Los revolucionarios volaron la Catedral, pero no la Universidad

La Universidad de Oviedo en llamas durante los sucesos revolucionarios de octubre de 1934. Foto / Muséu del Pueblu d’Asturies.

La Universidad de Oviedo en llamas durante los sucesos revolucionarios de octubre de 1934. Foto / Muséu del Pueblu d’Asturies.

Los dos episodios más controvertidos de la Revolución de 1934, la destrucción de la Cámara Santa de la Catedral y la de la Universidad, fueron el argumento básico del PP para oponerse a la ruta histórica sobre la Comuna Asturiana que el Ayuntamiento de Oviedo incluyó en la pasada “Noche Blanca”. El primero es responsabilidad de los revolucionarios, pero no el segundo, según explica en este artículo el historiador David Ruiz, experto en el movimiento obrero, sobre el que ha publicado varios artículos y dos libros.

Sin Palacio de Invierno que asaltar para cambiar el mundo como diecisiete años antes creyó hacerlo el Soviet de la ciudad de Petrogrado en la Rusia zarista, las organizaciones obreras españolas que se levantaron en octubre de 1934 contra el régimen democrático proclamado tres años antes convertirán a Oviedo en la capital de la última revolución obrera registrada en Occidente hasta nuestros días.

Fueron múltiples las diferencias entre la revolución rusa y la asturiana, pero merece ser señalado que los Diez días que estremecieron al mundo, vividos en directo en Petrogrado por el periodista norteamericano John Reed, tuvieran su réplica en los Pequeños anales de 15 días. Asturias Octubre de 1934, también intensamente vividos en Oviedo por Aurelio del Llano –un facultativo de minas aplicado en su tiempo libre al estudio del folklore regional– que armado de prismáticos se convirtió en testigo excepcional de los sucesos ocurridos en la ciudad entre el 5 y el 20 de octubre, desde la terraza de su domicilio situado en el tramo más elevado de la calle Cervantes.

Como tras el fracaso de la insurrección armada algunos adalides de la experiencia asturiana la compararon con la de la Comuna de París de 1871, subrayando su comienzo glorioso e idéntico final sangriento, viene al caso enfatizar, efectivamente, la triunfal entrada en la ciudad de Oviedo (que entonces estaba a punto de alcanzar los 80.000 habitantes, siendo más administrativa, comercial y popular que burguesa) de las columnas de mineros encabezadas por dinamiteros cantando y explosionando cartuchos al aire. Motivos tenían, ya que tiempo antes no solo habían logrado la rendición de casi todos los cuarteles de la Guardia Civil existentes en las cuencas. También habían hecho retroceder antes de la llegada a la capital, en el Alto de la Manzaneda, a un grupo de fuerzas gubernamentales que salieron a su encuentro para impedirles la entrada a Oviedo. Una singular batalla que les afianzaría su moral de victoria.

Sin embargo, como también les sucedió a los comunards parisinos de 1871, pecarían de optimistas los insurrectos asturianos de 1934 que creyeron cambiar el mundo “en horas venticuatro”. Controlar la capital de la provincia se les revelaría imposible tras la primera semana de combate en la que dispusieron no solo de ilimitadas cantidades de dinamita, sino también  de cañones procedentes de la fábrica de Trubia, controlada por los trabajadores liderados por el comunista Juan José Manso. A ese material hay que sumar un elevado número de fusiles y de ametralladoras de la fábrica de La Vega, situada en la propia ciudad. El principal problema que se les planteó a los revolucionarios fue la escasez de municiones.

La ofensiva militar sobre la capital contaría además con inesperadas ventajas para los sublevados: ni la Guardia Civil ni el Regimiento de Infantería que albergaba un millar de soldados en el cuartel de Pelayo, ambos situados en la periferia norte, se enfrentaron a los invasores. Los primeros por la escasez de efectivos y por la obligación de proteger las viviendas de familiares próximas y los segundos por el temor de alguno de sus mandos a que los soldados que prestaban el servicio militar obligatorio simpatizaran con los sublevados. En cambio a la Guardia de Asalto, el reciente cuerpo de seguridad y defensa de la República, creado en 1932, la revolución obrera asturiana le servirá para en cierto modo anticipar la capacitación profesional y determinación política que en julio de 1936 mostrarán ante la sublevación de militares y fascistas encabezada por el general Francisco Franco.

Así quedó la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo después de la revolución. Foto / L. Roisin (Muséu del Pueblu d’Asturies).

Así quedó la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo después de la revolución. Foto / L. Roisin (Muséu del Pueblu d’Asturies).

Cámara Santa y Universidad

Acuartelados en el desamortizado convento de Santa Clara, situado en pleno centro de la ciudad, un reducido grupo de guardias de asalto armados hasta los dientes lograrán penetrar en el interior de la Catedral, rompiendo verjas y una puerta, y ascender a la torre. Desde allí dispararán con tal precisión sobre todo lo que se movía en el entorno que obligarán a los sublevados  a reaccionar y cometer uno de los mayores errores con que cargará el movimiento insurreccional en el que se implicaron: nada menos que la voladura con dinamita en la mañana del 11 de octubre de la Cámara Santa, una de las mayores joyas arquitectónicas del medioevo hispánico, adosada al edificio catedralicio.

