Lucía Naveros: La jauría humana y otros experimentos

Lucía NaverosEn 1920 el psicólogo conductista John B. Watson hizo un experimento con el hijo de su criada, el pequeño Albert. Siendo un niño de un año especialmente pancho, le sometió a fuertes sonidos cada vez que le acercaba un animal, para ver si condicionaba una reacción de temor. Consiguió atemorizar al tranquilo niño no solo ante los animales, sino ante cualquier cosa que se les pareciese. Este experimento ha quedado en los anales de la psicología como una prueba especialmente cruel y falta de ética, similar a las del cirujano norteamericano J. Marion Sims, que en 1850 desarrolló un tipo de cirugía ginecológica operando una y otra vez, pese a que estaba sana, a su esclava negra Anarcha. Era un tiempo, aquel sombrío siglo XIX, en el que empezamos a convertirnos en lo que hoy somos, abandonando los días sin horas de la vida rural para someternos a la tiranía del reloj. De esa época llegan otros testimonios inquietantes sobre la naturaleza humana. Está, por ejemplo, la leyenda del hombre que ríe: el niño robado al que un hombre sin escrúpulos le corta las mejillas para que exhiba eternamente una alucinante sonrisa, y lo pasea por las ferias, como un fenómeno que atrae por su horror y su desgracia.

Las sombras de nuestras casas ya no se mueven: la luz eléctrica las ha dejado inmóviles en los rincones. Parece que la vida urbana, en technicolor, está muy lejos del mundo oscuro que retrataron Poe o Stevenson. Ya no tenemos al hombre que ríe, pero si anduviera por el mundo, ¿carecería de público?

Estas lúgubres historias del hombre que ríe, el pequeño Albert y la pobre y torturada Anarcha me vienen a la memoria a cuento del grotesco espectáculo ofrecido por Tele 5 con la escritora Lucía Etxebarría. Desconectada desde hace años de esa horrorosa cadena de televisión, me enteré de la historia por una brevísima noticia tirada en una esquina de un periódico. Decía que Etxebarría, llorando y haciendo aspavientos, quizá cargada con una colchoneta, no lo sé, intentaba huir de una especie de campamento montado por un programa de televisión, espantada por el trato que recibía de sus compañeros. La noticia me produjo un cortocircuito neuronal, como si polos opuestos que nunca deben juntarse aparecieran de pronto mezclados. Pensé en el horror que puede habitar en algunos campamentos de la infancia, cuando un grupo de niños se ensaña con el que es diferente. Dicen los psicólogos que los daños recibidos en el patio del colegio son duraderos, heridas cuya resolución forjará el carácter adulto. Pero los niños son duros y resistentes, capaces de buscar salidas a la presión del patio de la escuela. Dudo que los adultos hayamos conservado esa capacidad de regeneración.

Así que reconstruí la historia de Lucía y el monstruoso remedo de campamento, leyendo las dispersas informaciones que iban apareciendo en los periódicos. Parece que la escritora tenía un pufo con Hacienda, y que la asistencia al campamento se traducía en una fuerte suma de dinero, que esperaba ganar con poco esfuerzo. Parece que la productora tenía entre sus filas a personas con un olfato especialmente sensible para la podredumbre, que insistieron y lograron comprar la intimidad de Lucía, seguros de que la tía iba a dar juego. Parece que el experimento se completaba con gente salida de distintos lugares del basurero televisivo, incluyendo a la ex concejala famosa por haber sido grabada en actitud erótica por un amante. La historia consistía en juntar a todo ese heterogéneo plantel, sembrar la cizaña entre ellos, azuzar su codicia y observar por un agujerín cómo se van degradando, comentándolo con detalle y crueldad desde un plató de televisión.

El grupo, la jauría, tiene enorme fuerza frente al individuo. A Etxebarría se le puede echar en cara que crea que el dinero sale de los árboles: el dinero cuesta esfuerzo, y la cultura del que sostiene que está por ahí y solo hace falta cogerlo se parece a la que cultivan los políticos del PP que han estado desfilando delante del juez Ruz. Ella se ha encontrado con la peor cara del patio del colegio, pervertido hasta el extremo por la codicia adulta. Y todos los demás hemos podido constatar que seguimos, al menos simbólicamente, en los tiempos terribles en los que las muchedumbres se apiñaban en las plazas para contemplar cómo se ajusticiaba a un preso.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 28, SEPTIEMBRE DE 2013

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