Libertas. La propiedad del cuerpo de las mujeres

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Imagen de Amina tomada de un cartel del Colectivo Feminista Guanila

Lucía S. Naveros/ Periodista. Una joven con los ojos y la boca pintados lee concentrada un libro. En la mano sostiene un cigarrillo. Tiene el torso desnudo, sobre el que se leen unas letras árabes. El editor del diario que publica la foto ha difuminado esas armas de destrucción masiva que son sus pezones.

El sencillo gesto de su desnudez, que no pretende vender perfume ni ropa interior, ni coches, ni viajes ni seguros ni canciones de rock and roll, ha resultado tan intolerable que esa imagen ha dado la vuelta al mundo y Amina está hoy en la cárcel. Desafía la muchacha tunecina a los hombres y mujeres de su país que consideran que el cuerpo femenino es peligroso, pero también desafía a los ojos occidentales, que sostienen, sin decirlo, que el cuerpo de la mujer es de las miradas masculinas que se apropian de él, y que a esas miradas debe adaptarse, pase lo que pase y caiga quien caiga. El desnudo de Amina es para ella misma y para sus hermanas, no para los hombres, y por eso es un doble desafío, a la religión del Islam y al dios patriarcal del Dinero.

Reivindicar la propiedad del cuerpo es propio de esclavos, dice Gustavo Bueno, para criticar a las feministas que protestan por el cambio de la ley del Aborto. Y no podemos más que darle la razón: es triste tener que reivindicar la propiedad del cuerpo de una. Me temo que quedan en el mundo muchas esclavas, y que las demás somos libertas. Una mujer denunció por violación a su marido violento, que cuando llegaba borracho a casa la obligaba a mantener relaciones sexuales. Por dos veces la Justicia española ha dado la razón al marido, porque eso no era violación-violación, sino sólo violencia habitual, no excepcional.

En El Salvador, una joven de 22 años con lupus está amenazada de muerte por un parto, pero los tribunales de su país la obligarán a parir igualmente. Ella no es dueña de su cuerpo, está de prestado. La vida del niño debe prevalecer sobre la de la madre, porque para eso estamos las mujeres en el mundo. Cuando el niño nazca, perderá inmediatamente valor a ojos del Estado, como cuando uno se compra un coche y nada más salir del concesionario ya se ha devaluado. Los niños del país donde Beatriz puede morir piden en los semáforos, son víctimas de trata, mueren prematuramente. Ese inmenso amor hacia los niños no nacidos no se prolonga, como sería lógico, hacia los que ya están en este perro mundo. ¿Habremos malinterpretado el sentimiento, y en vez de amor hacia uno, es odio y ganas de controlar a la otra?

A las feministas que no quieren que se cambie la actual ley del Aborto las llaman pro-abortistas: gente que tiene ganas de abortar, y de que las demás aborten. Nada más lejos de la realidad. Se trata de defender la integridad del cuerpo de las mujeres. Hay que erradicar el aborto, como hay que erradicar la pobreza y el analfabetismo. Y eso sólo se hace con educación y anticonceptivos. La receta de la castidad, la cárcel y el castigo social ha sido utilizada durante centenares de años y no le ha hecho ningún favor ni a las mujeres ni a sus hijos, aunque alguien ha debido de sacarle algún rédito, a juzgar por el empeño con el que la siguen defendiendo.

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