Maestros sastres, artesanos en la encrucijada

Maestro sastre Aurelio Campal

El maestro Aurelio Campal pegando botones en el interior de la cinturilla para las lanzaderas de los tirantes. Foto / Álex Zapico.

Tristemente visionarios, muchos sastres intuyeron la progresiva desaparición de su oficio en los años setenta del pasado siglo, cuando aparecieron en España los pantalones vaqueros. En Asturias eran entonces centenares. Ahora no llegan a media docena, aunque su prestigio hace dudar de la muerte de la profesión.

Michel Suárez / Historiador.

Como en toda época de profundas transformaciones tecnológicas, la actual fascinación por las conquistas del ingenio humano ha ocultado una cara poco amable del progreso. Los incontestables triunfos de la razón no solo han operado cambios decisivos en las formas de producción, sino también en las comunicaciones y en las costumbres, en los modos de vida y en las percepciones del mundo.

A pesar de que ningún aspecto de la existencia se ha visto libre del incremento de la aceleración y la fluidez propios de la vida moderna, ha sido tal vez en el dominio de los oficios donde estos cambios han hecho mella de una forma más profunda. No se trata de un fenómeno nuevo; en realidad, la crisis del trabajo artesanal constituye una de las consecuencias más relevantes de la Modernidad. Sin embargo, los asombrosos avances producidos en el campo de los transportes, las comunicaciones y la informática han vuelto a sacudir con fuerza el árbol de los oficios. Excepto en rubros tradicionalmente exclusivos, como la peletería, la joyería o la relojería, el curso de la globalización ha polarizado el ámbito artesanal, confinando buena parte de su actividad entre los límites del comercio de lujo y los pasatiempos de aficionados entusiastas.

En el caso del sector textil, la irrupción de las grandes corporaciones ha creado un escenario inquietante para la supervivencia de los maestros sastres artesanos. Y era de esperar: la naturaleza de un taller artesano tiene poco que ver con un modelo de negocio basado en el uso masivo de robots, la supresión de stocks y la externalización de la producción. De forma casi imperceptible, en las últimas décadas hemos asistido a la práctica desaparición de las sastrerías en los pueblos y los barrios populares de las ciudades. Antaño integrantes de un abigarrado paisaje comercial, los sastres han perdido protagonismo frente a una avalancha de ropa industrial para todos los gustos y bolsillos. “En la década de los setenta”, declara Pedro Solís, de Pañerías Aramo, un comercio de Oviedo que ha vinculado su suerte a la de los sastres, “había en Asturias entre trescientos y cuatrocientos maestros en activo; hoy, apenas restan cinco”.

maestro sastre plácido iglesias

Plácido Iglesias, hijo, marcando la tela con el jaboncillo. Foto / Álex Zapico.

“La llegada de la confección industrial supuso un duro golpe para los sastres de los pueblos”, admiten con melancolía los hermanos Aurelio e Ignacio Campal, dos maestros sastres con 57 años de carrera a sus espaldas, en su taller de la localidad asturiana de Nava. “Resultó imposible competir con ropa barata y de diseño atractivo que carecía de las virtudes de los productos de sastrería, pero permitía adquirir un mayor número de prendas y substituirlas por otras en plazos cada vez más cortos”.

Confrontados a los gigantes del textil y ante la carestía de aprendices vocacionales, un buen número de sastres han echado el cierre sin haber podido transmitir el secreto de su oficio. No es, por cierto, el caso de los Hermanos Campal; desde hace casi cinco años, el hijo de Ignacio, José Ignacio Campal, se aplica en el aprendizaje de las destrezas propias de la sastrería. “Hubiésemos preferido que se dedicase a otra cosa; con toda seguridad, tendrá que enfrentarse a un panorama profesional muy diferente del que nosotros conocimos cuando comenzamos. En todo caso, lo primordial es que aprenda el oficio a fondo y se convierta en un buen sastre. Esa será su mejor garantía para los inciertos tiempos que se avecinan”. Pero el caso de José Ignacio es la excepción que confirma la regla.

Pocos, pero consagrados

Interrumpido el flujo de renovación, la escasez de maestros ha ejercido una presión sobre los precios que ha seleccionado de forma natural el público de las sastrerías. En este contexto, un puñado de sastres consagrados ha logrado preservar e incluso ampliar una clientela pudiente. “Nosotros no competimos con la confección industrial. Nuestros clientes procuran prendas exclusivas y de calidad que solo un sastre puede elaborar”, observa Plácido Iglesias, un joven maestro a cargo de la prestigiosa sastrería Plácido en Oviedo, abierta por su padre hace casi cuarenta años. “En realidad, hay un abismo entre lo que ambos ofrecemos”, afirma Plácido, mientras su padre asiente y agrega: “Quien sabe reconocer el trabajo y el esmero que encierran una chaqueta o un pantalón salidos de un taller artesano no suele equivocarse a la hora de decidir. Sabe que son dos productos completamente diferentes”.

Más allá de las diferencias de prestigio y clientela existentes entre los sastres en activo, lo que resulta incuestionable es la merma de efectivos en el sector. Asociados a la presión de las corporaciones, los vaivenes de la moda y los fenómenos de cambio cultural, existen algunos elementos que han influido en este declive. En primer lugar, la vasta gama de prendas y diseños puestos al alcance de un público de masas ha modificado sensiblemente el perfil del comprador. La “moda rápida” ha estimulado un consumo que privilegia la cantidad y la rotación frente a la calidad y la selección. Este proceso, que tuvo su origen en la década de 1970, quebró una tradición a través de la cual los padres transmitían a sus hijos los códigos de vestimenta que habían recibido de sus mayores. Por primera vez, lo joven marcaba la pauta y eran los padres quienes imitaban el estilo desenfadado de los hijos.

