Lucia d’Ambra, la nómada del teatro

Jole Maria Fano pasó a llamarse Lucia d’Ambra para cubrir su propio mito.

EXCÉNTRICOS, RARAS Y OLVIDADOS

Natalia Fernández Díaz-Cabal / Lingüista y traductora.

Es posible que el primer recuerdo traumático de Lucia, cuando apenas contaba dos años, sea únicamente auditivo: acababa de quedarse ciega y su padre fallecía en el terremoto de Messina al caerle encima un dintel. Era el año 1906. Un carruaje lo llevó de vuelta a la península itálica con la columna vertebral partida. El trote de los caballos, que Lucia creyó escuchar durante años, terminó por quebrarle la espalda. Su padre murió mientras era transportado a un hospital.

Lucia nació con el nombre de Jole Maria Fano en 1904 en Milán, aunque su infancia transcurre íntegramente en Génova. Su padre era hijo del rabino de Padua y retó al destino al casarse con una cristiana devota -en el mismo día de su boda lo bautizaron, le dieron la comunión y lo confirmaron-. Tuvieron cinco hijos. Cuando la madre de Lucia enviuda se vio obligada a trabajar duramente. Y por medio de una recomendación llega a Uruguay. Decidió llevarse a su hija Jole. Para entonces era una niña vivaz de unos diez años y ya había recuperado la vista. De manera tan inexplicable como la había perdido.

Los dos años de Uruguay la convierten en una adolescente bilingüe segura de sí misma. Muy pronto se pone a dar clases de español en su Génova natal, pero descubre que la docencia no es lo suyo. Tiene un espíritu demasiado inquieto como para atarlo a una silla. Quería ser actriz. Quería dirigir teatro. Así que, veinteañera, se enrola en la compañía del director genovés Gilberto Govi en una de sus giras por América. Llegaron a la burbujeante Buenos Aires de los años veinte. El arte y la cultura bullían por aquellas calles bien iluminadas, generosas y políglotas. Una Jole fascinada por aquel universo insomne decide separarse de su compañía teatral para montarse por su cuenta.

Empieza un periodo frenético, que incluye una alianza con el matrimonio Quaranta y Campogalliani, conocidos luego en el ámbito del cine mudo, y una febril correspondencia con autores como el premio nobel Luigi Pirandello (de quien años más tarde estrena la obra La vida que te di). La estancia en Argentina, que se suponía de la duración de una gira, se acaba convirtiendo en ocho años de éxitos en los mejores teatros del país.

En Chile con Lorca y Xirgu

Es entonces cuando surge la oportunidad de recorrer las Américas, empezando en Chile y terminando en México. Y después volver a su amada y añorada Génova. Su compañía se dispone a llegar a Chile por tierra, atravesando los Andes. Entonces ocurre algo que solo es posible en los cuentos de Allan Poe, de Kafka o del propio Borges: un alud de nieve cae sobre el camión que transportaba el atrezzo. Ella y el conductor se salvan, porque van en el vehículo que encabeza el convoy. Pero se quedan incomunicados en Mendoza, sin saber de la suerte de los compañeros. Llega a Chile sin nada: sin noticias y sin pertenencias. Solo dos meses después logra saber que sus compañeros se han salvado, pero que materialmente lo ha perdido todo. Estamos a mediados de los años treinta.

El empresario que la contrata en Chile, director a la sazón del teatro municipal de Santiago, judío polaco y errante, de pasado opaco y desconcertante, se convierte en su marido y padre de sus dos únicos hijos: Carlos y Máximo. En Chile empieza una nueva etapa. El presidente de la república le hace una concesión hasta entonces insólita: que dirija una radio… siendo mujer y siendo extranjera. Al final, se traslada a Valparaíso, se hace cargo de la Radio Caupolicán y triunfa con su “Hora italiana”. También con sus programas de ópera o de radio-teatro. Para entonces ya está separada del marido y se ocupa en exclusiva de la educación de los hijos. Gracias a ella Federico García Lorca aterriza en Chile. Y no solo García Lorca, sino la propia Margarita Xirgu, que lo interpretaba. Lucia y ella fueron muy amigas. Tanto que Margarita fue la madrina de su hijo Máximo.

Es guionista, locutora, traductora… Encerrada en una habitación robando horas al sueño y entre volutas de nicotina va convirtiendo una emisora en quiebra en una auténtica leyenda de la radiofonía. Y todo ello dejando por el camino, de paso, un par de infartos que casi le cuestan la vida.

A esas alturas había dejado de llamarse Jole, para pasar a llamarse Lucia d’Ambra, la piel nominal que elige para cubrir su propio mito. No está claro si en su determinación influyó un homenaje silencioso al director de cine Lucio d’Ambra o una discreta devoción hacia Santa Lucía, patrona de los invidentes. O las dos cosas.

Regreso a Italia

Tras unos años de soledad vuelve a contraer nupcias. Nada menos que con un teólogo a quien el papa Pío XII había enviado a Chile, desde el mismísimo Vaticano, a indagar en los desmanes de la Iglesia católica en aquel país. Una vez descubierto en su papel de espía, se pasó a la vida civil y se dedicó a dar clases privadas de latín y griego.

En 1969 consigue volver a Italia después de más de cuarenta años de ausencia. Fue emocionante y raro reunirse con esos extraños envejecidos que eran sus propios hermanos. Y esa sensación de ser extranjera. Hija de nadie. Provista de alas sutiles y mutilada de raíces. Y con la emoción de ese viaje de reencuentros y desencuentros regresa a Chile. Para entonces ya no tiene la emisora. Gran parte del sueño americano se ha esfumado. Además, las desgracias se empiezan a acumular y a pesar. En 1970 fallece su primogénito, en un accidente laboral. Apenas medio año más tarde lo hace su propio esposo (el primero ya había fallecido diez años antes, habiendo procurado no dejar ninguna huella de su vida ni de su identidad: hizo destruir toda documentación que probase su paso por el mundo). Y su hijo pequeño se marchaba a Estados Unidos.

Con no poca pena deja Chile para seguir a su hijo hasta Washington. Un tiempo que ella pasó prácticamente hospitalizada, con todo lo que implicaba de merma económica. Al final, un médico compasivo les sugirió que era mejor que la trataran en Chile, adonde la traslada un avión medicalizado. Pasa mes y medio ingresada en un hospital santiaguino, hasta que recibe el alta. Y cuando está a punto de regresar a los Estados Unidos, una neumonía oportunista fue a cebarse con su organismo debilitado. Ya no saldría del coma. Cuentan los testigos que, al llegar su hijo al lecho de muerte, empezaron a caerle lágrimas y falleció.

Sus restos descansan en el cementerio de Valparaíso. Un viento de abandono ha ido haciendo mella en las flores marchitas de la tumba y en el olvido del mito.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 51, JULIO DE 2017

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