Lo que vale un congreso médico con destino exótico

Cuando acudimos al médico y nos receta un medicamento nunca se nos ocurriría preguntarle si el  laboratorio farmacéutico le paga por ello. Ni tampoco al farmacéutico por qué cobra seis veces más por un fármaco que cumple idéntica función que una aspirina convencional. O al investigador que lo avala  si tiene un conflicto de intereses con el laboratorio. Pero el fin último de los laboratorios farmacéuticos  no es investigar, desarrollar y producir medicamentos con fines curativos, sino obtener beneficios,  cuantos más mejor, a costa de la salud de las personas, del sometimiento de los países empobrecidos,  del ‘método del chicle’ a la hora de estirar las patentes… Y todo a cambio de lo que vale el viaje a un  congreso médico con destino exótico. 

Elena Plaza | Periodista. A nadie le extraña ver a la puerta de la consulta a un tipo  trajeado con un maletín. Es el visitador médico, o representante  del laboratorio, una profesión que se ha duplicado en  los últimos quince años. Es el primer contacto que tienen  muchos médicos y farmacéuticos con la industria farmacéutica  (IF). Es un comercial, y no necesariamente médico,  farmacéutico o químico, que en apenas 3 minutos explica  las bondades de sus fármacos, obviando o minimizando los  efectos adversos. Pretende que el profesional sanitario no  solo preste atención, sino que asimile conceptos.

Un minuto  de contacto supone hasta un 16% de influencia en la prescripción, algo de lo que el profesional «no es consciente, o  prefiere no serlo, ya que tiene la confianza en que su conocimiento  no es influenciable, pero sí cree que puede influir  sobre los demás médicos», comenta Carlos Ponte, médico  asturiano y coordinador de la plataforma «No gracias»,  incluida dentro del movimiento internacional «No free lunch.org»  (No a la comida gratis).  Y siempre hay ayudas para que se recuerde un nombre  comercial, que es lo que denuncia este movimiento. Desde  el regalo de un simple bolígrafo o un calendario a otros  incentivos bastante más jugosos como la formación continuada o la asistencia a un congreso en un lugar de nombre  tan exótico como Vietnam, un destino muy de moda  últimamente. Se echa en falta un Vademécum personal  que atienda a criterios de eficiencia, eficacia, seguridad,  confianza y adecuación, como señala el médico asturiano  Benjamín González, así como la independencia. 

El ‘tarugo’

Dícese de aquel médico que acepta los regalos, incluso  monetarios, que la IF le ofrece a cambio de recetar sus medicamentos.  Ya en 2000 el Colegio de Médicos de Asturias  denunció en los medios que se pagaba con viajes transoceánicos  con «la excusa de curiosos congresos sin el menor  contenido científico con el fin en la mayoría de los casos de  agasajar a los médicos para que, en el momento de firmar  una receta, elijan el fármaco del laboratorio promotor»,  narraba su secretario, Ángel García Prieto.  Otro caso más reciente que implica cohecho es el descubierto  en Sada (La Coruña), donde un sanitario recetaba un  número exorbitado de recetas al día. Se abrió una inspección  y se descubrió la trama.

En el vecino Portugal un empleado  del gigante farmacéutico alemán Bayer dio a los periódicos  los nombres de 2.500 médicos a los que, aseguraba, se  les pagaba para que recetasen los fármacos de la compañía.  A pesar de la protección policial, el delator fue apuñalado  dos veces en pocos meses. Esto desencadenó que el propio  ministro de Salud Correia do Campos prohibiera la asistencia  de médicos a congresos en el extranjero.  Otro caso silenciado en los medios (también influenciados  por la IF, tanto los generalistas como las revistas científicas)  fue la trama descubierta por la policía italiana en la que  GlaxoSmithKline sobornó a 4.000 médicos.

La misma firma  que suscribe en España el Código Español de Buenas Prácticas  para la Promoción de los Medicamentos de Farmaindustria, la  patronal que acoge a la mayoría de laboratorios farmacéutico.  Este Código señala que los objetivos científicos deben  ser el foco principal en la organización de congresos médicos,  en los que las reuniones deben suponer un 60% de la  jornada laboral. También indica que no deben celebrarse  en parajes turísticos y que los actos de hospitalidad no se  prolonguen más allá de las jornadas anterior o posterior al  encuentro. La IF tampoco podrá ofrecer dinero en metálico  ni regalos que superen los 30 euros. En este punto, contradice  a la Ley del Medicamento. De hecho, la Ley de Garantías  y Uso Racional de los Medicamentos y Productos Sanitarios  prohíbe «el ofrecimiento directo e indirecto de cualquier  tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos, primas u obsequios  » de los laboratorios a los médicos y farmacéuticos.  Ejercer esta acción o aceptar el cohecho está sancionado con  multas de 30.001 a 90.000 euros. 

En 2004 Farmaindustria creó la Unidad de Supervisión  del Código Deontológico, a la que los laboratorios adscritos  tienen la obligación de notificar la celebración de actos,  que deben ajustarse a tres criterios: que una farmacéutica  adscrita a Farmaindustria sea el principal organizador o  patrocinador, que el acto involucre al menos a 20 profesionales  sanitarios con residencia en España y que implique  como mínimo una noche de hotel. Las sanciones pueden  llegar a los 360. 607 euros. En las seis primeras semanas  de su creación se notificaron 399 congresos y se efectuaron  201 acciones preventivas, llegando a proponerse la suspensión  del evento.

