Lo de Rajoy no es sexo anal, sino una prueba de amor trasera

Mariano Rajoy huye de los medios y cuida su lenguaje. / Foto: Paco Paredes.

Daniel Mari Ripa / Investigador FICYT en el Departamento de Psicología Social de la Universidad de Oviedo. Mariano Rajoy, basándose en la teoría de los marcos de Lakoff, le echa imaginación y, ante el asombro mundial, usa alternativas a la palabra ‘rescate’, un fantasma que implica recortes sociales, privatizaciones, pérdida de soberanía y caída de los Gobiernos que la han aplicado.

El lingüista George Lakoff es uno de los escasos científicos que algún día pagará por sus pecados delante de un tribunal. Autor del excelente libro No pienses en un elefante, sus investigaciones en el Institute Rockridge pasaron antes al día a día de los asesores políticos de medio mundo que a ningún libro de texto. Su tesis era sencilla: las personas nos guiamos por los marcos mentales que ‘activan’ cada palabra que escuchamos. Una simple palabra, que actúa como una metáfora, está relacionada con experiencias previas que hemos tenido, con normas sociales o con sistemas de valores de nuestra sociedad. Por ejemplo, para muchas parejas, determinadas prácticas sexuales pueden tener una connotación negativa, fruto de una visión tradicional que equipara relaciones sexuales a sexo heterosexual bajo determinadas ‘prácticas’ aceptadas (la visión educativa del ‘padre estricto’ según Lakoff). Así, no es extraño que estas ‘prácticas’ sexuales produzcan rechazo consciente o inconsciente, al ‘activar’ determinados marcos mentales que las relacionen con dolor, humillación, suciedad (esto sucede muchas veces con cualquier acto sexual que se aleje de la ‘norma’). Para Lakoff, todo consistiría en activar otro marco mental alternativo por medio de usar una palabra distinta, asociada con otros valores, como, digamos -dejando volar la imaginación-, “prueba de amor”. Otro ejemplo: al denominar -interesadamente- a los participantes en el 15-M como “perroflautas”, se activa un marco mental existente en una parte de la población que relacionaría esa palabra con ‘vagos’, ‘hippies’, ‘sucios’, ‘gente callejera’ y, en definitiva, ‘personas que no pueden aportar nada a las gentes de bien’.

Esto altera la palabra, pero no la acción política o social de fondo. Creer a Lakoff es poner la comunicación psicológica por encima de la política y sustituir a redactores de programas electorales por asesores de comunicación que enseñen a “comunicar bien la gestión realizada”. Este autor recuerda que antes se pensaba que bastaba con contar la verdad para que la gente se diera cuenta, “pero si la verdad que contamos no encaja en un determinado marco, rebota” (el 65% de las personas vota según su identidad y valores, argumenta).

Las -brillantes- investigaciones de Lakoff, asesor del Partido Demócrata americano, podían haber servido para vincular más la política a los sistemas de valores en la sociedad o para acercarla a la ciudadanía. Sin embargo, como no podría ser de otra forma, sirvieron para encender una ‘bombilla’ en miles de asesores políticos de medio mundo: “No importa las iniciativas políticas que hagamos sino cómo las denominemos para la opinión pública”. Por ejemplo, “desaceleración económica mundial” significaba “estamos en una crisis económica del carajo” para Zapatero en 2008, o “hilillos de petróleo saliendo del Prestige”, para Rajoy en 2002, implicaba la mayor catástrofe ambiental europea desde Chernóbil. La llegada de la crisis permitió una oportunidad idónea para ‘la política del nominalismo’. Los medios de comunicación, dependiendo de su sesgo político y del partido gobernante, utilizaban en sus titulares “planes para afinar el desconcierto autonómico” (La Razón, 15 de abril de 2012), “planes de ajuste” (ABC, 18 de abril), “recortes económicos y sociales” (El País, 17 de abril) o “tijeretazo social” (Público, 10 de abril). Y es que ¿quién se opone a ‘afinar un desconcierto’? ¿Qué clase de persona sin escrúpulos podría negarse a eso? ¿O a ajustar algo desajustado y caótico? Sin embargo, al igual que no nos importaría que nos ‘afinaran’ o ‘ajustaran’ nuestro coche, si lo ‘recortaban’ o ‘tijereteaban’ ya nos parecería menos gracioso. Lo primero supone engrasar y revisar el coche, lo otro que se nos lleven partes del motor del coche que probablemente echemos de menos en el futuro.

Cuando Mariano Rajoy afirma que no nos encontramos ante un ‘rescate’ sino que ha conseguido “hacer fluir la línea de crédito hacia los bancos”, utiliza esta misma técnica. Si el crédito fluye es positivo, los bancos tienen dinero, mantienen a salvo nuestros ahorros y pueden prestar a las empresas, que a su vez contratarían a nuevos trabajadores con los que acabar con el paro y salir de la crisis. Bueno, ¡o no! De hecho, la metáfora del ‘flujo de crédito’ fue una de las victorias políticas de Zapatero en su legislatura, convenciendo a una buena parte de la sociedad que ‘dar’ dinero a los bancos implicaría acabar con el paro a partir del ‘flujo de crédito’. La realidad es que la palabra ‘rescate’ está tan desprestigiada (derrumbó Gobiernos en Portugal, Grecia e Irlanda) y asociada a efectos tan negativos (privatizaciones, recortes sociales, agravamiento de la crisis), que el gallego ha evitado usarla. Medios de comunicación internacionales como Time ya han ironizado con la negativa de Rajoy a usar la palabra ‘rescate’: “You say Tomato, I say Bailout: How Spain agreed to be rescued” (“Tú dices Tomate, yo digo Rescate: Cómo España acordó ser rescatada”).

¿Esto significa que Rajoy ha ganado? No. Ahora se abre una lucha en los medios de comunicación y redes sociales por ‘redenominar’ las palabras del presidente del Gobierno. Mientras que cuando Lakoff publicaba sus primeros trabajos (en 1996 primero y en 2004 el libro antes mencionado) la comunicación estaba aún mediada por los grandes gigantes informativos, los nano-medios de comunicación (los gestionados desde la ciudadanía, como las redes sociales digitales) son ahora el fenómeno masivo, especialmente para los más jóvenes, que permiten hacer exitosas otras visiones de la realidad. Porque lo recordaba Lakoff: no hay que pensar en un elefante. Nunca hay que discutir con el adversario utilizando su lenguaje, porque implica su marco, no el tuyo.

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