Malos humos

Asturias tiene la mayor concentración de centrales térmicas de España, lo que influye en su elevada contaminación, que a principios de este año causó alarma. Foto / Pablo Lorenzana.

Pablo Batalla Cueto / Periodista.

«No voy a hacer magia, voy a hacer ciencia». Quien esto anunciaba en la Junta General del Principado el pasado 2 de febrero era Héctor Piernavieja, diputado autonómico de Podemos. En una mano portaba un imán. En la otra, un tarro con polvo recogido en terrazas de viviendas de la zona oeste de Gijón. Lo que sucedió entonces pareció ciertamente magia, aunque era efectivamente ciencia: el imán saltó de una mano a la otra para adherirse al frasco, revelando así el carácter metálico de su contenido.

Piernavieja trasladaba así al Parlamento asturiano la verdad incómoda que los vecinos de la mitad occidental de Gijón, lo mismo que los de Avilés, La Felguera o Lugones, llevan años denunciando: que el limo insidioso que impregna y ennegrece sus terrazas, sus fachadas y sus coches no es un fenómeno natural, sino algo que cabe poner en relación con el hecho de que de las diez instalaciones industriales más contaminantes de España, la primera, la cuarta y la novena, se asientan en la zona central de Asturias. Ninguna instalación contamina tanto en el Estado como la central térmica de Aboño. Para encontrar las factorías avilesina y gijonesa de Arcelor-Mittal solo hay que descender tres puestos. Y el top ten español de la polución aún no se ha completado cuando también aparece en él la térmica de Soto de Ribera.

El problema no pasaría de ser estético de no ser por las advertencias que encierran otros estudios y estadísticas: según un estudio del Instituto Asturiano de Oncología, vivir junto a una fábrica incrementa en un 50% las posibilidades de sufrir cáncer de pulmón. Y según el Instituto Nacional de Estadística, poco sospechoso de incurrir en sesgos ideológicos, entre 2009 y 2014 los municipios asturianos han sido, con gran diferencia, los más presentes en otro top 10 al que nadie quisiera encaramarse: el de localidades españolas con mayor tasa de defunción por ese mismo cáncer. De la misma manera que Aboño lidera la clasificación de industrias más contaminantes de España, Corvera es la cabeza de este otro ranking en el que Villaviciosa es medalla de bronce y el quinto y sexto puestos corresponden a Langreo y Aller respectivamente. Y si se amplía el top ten para convertirlo en un top sixteen, la representación asturiana se eleva hasta los nueve concejos, con Llanera y San Martín del Rey Aurelio ocupando los puestos 11 y 12 y Gozón, Castrillón y Carreño el 14, el 15 y el 16.

Si el ranking se limita a ciudades grandes, dejando fuera los municipios pequeños, el liderazgo no corresponde a Madrid, Barcelona o Valencia, sino a Avilés. Ello arroja luz sobre otra de esas verdades que determinados intereses procuran ocultar: si determinadas zonas de España tienen un problema grave de contaminación, el principal responsable de ello no es el tráfico, es decir, virtualmente todos los ciudadanos, sino la industria pesada, es decir, un puñado de ciudadanos muy concretos.

Las empresas no cumplen la ley

Las plataformas anticontaminación que han ido emergiendo en todas las localidades afectadas de Asturias coinciden en su diagnóstico de quiénes son esos ciudadanos concretos y delimitables a los que hay que señalar como culpables de que Asturias sea la campeona del cáncer de pulmón: los dueños y directivos de las empresas contaminantes y la consejera de Medio Ambiente, Belén Fernández, sobre quien recae en última instancia la responsabilidad de hacer cumplir las leyes medioambientales vigentes, toda vez que las competencias en esta materia son autonómicas.

Según explica Fructuoso Pontigo, ‘Fruti’, portavoz de la Coordinadora Ecoloxista d’Asturies, el problema de Asturias con la contaminación no es una legislación insuficiente, sino una que, aunque más generosa que lo que prescribe la Organización Mundial de la Salud —así, por ejemplo, la OMS marca 20 μg/m3 de media anual para las PM10, pero la ley permite 40—, es razonablemente aceptable, pero ni se cumple ni se hace cumplir. Según datos de los que dispone la Coordinadora Ecoloxista, en algunas de las estaciones de medición medioambiental de Asturias, como la del Matadero de Avilés, esas mismas PM10 que no deberían pasar de los 40 microgramos por metro cúbico han llegado a superar los 70. «La legislación obliga a poner filtros que no se ponen; a cubrir y regar, para evitar que generen nubes de polvo, pilas de carbón que ni se cubren ni se riegan; a hacer cierres estancos que no se hacen… Las empresas no quieren gastarse los dineros en estas cuestiones, lo cual entra dentro de lo corriente aunque sea lamentable, pero el Principado se desentiende completamente de hacerles gastárselos», expone Pontigo.

Tanto se desentiende el Principado que ni siquiera reconoce, contra toda evidencia, que el problema exista. El mismo día que Héctor Piernavieja hacía su demostración científica en la Junta General, Belén Fernández negaba «rotundamente» que Asturias sufra problemas de polución: «Hay problemas», decía, pero se concentran en zonas y enclaves específicos y muy concretos, las industrias «emiten lo que la normativa europea les autoriza» y son «un pilar» del desarrollo económico y la denuncia de los ecologistas «no es ética ni responsable», genera «desasosiego» y consolida una imagen «negativa» que no ayuda «a la marca Asturias ni al turismo».

