzas sobrenaturales como clave para infligir la derrota a los musulmanes es otro tópico, nunca desterrado del todo a pesar de los avances del laicismo y el racionalismo, solo sostenido obviamente por la fe, enemiga irreconciliable, en este caso de modo delirante, del rigor historiográfico. Leyendas como que las lanzas y flechas rebotaban inexplicablemente en la roca para volverse contra los atacantes, o la aparición de la Virgen María dando un mensaje salvífico a Pelayo, con la carga apologética propia de los relatos medievales, ya se habían atribuido de modo similar e idéntica intención propagandística al emperador romano Constantino durante el siglo IV. Incluso el relato, igual de fantástico, de que en plena batalla a Pelayo le llovió del cielo una cruz de madera, que sostuvo como símbolo durante el combate y con la que se compuso el alma (armazón de madera) de la Cruz de la Victoria que se exhibe en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, es un paralelismo evidente con el relato de glorificación de Constantino en la batalla del Puente Milvio y su exaltación como paladín del cristianismo ante la amenaza de paganos y bárbaros.

La controvertida Reconquista

La revuelta pelagiana, en todo caso, no fue la única contra las tropas musulmanas en la Península y pudo obedecer a un conflicto local, pero de ningún modo se emprendió para desagraviar y reparar una supuesta “pérdida de España”, como sostiene el relato tradicional nacional-católico, a manos de las tropas que derrotaron a los visigodos de Don Rodrigo en Guadalete. Porque España, la Hispania de entonces, entendida como nación, no surge hasta bien entrada la Edad Moderna. Incluso hay quien sitúa ese origen nacional en las Cortes de Cádiz de 1810. En los siglos posteriores a Pelayo sí irá fraguando un sentimiento colectivo de pertenencia común entre los reinos y condados que van a configurarse en la Península Ibérica, desde Portugal a los condados catalanes, y que incluso hallará eco en Al-Ándalus. Pero de ahí a plantear que Pelayo concibiese la idea de restaurar algo que aún no había existido, tiñendo además su carácter con mitología propia de un Rey Arturo, media un abismo.

Otra cosa es que la coyuntura favorable y la habilidad política y militar de los sucesores de Pelayo facilitaran el afianzamiento de un reino independiente, con sus atribuciones políticas, económicas y militares más o menos clarificadas: la Monarquía asturiana de los siglos VIII y IX, que nos legó un singular arte propio, el prerrománico. Ahora bien, considerando el contexto histórico, este proceso tuvo que depender de muchos factores desde su mismo origen y no puede reducirse a una sola causa. Y menos aún a conjeturas como las que achacan el origen de la revuelta al supuesto matrimonio de una hermana de Pelayo con Munuza, por entonces gobernador musulmán de Gijón, o a un dudoso parentesco que lo vincule al séquito del rey visigodo, justificando así que aquel líder de unas tribus locales albergase veleidades de convertirse en nuevo rey de Toledo. A este fin, es llamativo que las crónicas omitan muchos detalles de la rebelión, y más aún que silencien todo lo ocurrido en Asturias en los quince años que van desde la escaramuza de Covadonga hasta la muerte de Pelayo, ocurrida en Cangas de Onís en el año 737.

El devenir de los hechos, con el crecimiento progresivo de los reinos cristianos a lo largo de la Edad Media, y la preponderancia alternante que mantuvieron con Al-Ándalus a lo largo de siete siglos, propició una secuencia de hechos que ha sido calificada con el controvertido término de Reconquista. Al margen de su utilidad para definir una parte importante de la Edad Media hispana, su utilización también ha dado pie a que la manida frase que dice “Asturias es España y lo demás, tierra conquistada” se haya convertido en epítome del “covadonguismo”. Teoría difusa que, a grandes rasgos, resume la rebelión de Pelayo como encarnación y ejemplo eterno de las virtudes de una nación, la española. Pero la Reconquista, lejos de un batallar continuo y religioso de siete siglos, no fue otra cosa que un lento proceso geopolítico, con sus trasvases culturales, sus cambios de fronteras y enfrentamientos armados intercalados entre largos intermedios de paz. Y el motor de este proceso, más que una ideología o una cuestión de credos, fueron las luchas de poder, las debilidades y las alianzas coyunturales de varios reinos, que entonces pugnaban por el dominio de un mismo suelo.

