Los urinarios del periodismo

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Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

Recientemente, durante un pleno, estaba en los baños de la Junta General completamente solo, pegado a un urinario, en esa escena tan cotidiana que no es necesario detallar, cuando me sacó del ensimismamiento placentero un pequeño golpe en mi codo de la puerta que se abría, dando paso al presidente Javier Fernández. Volví la cara, que se cruzó con la del presidente, saludé y no obtuve respuesta.

El presidente buscó el urinario más alejado del mío y durante unos segundos, que parecieron eternos, reinó en aquel baño institucional una tensión ridícula y un silencio embarazoso. Aquella cómica escena de dos adultos en la misma posición, con las manos ocupadas en idéntica tarea, pero sin dirigirse la palabra, aunque se cruzan muchas habitualmente en el trabajo, acabó con la llegada oportuna de otro periodista, que se puso a conversar con el presidente.

Ya estoy acostumbrado a esos comportamientos del presidente, e incluso a alguno más llamativo, pero ni lo tengo en cuenta ni me resulta ofensivo, sino halagador. Algo malo está haciendo un periodista si se convierte en una persona de confianza de un político, y sobre todo de un gobernante. Somos aguafiestas, no cortesanos. Nuestra misión es husmear, hacer público lo que se pretende ocultar, molestar a los poderosos. Informar sobre el poder y ejercer el contrapoder. Mojarse en todos los charcos.

Quiero pensar que en el universo mediático, como en el político, hay un mundo que se resiste a morir y otro que no acaba de despegar. Hay tanta desafección al periodismo como a la política, como se vio en el incidente de la Universidad Complutense, cuando los periodistas se retiraron entre abucheos mientras la gente jaleaba a Pablo Iglesias, que había faltado gravemente al respeto a un compañero de El Mundo. A Pablo Iglesias, que nunca controla esos excesos por los que acaba disculpándose, no le faltaba razón en su análisis sobre los medios, pero la perdió descalificando públicamente a un profesional.

En España hay excelentes periodistas: yo admiro a muchos compañeros y soy discípulo de alguno. Pero también demasiados medios sometidos a los poderes económicos y políticos, a los que no les interesan los buenos profesionales independientes, sino amanuenses que apunten con su pluma en la dirección precisa. Y la primera barrera de independencia que debemos alzar los periodistas es con los mismos medios que nos pagan.

Ya sé que esto puede parecer hasta una provocación para los jóvenes periodistas explotados, condenados a trabajar a destajo por salarios de miseria, ahogados por la precariedad si tienen la suerte de encontrar un empleo, padeciendo la locura plurifuncional que llaman revolución tecnológica, redactando, grabando, montando y conduciendo el coche a la vez. Tampoco podemos olvidar que a esta degradación se llegó por el silencio y la resignación de varias generaciones. La sociedad no puede pedir calidad en las informaciones y credibilidad a sus autores cuando trabajan en esas condiciones.

Pero también hay muy buenas noticias para el periodismo en estos tiempos de cambios donde la regeneración democrática exige nuevos medios y más valentía para afrontar las informaciones. Y están surgiendo, y no solo en Internet, donde se refugian tantos lectores para los que los medios tradicionales han perdido la credibilidad. Son gratificantes los éxitos de ese nuevo periodismo, que no es más que volver a las esencias del viejo con la ayuda de las nuevas tecnologías, en medios de todo tipo, también en papel. O el de La Sexta por apostar por debates críticos o por programas de referencia, como “Salvados” de Jordi Évole.

Este nuevo periodismo es una ola global, como demuestran las revelaciones de los Papeles de Panamá, que parece el título de una novela de John le Carré, y podría serlo, porque es la fascinante historia de unos pacientes profesionales que han logrado sacar a la luz las fortunas ocultas de algunas de las personas más poderosas del mundo.

Los periodistas nunca somos noticia, pero por esos papeles lo han sido Juan Luis Cebrián y Lalo Azcona, dos magníficos ejemplos de la degradación de la profesión periodística, un proceso imparable en los últimos años, los mismos en los que estos dos exinformadores se hacían millonarios tras convertirse en directivos de multinacionales.

Cebrián amenaza con denuncias judiciales a eldiario.es, El Confidencial y La Sexta por aludir a ello y publicar reportajes de investigación en los que es protagonista. Ya no se acuerda de que un periodista es un tipo incómodo que mea en silencio en el urinario más alejado del presidente.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 44, MAYO DE 2016

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