La decisión fue adoptada tras renunciar a buscar otra alternativa para neutralizar a los selectos tiradores de asalto sin que peligraran “las filigranas góticas”, asunto que al parecer se trató en la alta dirección del Comité Revolucionario presidido por Ramón González Peña, dirigente de la UGT y del PSOE. El resultado no sería otro que la destrucción casi al completo del lugar que albergaba los símbolos históricos de Asturias y de la capital, veneradas reliquias medievales. Considerado como un acto de barbarie, el atentado supuso un gran descrédito para los revolucionarios y para la clase obrera asturiana.

En cambio sobre el incendio el día 13 de la Universidad de Oviedo, que causó la destrucción de decenas de miles de libros, la pinacoteca y el propio edificio, del que solo quedaron en pie los muros, la arquería del claustro y el monumento a Valdés Salas, Inquisidor General que fundó la Universidad en el siglo XVI, a día de hoy ya no hay plena constancia de que el trágico episodio tenga la firma de los revolucionarios que combatieron en la capital. Así lo prueban una serie de testimonios fiables, como el del escritor republicano José Rodríguez en un libro publicado con el seudónimo de José Canel, Octubre rojo en Asturias, 1934, en el que reseña el respeto al histórico edificio que solicitaba a los revolucionarios Ramón González Peña.

Más esclarecedoras son otras pistas sobre lo ocurrido que apuntan hacia los cielos de la ciudad. Una anotación sobre los bombardeos en la zona cercana a la Universidad por aviones del Gobierno procedentes del aeródromo de León del general López Ochoa en su libro Campaña militar en Asturias en octubre de 1934 y testimonios de Aurelio del Llano y del sacristán de la cercana iglesia de San Isidoro, en este caso al cronista local Ernesto Conde, excluyen de toda responsabilidad a los insurrectos, además de la constatación de la existencia de cadáveres de revolucionarios en los escombros del interior del edificio, dato éste anotado por Juan José Manso en su “Informe” a la dirección del partido que se encuentra en el Archivo del PCE.

Se trata de informaciones que han llevado al historiador Javier Rodríguez Muñoz a trazar un pormenorizado relato del suceso en el que afirma que “no es descabellado suponer que una de las bombas lanzadas sobre la plaza del Ayuntamiento se hubiera desviado de su objetivo y caído a apenas cien metros de la plaza, en el ángulo sureste del edificio de la Universidad… comenzando el incendio que se extendió al resto del edificio” (La revolución de 1934, en La Nueva España, Oviedo, 2010).

Cierto fue que la voladura de la Cámara Santa y el incendio de la Universidad causaron consternación dentro y fuera de Asturias por su enorme carga simbólica. Sin embargo tampoco fueron las únicas: antes y después de ellas otros edificios singulares y manzanas de casas del centro de la ciudad sufrieron múltiples destrozos causados por los incendios, aunque no todos provocados por los sublevados. La sede del diario socialista Avance y el Teatro Campoamor fueron destrucciones provocadas por los guardias de asalto para evitar que los insurrectos lanzaran bombas incendiarias al cuartel de Santa Clara.

Otro de los episodios más aterradores fue provocado por los sublevados al iniciar la desbandada de la ciudad, cuando las fuerzas del Gobierno les pisaban los talones. Se trata de la voladura del Instituto de Segunda Enseñanza con la dinamita almacenada y decenas de prisioneros dentro que, afortunadamente, pudieron escapar minutos antes de las explosiones registradas. La última explosión sería de tal magnitud que, según refiere Aurelio del Llano, un trozo de hormigón del Instituto que se encontraba situado al comienzo del tramo final de la calle Santa Susana cayó en la de Cervantes –concretamente en su domicilio y en la cama de su hija– cuando él se encontraba en la terraza de la casa observando con prismáticos lo que sucedía.

En fin, las destrucciones fueron tales que una vez concluidos los enfrentamientos desde León y otras localidades llegarían excursionistas hasta la capital asturiana para contemplar el Oviedo en ruinas. No fueron menores las víctimas humanas. Según la también muy fiable estimación que dio Aurelio del Llano, fueron un total de 2.391, civiles en su inmensa mayoría, de las que 942 fueron mortales y 1.449 heridos. Según la misma fuente en toda España las víctimas del octubre revolucionario del 34 fueron 4.338 (1.337 muertos, 2.954 heridos y 7 desaparecidos), por lo que más de la mitad de los heridos y más de dos tercios de los muertos, el 55,1% y el 70,4% respectivamente, correspondieron a Oviedo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 41, NOVIEMBRE DE 2015

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