«Talibanes medioambientales»

La oposición ciudadana que ha ido conformándose en los últimos años contra esta silenciosa catástrofe sanitaria que Belén Fernández niega «rotundamente» es afanosa pero pequeña. Todos los habitantes de La Calzada, Valliniello, Trubia o Lugones padecen las consecuencias de la polución, pero no todos, sin embargo, comparten con los miembros de las plataformas anticontaminación la convicción de que haya que movilizarse contra quienes la emiten y quienes consienten que se emita.

Los barrios más afectados por ser los más cercanos a las industrias contaminantes son vecindarios de clase trabajadora, buena parte de sus residentes trabaja, trabajó o tiene hijos o nietos trabajando en esas mismas industrias, y muchos de ellos vivieron o recuerdan la reconversión industrial y temen que apretar demasiado las tuercas a EDP o a ArcelorMittal pueda provocar que esas macroempresas abandonen Asturias para deslocalizarse en lugares social y legalmente más permisivos con la degradación del medio ambiente. El empleo está por encima de la calidad del aire en su lista de prioridades. «Mi hijo trabaja en Arcelor, pero mi nuera es ecologista de ésas, y yo le digo que cuando cierre Arcelor ya puede irse a comer a casa dios», brama Vicente, un vecino del Cerillero gijonés. Sus términos gruesos pero bastante representativos del sentir de una parte de quienes viven a la vera de las industrias: Aboño, Arcelor, el Musel, Asturiana de Zinc, Fertiberia, Dupont, etcétera, contaminarán o no, pero decenas de miles de trabajadores no pueden quedarse en la calle de la noche a la mañana por un quítame allá esos humos.

Fruti Pontigo niega la mayor: no existe, opina, tal dicotomía entre empleo y medio ambiente. «Nosotros apostamos por el mantenimiento de esas empresas que dan trabajo a los asturianos, faltaría más, pero no de cualquier manera. Estamos hablando de industrias que ganan muchísimo dinero; centenares de millones de euros en algún caso. Lo único que se les pide es que se gasten una pequeña parte de esas ganancias ingentes en cumplir la normativa medioambiental. No se les pide que hagan más que lo que contempla la ley. Cuando esos mismos sindicatos que nos llaman talibanes medioambientales exigen, con toda la razón del mundo, subidas salariales y demás mejoras, exigen algo que es mucho más caro que lo que nosotros pedimos. Según su regla de tres, ¿no deberían ellos conformarse también con unos sueldos de miseria, no vaya a ser que exigir salarios justos provoque que las empresas se vayan a Marruecos o a Bangladesh? Nosotros pedimos lo que es justo, nada más».

Esas exigencias de los ecologistas se manifiestan de más urgente cumplimiento cuando se comprueba que entre los problemas de salud que la contaminación asturiana provoca no se encuentra solo —que ya sería bastante— el cáncer de pulmón. Según enumera el científico estadounidense Charles Chuck Gasparovic, investigador del Mind Research Centre de Albuquerque, que está casado con una asturiana y reside la mitad del año en Estados Unidos y la mitad en Gijón, la lista de dolencias que la contaminación puede provocar incluye desde el asma hasta el ictus, y un estudio canadiense aún en marcha ya apunta que existe una relación entre partículas contaminantes como las que respiran los asturianos y el alzhéimer y el párkinson.

Así lo explica: «Las partículas contaminantes más pequeñas, las llamadas PM2,5, penetran en el torrente sanguíneo a través de la respiración y provocan inflamaciones que a su vez generan la emisión de unas moléculas llamadas citocinas y que hacen todo tipo de cosas. En su justa medida son necesarias y forman parte del sistema inmunológico, pero cuando hay más de la cuenta constriñen las arterias y provocan estrés oxidativo, es decir, un suministro insuficiente de oxígeno al cerebro que hace que las células faltas de oxígeno mueran. Cuando se mueren de repente, llamamos a eso ictus, pero también pueden morirse lentamente, lo cual se llama apoptosis y parece estar vinculado al alzhéimer y al párkinson».

Aunque pequeño e incomprendido, el movimiento anticontaminación asturiano parece encontrarse en un momento de moderado crecimiento. Paños negros con mensajes como «Contaminación, ¡no!» o «Nos están matando» ya han ido apareciendo en algunos balcones de Gijón o Avilés y a finales del pasado mes de enero las hasta ahora invertebradas plataformas locales tuvieron su primera reunión conjunta en el Ateneo Obrero de La Calzada, en Gijón, con algunos asistentes llamando a voz en grito a abandonar la vía de negociación administrativa, que consideran que se ha revelado estéril, y pasar a adoptar la de la movilización callejera, no solo con manifestaciones o cortes de carretera sino también con iniciativas creativas como colocar mascarillas antigás a las estatuas de Don Pelayo, Woody Allen o el Adelantado de la Florida. En Avilés ya lo hizo la Coordinadora Ecologista. El tiempo dirá si tales iniciativas tienen algún éxito y Asturias deja de respirar metal y vuelve a convertirse en el paraíso natural que asegura ser.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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