Tomando una aguja del acerico. Foto / Álex Zapico.

En segundo lugar, la comodidad se convirtió en una exigencia que orientó las decisiones de los consumidores. Nada ilustra mejor su importancia que la radicalidad con la que los multimillonarios inquilinos de Silicon Valley han impuesto el dress-down-code. Indiferentes a la carga simbólica de las ropas, los patrones de la industria de la alta tecnología han apostado por una mezcla incongruente de prendas deportivas y utilitarias. “Dentro de poco tiempo, en Europa acabaremos adoptando los códigos de informalidad y eclecticismo de los norteamericanos”, declara con pesar José Ángel Bernabé, un veterano sastre de Pola de Siero. “De confirmarse esa tendencia, los sastres se verán en apuros aún más serios”. “En realidad”, constata Plácido Iglesias hijo, “vestirse es una cuestión de respeto a los demás, pero también de educación del gusto; existe una gran preocupación social por la mejora de la calidad de vida, por la alimentación saludable, etc.. Sin embargo, esa inquietud no se ha trasladado al terreno de las ropas”.

De forma general, los progresos de la informalidad y el paulatino retroceso del traje como opción para el tiempo de ocio han fomentado una percepción ceremonial y rancia de la sastrería. El hecho de que gran parte de los habituales usuarios del traje, profesionales en su inmensa mayoría, se decante habitualmente por cortes rutinarios y de una abrumadora monotonía cromática no ha ayudado a combatir este prejuicio. Como tampoco lo ha hecho el que muchos sastres no hayan sido capaces de renovar las hechuras, los diseños y la paleta de colores, algo que habría podido captar la atención de un púbico potencialmente amplio que no contemplaba la sastrería como una opción.

El sociólogo americano Thorstein Veblen sugirió que los artesanos estaban destinados a ser malos comerciantes; sumergidos en una atmósfera de trabajo que exigía una atención concentrada y desprendimiento, las astucias del mundo exterior tenían que resultarles forzosamente hostiles. Sin embargo, valiéndose de las oportunidades que brindan las redes sociales, algunos jóvenes maestros han insuflado un nuevo aire al oficio; mostrando la enorme versatilidad de la elaboración sartorial, han salido de sus talleres para reivindicar el orgullo de la prenda de calidad, irrepetible y cosida a mano.

Vestirse para la historia

Esta visibilidad ha generado una reacción esperanzadora, especialmente entre jóvenes insatisfechos con la oferta de la confección industrial. Pero conviene no echar las campanas al vuelo. La recesión crónica y el debilitamiento de las clases medias continúan inclinando la sastrería hacia una minoría pudiente y algunos incondicionales dispuestos a realizar sacrificios económicos. Esta es una de las consecuencias inevitables de una civilización de la máquina que no espera por nadie y que ha erosionado un universo artesano estrechamente vinculado a la pericia manual y a grandes dosis de paciencia. Como el arte, por su propia idiosincrasia la artesanía es impermeable a la seducción del progreso. En el taller del sastre han evolucionado los tejidos, las máquinas de coser y las planchas, pero el conjunto de procedimientos que definen esta labor secular permanece, y permanecerá, inmutable.

Aunque titubeante y en transición, no podemos hablar de un oficio desfondado. Los augurios no son excesivamente favorables, pero lo cierto es que la sastrería ha dado señales de renovado vigor en pleno apogeo del consumo indiscriminado, los outlets y las ventas por Internet. Cada día son más los que descubren este minucioso modo de elaborar prendas inimitables que es al mismo tiempo un espacio de encuentro directo entre un artesano y un cliente. “Sería una excelente noticia que este interés se tradujese en más vocaciones y en usuarios más sensibles a las virtudes de lo hecho a mano”, señala José Ángel Bernabé.

Retomar el hilo de esta tradición de oficio, que favorece la comunicación personal en aras de la creación de un producto personalizado, tendría efectos benéficos para nuestra maltrecha memoria colectiva. Nos permitiría preservar formas de maestría artesanal capaces de proporcionar placer estético y utilidad a los hombres de cualquier época. Desperdiciar la fértil experiencia de los maestros que nos precedieron sería un error irreparable que nos condenaría a la insensible perfección de la máquina. Si aspiramos a vestirnos para la historia, como afirma el gran Gay Talese, solo la pericia de un sastre puede sellar el pasaporte para la posteridad.

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Vigor y precisión en las puntadas del maestro Plácido Iglesias, padre. Foto / Álex Zapico.

“Las tijeras venerables”, más que una exposición

El doctor en Historia Contemporánea Michel Suárez, el fotoperiodista Álex Zapico y la economista Carmen Prieto son los autores del proyecto “El hilo de la tradición”, que incluye una exposición, un libro y un documental, en homenaje a los sastres, en especial a los que mantienen con vida esta histórica profesión.

Su exposición itinerante, con el título “Las tijeras venerables”, se puede ver durante todo el mes de junio en el Museo Barjola de Gijón.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 55, MARZO DE 2018

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