Manuela Marín: “Las mujeres de las FARC no queremos volver a los roles tradicionales”

La guerrillera de las FARC Manuela Marín en Gijón, al poco de su llegada a Asturias. Foto / Elena Plaza.

Recién aterrizada en Asturias, la guerrillera de las FARC Olga Marcela Rico Sosa, ‘Manuela Marín’, integrante de la subcomisión de género en los acuerdos de paz de La Habana, atendió a ATLÁNTICA XXII para explicar el enfoque de género aportado desde la guerrilla colombiana a las negociaciones por la reconstrucción del país después de 50 años de conflicto armado. Un aprendizaje y la consecución de unos derechos implementados en igualdad dentro de las FARC que quieren trasladar y revertir al resto de la sociedad colombiana en esa reconstrucción, a pesar de las campañas de descrédito promovidas desde la ultraderecha en el proceso electoral a la Presidencia que vive el país, según denuncia Marín. De la mano de la organización Soldepaz Pachakutí se entrevistará durante los próximos días con diferentes instituciones tanto de la Autonomía como del resto del Estado.

Elena Plaza / Periodista.

¿Qué supone ser mujer dentro de la guerrilla?

Soy militante de una organización de izquierdas desde niña y vengo de una región cuna histórica de la resistencia colombiana, no solo por el partido comunista, sino por las autodefensas campesinas que fueron las que dieron origen a la guerrilla. Esa militancia me hizo seguir muy de cerca el proceso en una época de auge de la lucha guerrillera que hacía que quienes militábamos en esas organizaciones tuviéramos siempre esa inquietud hacia la lucha armada como modo de vida, impulsada por la represión. Cuando llegué allí encontré una enorme posibilidad de aportar, y sobre todo como mujer, en igualdad de condiciones que los hombres. Era la mejor opción para quien quisiera aportar a la transformación de mi país, había que estar allí. A pesar de estar directamente en la guerra, era más seguro estar allí con tus compañeros, con los elementos para defenderte, que estar sola en la ciudad con el riesgo de que te desaparecieran o te asesinaran. Choqué con una realidad al ingresar porque vi que podía haber igualdad ya que no existían roles establecidos ni división sexual del trabajo.

¿Cuándo realiza esta lectura con perspectiva de género, antes o con el paso del tiempo?

Conceptualmente se fue construyendo en la medida que pasó el tiempo. Pero las realidades y las prácticas sí eran distintas desde el momento que llegué. Eso me confrontó y me hizo reflexionar. Lo más importante no estaba en demostrar para abrirse paso, sino por la necesidad de aportar lo que uno era capaz. Fue un ejercicio de construcción, de conceptualización y entendimiento de que estábamos construyendo el germen de una sociedad distinta, eso lo entendimos después. Como mujeres y colectivo tenemos que rescatar este aprendizaje y trasladarlo al proceso de reincorporación, fallido por los incumplimientos del Gobierno. Dentro de la guerrilla teníamos unos derechos (sexuales y reproductivos, aborto…) que la sociedad no tiene.

¿En dónde se ubicaría Colombia en cuanto a derechos de las mujeres?

Es un país machista, supremamente atrasado y que tiene riesgo de retroceder aún más. Al enfoque de género aplicado en los acuerdos nunca se le dio importancia y el Gobierno lo llevó a plebiscito oponiéndose al enfoque de género. Hicieron una enorme campaña mediática con muchos recursos. El ataque mayor que sufrieron los acuerdos no fue por los temas sociales, sino por ese enfoque. Por ese tema tan profundo y emocional mucha gente votó No: no a los derechos de los homosexuales, de las libertades de las mujeres; y no creo que sea un problema de la sociedad porque sí, sino que ha sido infundado.

¿Cómo se vive la situación de violencia constante en la guerrilla siendo mujer?

