Manuel García Rubio: El del medio es el mensaje

Manolo Rubio ACMcLuhan dijo otra cosa, pero lo más cierto es que, en el mundo de los negocios, manda quien ocupa ese lugar exacto en el que el productor y el consumidor se citan; es decir, manda el que está en el medio. Los ingenuos siguen llamando mercado a tal punto de encuentro. Sin embargo, el mercado ya no es lo que era. En estos tiempos, la oferta y la demanda no se miden en ese idílico espacio público en el que la mano invisible de Adam Smith obraba el milagro de casar oferta y demanda, el producto con su precio justo. Ahora, quien impone las condiciones de cada transacción es quien dispone del medio a través del cual esa transacción se realiza. Si ese medio es tan largo que ocupa toda la cadena de valor del producto, su dueño conseguirá el control pleno del proceso. Vayamos al terreno de la cultura. Mientras en los Estados Unidos se prohibió la concentración de las distintas fases de producción y comercialización en unas solas manos, en Europa se consintió que las majors americanas del cine fueran propietarias no solo de las productoras de películas, sino también de las distribuidoras y de las exhibidoras de las mismas, en cualquier soporte técnico. Además, los españoles les hemos vendido frecuencias de televisión a precio de saldo, y nuestros alcaldes y consejeros autonómicos les facilitaron pistas de aterrizaje en forma de suntuarios centros comerciales con el fin de que pudieran instalar sus Yelmos y sus Cinesas, contribuyendo a modificar nuestros hábitos de consumo para convertir el ocio creativo en un combinado extraño de imágenes, coca cola y palomitas de maíz. El resultado final ha sido una invasión indolora pero brutal de los héroes de la Marvel y un simultáneo laminado del cine español, vale decir, de una buena parte de la capacidad que nos quedaba para construir una visión propia de nuestra realidad. De esta forma, la banca nos atropella y nos roba, y la corrupción nos anega, pero el cine que vemos solo nos habla de Iron Man y de Bin Laden. Sí, en efecto: como si fuéramos gilipollas. Con el libro va a ocurrir lo mismo, si alguien no lo remedia. Las grandes multinacionales del asunto saben que deben ocupar el medio, como siempre, y que las leyes anti-trust europeas son, para ellas, la versión jurídica del Edén, un conjunto enrevesado de normas destinadas a mirar para otro lado. Con tal fin, pelean por imponer sus propias herramientas de lectura: Amazon, el Kindle; Google y otros agentes, cada cual el suyo. Mientras tanto, igual que hicieron Sony y algunas otras multinacionales con el cine después de imponer el VHS sobre el BETA, se dedican a acaparar derechos sobre los contenidos. Aspiran a adueñarse de toda la cadena de valor del libro: serán agentes, editores, distribuidores y libreros al mismo tiempo, y controlarán con su publicidad a los prescriptores de mayor prestigio. Finalmente, decidirán qué se publica, cómo, cuándo, a qué precio. De hecho, ya está ocurriendo así. Ahora, los grandes grupos editoriales de España, vinculados a multinacionales extranjeras, piensan más en el mercado latinoamericano que en el español, de modo que cada vez publican menos a autores de la cantera, en tanto que a los foráneos se les extiende una alfombra bien mullida por la que nos está llegando lo más granado de la decadencia de Occidente: una sofisticada morralla de vampiros, asesinos en serie y tías que descubren la paja a los cuarenta. Y nosotros, a lo nuestro. Abrimos mil y un debates sobre el futuro del libro, y los concluimos con una aristocrática exaltación del formato en papel, que se toca, y se huele, y nos transporta a los tiempos de nuestra infancia, cual osito de Mimosín. Al final, igual que sostenemos que no hay chorizos como los de casa, nos convencemos de que el vídeo nunca matará a la estrella de la radio. Y sí, es verdad que la estrella de la radio no ha muerto, aunque ahora se haya convertido en un ectoplasma de diseño asistido por ordenador. Se lo estamos poniendo a huevo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 27, JULIO DE 2013.

Deja un comentario