La manipulación interesada de Covadonga como hito fundacional patriótico puede apreciarse, de modo embrionario, en el propio relato del Reino de Asturias que apuntan las crónicas medievales, que, con intención de legitimar el presente vinculándolo al pasado, lo sitúan como continuación del reino visigodo de Toledo. El punto álgido de esta mixtificación llegaría con la historiografía nacionalista del siglo XIX, que hizo del “covadonguismo” el origen legitimador de España y de Asturias.

Los políticos acuden a misa en Covadonga el Día de la Santina y la Autonomía. En la primera fila los socialistas Javier Fernádez y Pedro Sanjurjo y el popular Gabino de Lorenzo, las tres máximas autoridades políticas de Asturias. Foto / Pablo Lorenzana.

Nacionalismo del XIX y Guerra Civil

El siglo XIX fue un período en el que los nacionalismos brotaron por toda Europa, haciendo del pasado argumento ideológico, y era difícil que el mito de Covadonga y su simbolismo se sustrajesen al historicismo que sustenta estas ideologías. El nacionalismo español, frecuentemente teñido de mesianismo, ha colocado desde entonces en uno de sus podios la “trinidad” Covadonga-Pelayo-Reconquista como una especie de dogma de virtud y pureza. En 1916, el político carlista Juan Vázquez de Mella pronunció en la propia Covadonga un discurso de corte regionalista que, sin distanciarse de sus postulados españolistas, recoge las bases de lo que más tarde será el ideario político asturianista conservador, que no ha perdido vigencia.

Durante la II República el mito no fue ajeno a la fractura social: Gil Robles, líder de la derechista CEDA, protagonizó allí mismo un encendido mitin días antes de la Revolución de Octubre del 34, en medio de un sabotaje en las carreteras para impedir el acceso de la comitiva a Covadonga, tras un abierto boicot de partidos y sindicatos de izquierdas. Ya en la Guerra Civil, la novelesca historia de los avatares de la imagen de la Virgen de Covadonga, la ‘Santina’, refleja hasta que punto cuajó el mito entre los asturianos. El bando republicano atizó al nacional por la presencia de soldados musulmanes entre las tropas franquistas que avanzaban inexorablemente por el Oriente de Asturias en 1937. Aquellos regulares de Marruecos no fueron los primeros soldados “nacionales” en alcanzar el santuario, pero las polémicas fotos de “moros en Covadonga”, aireadas por los republicanos, fueron censuradas en la prensa de los sublevados. Y para evitar que la Santina corriese peligro, fue el Gobierno de Asturias y León del socialista Belarmino Tomás, a través de una operación diseñada por su consejero e intelectual Antonio Ortega, ejecutada por un anarquista, el que ideó un plan para evacuar a la imagen venerada de la Santina de España. La figura estuvo el resto de la contienda escondida en un armario en París y volvió a Covadonga cuando callaron las armas, tras ser paseada con fervor por media Asturias.

El nacional-catolicismo que impusieron los ganadores explotó con indiscutible éxito el mito de los orígenes de la patria española, de Pelayo y Covadonga, vencidos sus enemigos ateos y separatistas. El propio Franco, en una bien buscada imagen simbólica, portó la Cruz de la Victoria por las calles de Oviedo en 1942. Un caudillo que evocaba a aquel otro de las montañas astures en las que se evitó la desaparición de España y la civilización cristiana, según el épico relato oficial.

Restaurada la democracia a partir de 1977, la Transición no supuso la revisión historiográfica del covadonguismo que se podría esperar. Ni siquiera el robo de la Cruz de la Victoria y el resto de joyas de la Catedral, que en aquel año logró unir en bloque a todas las fuerzas políticas asturianas de una forma espontánea y sin precedentes (y también sin continuación), evitó la repetición de unos lugares comunes que, pese a su indudable fuerza simbólica, no se corresponden con la realidad. La confusión sigue hoy en día y desde la izquierda radical a la extrema derecha se sigue usando la imaginería covadonguista para apuntalar ideología. La bandera asturiana, inventada por los fundadores de Conceyu Bable en los años setenta, luce la Cruz de la Victoria y grupos independentistas minoritarios no dudan en añadirle la estrella roja, marxista e internacionalista. Los neonazis suelen concentrarse en Cangas de Onís, primera capital de la España imperial que añoran, y alguna vez protagonizaron serios incidentes de orden público.

Claro que la confusión es fomentada desde las propias instituciones. El Gobierno asturiano del PSOE institucionalizó en 1984 el 8 de septiembre, festividad de Covadonga, como el Día de la Autonomía. Desde entonces lo religioso y lo político se retroalimentan en obscena mezcolanza, con los presidentes del Principado asistiendo a misa en la basílica inaugurada en 1901, sin que falten últimamente broncas del Arzobispo conservador Sanz Montes al legítimo representante de los asturianos por cuestiones como el aborto. El laicismo que avala la Constitución y la propia esencia de la Autonomía se difuminan en los aires puros de Covadonga.