 Para Carlos Ponte, esta es una situación cómoda para las  autoridades. «Ellos lo conocen de sobra, pero nunca les he  visto actuar porque así no asumen los gastos de la formación  continuada de los profesionales sanitarios, sino que lo hacen  terceros, es decir, la IF. La formación está así externalizada».  A raíz de estas restricciones se ha detectado cierta moderación en los regalos, pero también cambios en las tácticas a  la hora de ofrecer estos incentivos, mientras que las últimas  estrategias de marketing de la IF, en el que invierten  entre un 30 y un 35% de su presupuesto frente al 14% de  las cosméticas, van dirigidas a los gestores y a los pacientes. 

En esta línea la IF cada vez tiene un mayor interés en informar  directamente a la población, como ocurre en EE UU o  Nueva Zelanda, donde la publicidad de medicamentos sin  receta está permitida, algo que se debatirá en noviembre en  la Unión Europea.  Pero no solo los médicos sacan tajada, también lo hacen las  farmacias con prácticas como la denominada «ventas colocadas  », donde se regala una parte de lo comprado si llega a una  cantidad. Para ello se eligen las más cercanas a los centros de  salud o aquellas con mayor volumen de ventas. 

Los tentáculos de los visitadores a la hora de saber si el  médico al que se le pagó un viaje recetó su medicamento  llegan aún más allá, aunque se supone que la información  es confidencial. Una información que es gestionada por la  Dirección General de Farmacia y Productos Sanitarios, una  vez procesadas las recetas. Es el último paso de una cadena  que comienza en las farmacias, continúa en los colegios  oficiales de farmacéuticos y llega finalmente a cada consejería.  Aquí no se recoge ni la identidad del médico ni la  del paciente, pero es posible conseguir esos datos con una  buena relación con el farmacéutico, que puede dejar que el  visitador vea las recetas, algo totalmente ilegal que permite  diseñar estrategias personalizadas. 

  Conseguir la ‘pole position’ 

  En la actualidad se investiga el 10% de lo que necesita el  90% de la población mundial y el 90% de lo que necesita  el 10% de esa población, que precisamente es la que puede  pagar, como señala Ponte. Y cada vez se investiga «menos  en medicamentos innovadores y más en medicamentos  denominados me too (yo también) por su similitud con los  que ya existen, que no aportan nada nuevo, que se presentan  con gran bombo comercial y que son más caros, para  mantener la patente», añade.  Y el catedrático en Farmacología de la Universidad  Autónoma de Barcelona Joan Ramón Laporte suelta esta  otra «píldora»: «se dice que un medicamento es eficaz  cuando solo es superior a un placebo  en algún aspecto, que es lo que exige  la Unión Europea para aprobar un  nuevo fármaco. Los nuevos fármacos  no son comparados con los anteriormente  disponibles, sin mencionar los  fraudes en la investigación. La consecuencia  es que los nuevos no son en  realidad superiores a los anteriores y  en general son menos seguros». Es  más, el 70% de los medicamentos  aprobados en 2001 «no aportan nada  nuevo».

 También abundan los fraudes,  como el del anestesista Scott Reuben,  un prolífico investigador que inventó  muchos de los datos en los que se  sustentaban sus investigaciones. El  gigante Pfizer respaldó buena parte  de su trabajo entre 2002 y 2007. Era  Reuben uno de los científicos que  avalaban al Vioxx de Merck, un antiinflamatorio  retirado del mercado en  2004 por provocar numerosas muertes  por accidentes cardiovasculares.  Y es que llegamos a un punto en el  que «los medicamentos no son para  curar, sino para vender a base de prevenir  e intervenir en los factores de riesgo  », asevera Ponte, a lo que González  añade que «somos las víctimas de la  medicalización, donde se olvida que  todo lo que nace muere y se eleva a  la categoría de enfermedad aspectos  sociales, circunstancias de la vida, fases  normales del ciclo reproductivo y vital  de la mujer, factores de riesgo, etc.

  EL GRAN FARMA 

 El gran perjudicado  en todo este juego  es el Tercer Mundo,  donde se encuentra  el 90% de la población  mundial, aquejado  de graves enfermedades  como el  VIH/Sida o la malaria,  sobre las que  cada vez se investiga  menos, se les  cobra más y encima  se les amenaza con  sanciones comerciales  si desarrollan  fármacos de los  considerados genéricos,  más baratos  y que suponen una  competencia para  los grandes de la IF  como Pfizer, Merck,  GlaxoSmithKline o  Eli Lilly. De hecho 35  millones de personas  seropositivas  viven en el Tercer  Mundo, el 80% en el  África subsahariana. 

El Gran Farma,  como denomina a  esta industria John  le Carré, critica los  genéricos diciendo  que no son seguros  o que se administran  de forma  descuidada, cuando  no es así, como  tampoco lo es que el  Gran Farma inventara  estos fármacos,  sino que la mayoría  vio la luz a través de  proyectos de investigación  norteamericanos  financiados  con fondos públicos.  Después se cedieron  a los laboratorios  los derechos para la  comercialización.  En El jardinero fiel Le Carré denuncia este  tipo de amenazas,  además del reclutamiento  de voluntarios  en los países pobres  para los ensayos  clínicos. Para la IF es  habitual librarse de  medicamentos inadecuados  o pasados de  fecha mediante donaciones  caritativas,  con las que obtienen  beneficios fiscales,  o ampliar las especificaciones  de los  medicamentos para  tener más mercado  en estos países  a un precio superior  que en Occidente.  También se patenta  todo lo patentable  para cortar el camino  a los genéricos,  sin olvidar la compra  de la opinión médica  y el apoyo económico  a los candidatos  a la Presidencia de  EE UU, donde donó  el doble de millones  de dólares para la  campaña de George  W. Bush que para los  demócratas. 

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