Leticia Sánchez: La ley de los cuatro segundos

Leticia SánchezLa crisis de las librerías, hoy en día, es un enorme monstruo marino con varios tentáculos. Los libreros, para sobrevivir, han de enfrentarse a todos ellos. El primero es el de la crisis económica, el unitario, el que trata a todos por igual, ya sean carniceros, estilistas o restauradores: ya no fluye el dinero y el consumo baja. El segundo es el de la crisis del papel: los formatos están cambiando, gran parte de los lectores están emigrando de la hoja y la tinta a la pantalla (crisis que también viven los periódicos). El tercero es el de la piratería: al igual que en el cine o la música, nadie parece querer pagar por leer y se bajan los libros con tal naturalidad y está tan socialmente aceptado que nadie diría que realmente están robando. El cuarto se llama Amazon: si pensábamos que la librería total, al igual que la biblioteca total, solo podía existir en la mente de Borges, Internet nos vino a decir que estábamos equivocados. Ninguna librería, por inmensa que sea, tiene un almacén comparable al gigantesco Amazon, y parecer ser que es más fácil darle a un botón que acudir a encargar un libro al librero del barrio. Y el quinto tentáculo es el del cambio de hábitos: si antes se compraba un libro para leer durante un viaje, o en la sala de espera de un hospital, o cada mañana en el metro, ahora la gran mayoría de las personas lo ha sustituido por enredar con el móvil o el iPad.

Y este cambio de hábito a la hora de leer, a mi entender, es el que más está transformando la sociedad.  Yo lo definiría con una palabra: celeridad. La celeridad de todo pero, por encima de los demás, de la información. Ahora cuando preguntan, por ejemplo, “¿te has enterado de lo de los despidos en la Fábrica de Armas?”, la respuesta suele ser “sí, ya lo he visto”. Lo he visto, que no lo he leído. Y esto significa que hemos mirado el titular, que puede que hayamos pinchado en la noticia (o no) y, si lo hemos hecho, nos hemos limitado a ojearla por encima. Experimentamos ese instante de indignación necesaria y luego pasamos a lo siguiente. En el Twitter, en el Facebook, en los periódicos digitales, en los blogs. Siempre pasamos a lo siguiente sin detenernos realmente a leer nada con dedicación. Una pulsión, una urgencia, aquel vicio de la prisa del que nos advertía Gregorio Marañón. Así, con tres vistazos pensamos que nos hemos empapado de toda la actualidad, cuando realmente apenas la hemos cogido con alfileres.

En 1988, Juan Cueto nos hablaba de la ley de los 30 segundos, explicando que la duración de la atención del individuo disminuye a medida que aumenta la cantidad de informaciones que padece, y que esta duración se estimaba entonces en 30 segundos, porque más allá del medio minuto la atención se degradaba, el individuo se distraía, empezaba a pensar en otras cosas, perdía el hilo, pasaba la página, cambiaba de emisora, bostezaba o cerraba la puerta. De esto han pasado 26 años y casi me atrevería a decir que a cada año se ha ido menguando un segundo; que hoy en día tenemos cuatro segundos de atención antes de pasar a lo siguiente (el tiempo que más o menos se tarda en leer 140 caracteres). Y esto es lógico teniendo en cuenta que las informaciones que padecemos también se han multiplicado.

Como también se han multiplicado los informadores. Se está oyendo hasta la saciedad, incluso una televisión generalista lo anuncia así, que hoy “periodista puede ser cualquiera”. Porque cualquiera tiene ojos para ver, cámara en el teléfono para fotografiar y un acceso inmediato para colgar públicamente su información. Pero, si me lo permiten, éstos no son periodistas; son fuentes. Que alguien fotografíe a un policía cargando de forma salvaje contra una adolescente en una manifestación y lo cuelgue en las redes sociales no lo convierte en periodista, sino en un testigo documentado (esto es, en una fuente). Se ha dedicado a contar únicamente los hechos y a hacerlo a toda prisa. ¿Por qué ha actuado con esa violencia el policía? ¿Le han dado esas órdenes o ha actuado por él mismo? En el caso de que haya recibido esas órdenes, ¿quién y por qué se las ha dado? Si ha actuado por él mismo, ¿qué es lo que ha llevado al cuerpo de policía a obrar tan salvajemente y creerse inmunes? Éstas son las preguntas que responde un verdadero periodista. Las que nos hacen ver la raíz y no solo la copa del árbol. Porque si desconocemos el estado en que se encuentran las raíces, el árbol nos lo puede tumbar cualquiera.

Pero ya no hay tiempo. No hay tiempo para investigar, no hay tiempo para leer, hay que correr para alcanzar esos cuatro segundos de atención. Otra noticia, otra información, otro post, otro tweet. Nos estamos convirtiendo en árboles frondosos de numerosas ramas, pero con un delgadísimo tronco y unas raíces desconocidas. Árboles tan fáciles de derribar.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 33, JULIO DE 2014

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