El Principado tiene previsto celebrar el 1.300 aniversario de los sucesos de Covadonga, con cuatro años de adelanto y con unos 80 actos que no parece que vayan a revisar, desde el rigor histórico exigible, la legendaria y mítica versión de un pasado que no fue como nos lo siguen contando. Esa revisión pendiente resultaría muy esclarecedora respecto al debate que mantiene la sociedad española sobre la controvertida cuestión nacional, tras el pulso separatista catalán. En Los heterodoxos asturianos, un libro de Juan Cueto Alas que no ha perdido vigencia desde que se publicó precisamente en 1977, aparece Covadonga vinculada a esa palabra tan usada en la discusión política de mayor calado de la actualidad: plurinacionalidad. Sostiene Cueto en el capítulo “Pelayo es morboso” algo que delata el retroceso de aquella lectura heterodoxa de la historia de España, a la que ahora se enfrentan los sectores conservadores que detentan el poder político, económico y mediático:

“A fin de cuentas, la diferencia que existe entre concebir la historia del Reino de Asturias como génesis de la llamada nacionalidad española o como proceso de autoafirmación de una muy específica nacionalidad (la asturiana), hará significar las cosas de diferente manera. Lo primero, conduce inexorablemente a cimentar el dogma del Estado-Nación tal y como ha sido y es entendido por las clases dominantes desde hace muchos siglos. Lo segundo, inaugura la posibilidad histórica de la plurinacionalidad del Estado español, asunto que nadie con dos dedos de frente osa rebatir en estos momentos”.

Barbaridades en los libros de texto

Pelayo y Covadonga apenas tienen hoy presencia en la enseñanza asturiana y no hay grandes diferencias entre lo que se cuenta ahora a los escolares de aquel episodio, en relación a lo que pasaba en las aulas de la dictadura. Eso evidencia la consulta de esta revista a cuatro manuales de Historia de Segundo de la ESO, el único de los cuatro cursos del ciclo en el que se estudia la Edad Media de Asturias, todos actualizados y utilizados en numerosos centros asturianos de Enseñanza Secundaria, tanto públicos como concertados.

Uno de ellos (“Geografía e Historia-Historia medieval”, de Ediciones SM), pese a lo escueto de su contenido (apenas 14 líneas de texto), explica con bastante precisión las circunstancias de nacimiento del Reino de Asturias refiriendo “la escaramuza, magnificada con el tiempo, [que] pasó a las crónicas como la Batalla de Covadonga”. Sin embargo, otro manual consultado (“Ciencias Sociales-Historia”, ed. Oxford Educación) se limita a consignar la existencia del Reino de Asturias en un mapa, sin ninguna referencia explicativa en el texto de la unidad didáctica correspondiente. En el caso de “Ciencias Sociales-Proyecto Kairós”, de la editorial MacGraw Hill, se esquiva la cuestión de un modo no solo simplista sino erróneo, despachando todo el asunto con una nota al margen que señala: “la fundación del Reino de León en 914” (sic).

Y el último libro de texto consultado (“Ciencias Sociales-Proyecto Zenit”, de Ediciones SM), pese a dedicar más espacio al Reino de Asturias, es una sucesión de inconcreciones, errores de bulto y restos mal ordenados de una historiografía desfasada y sin rigor crítico. Entre los desatinos con que sus autores narran la rebelión de Pelayo, afirman sin más que fue “un noble visigodo” y dan por sentado que “después de asentarse en Asturias llegó a ser aceptado como jefe, pero fue apresado por los musulmanes y permaneció en Córdoba como rehén del emir (sic), que quería garantizar de esta manera la obediencia de los astures”.

Hay quien va incluso más allá. En una conocida academia ovetense, que prepara oposiciones para profesores de Secundaria, se facilita sin sonrojo a los alumnos unos apuntes en los que se da por cierta la leyenda de que “los reyes asturianos del siglo IX seguían rindiendo su tributo anual de cien doncellas vírgenes al califa de Córdoba”. Con despropósitos así en la pedagogía de supuestos titulados universitarios, no extrañaría oír cualquier día que Pelayo ganó la batalla de Covadonga a lomos del toro que mató a Manolete.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 54, ENERO DE 2018

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