Quienes estuvimos en puestos de armas suponíamos el 40% y las que estaban en clandestinidad sin armas el 12%. Ésa es una de las riquezas más grandes que teníamos basada en la igualdad de derechos. Nosotras nos ganamos el respeto con el trabajo no solo para que nos consideraran iguales para combatir, sino también para que nuestros cuerpos fueran respetados. Y también aprendimos nosotras a valorarlos, a estar orgullosas. Teníamos unas reglas muy claras y fuertes que sancionaban no solo cualquier tipo de abuso, sino la agresión sexual por cualquiera de las dos partes. Las violencias son múltiples y no puedo decir que jamás existiera en una organización tan grande en todo el territorio nacional compuesta por hombres y mujeres del pueblo. El tema es cómo la resolvíamos. Teníamos mediadores y ejercicios democráticos cada día que nos permitían expresar lo que sentíamos y exigir una respuesta y una sanción si era necesaria. Teníamos unos mecanismos muy claros para solucionarlos. Nunca fuimos víctimas ni victimizadas, somos unas mujeres empoderadas. No se podía repetir una escena de violencia con una mujer porque todas estábamos empoderadas, armadas y unas sanciones muy claras establecidas. Este tema ha sido utilizado y nos hemos sentido más victimizadas ahora, después de los acuerdos de paz, cada vez que nos enfrentamos con un público que nos cuestiona si fuimos violadas, atacadas… y eso creemos que eso es una forma de violencia: ser estigmatizadas, tener que pararnos en un escenario donde no hablamos de política como nuestros hombres, sino de si fuimos violadas. Nos sentimos atacadas e insultadas.

Nuestros hombres cocinan sin vergüenza”

Se percibe a Sudamérica como machista pero hay importantes pensadoras feministas.

La diferencia es que América latina no tiene un espíritu colonialista, no pretendemos ir a otro país a que adopten nuestras doctrinas para solucionar sus problemas, distinto a las prácticas eurocentristas. Queremos aportar todo ese aprendizaje no en términos academicistas, sino en la transformación concreta de las veredas y los barrios de Colombia.

¿Y qué trabajo tuvieron que hacer los hombres de las FARC ante el panorama igualitario?

Ése fue un proceso más difícil porque los hombres en las FARC, al igual que en cualquier parte del mundo, por naturaleza se han opuesto. Pero poco a poco fueron identificándonos como iguales aunque no en un proceso tan lento como en el resto de la sociedad colombiana. Nuestros hombres no recitan qué son las nuevas masculinidades, pero en la práctica cocinan, atienden… y lo hacen sin vergüenza y con orgullo de ser hombres y también se sienten liberados de esas camisas de fuerza que impone el patriarcado.

Resulta una lectura interesante que todo ese aprendizaje revierta en el pueblo.

Cuando somos las mujeres de las FARC las que nos paramos en un escenario y después de contestar a las preguntas de siempre de si nos violaron, nos atacaron… y cuando nos escuchan hablar, tienen mucha curiosidad. No creen que detrás de una insurgencia haya tantas mujeres. Queremos transmitir no solo lo que pensamos, sino lo que sabemos hacer. Existe un gran estigma pero también una expectativa por las cosas que las mujeres farianas pueden hacer por este país.

Dice que las cuotas no es lo ideal pero es una primera fase para llegar a ello.

En las FARC nunca tuvimos cuotas. Nosotras podemos votar desde 1957, que fuimos reconocidas como ciudadanas. ¿Cuántos años tenemos de retraso en concebirnos como agentes políticos? Ese proceso en las FARC lo hicimos a pasos agigantados. Nos parecía el proceso ideal ganarnos todo por el esfuerzo. Hoy tenemos tres mujeres en la dirección nacional y muchas en cargos de responsabilidad medios e intermedios. Muchos de los conocimientos que nosotras atesoramos en la guerra en diferentes responsabilidades se han potenciado de cara a la construcción de la paz. Las mujeres insurgentes se adaptan más fácil que los hombres o son más hábiles en esas tareas por ese espíritu rebelde y de afrontar retos y lideran tareas muy importantes de la organización. Las mujeres farianas estamos empeñadas en construir, en tejer red. Tenemos una apuesta política y organizativa muy interesante. Somos mujeres emprendedoras y queremos unirnos en unos proyectos colectivos con nuestra esencia de mujeres insurgentes, valientes, poderosas que nos sirva también para subsistir en este momento tan importante de reincorporación.

Eso supone un ejercicio de humildad por parte de los hombres para reconocerlo.

La mayoría de los casos es porque la realidad nos atropella y demostramos que somos idóneas y los hombres tienen que reconocerlo. La dirección nacional está interesada en impulsar esos liderazgos femeninos que tenemos no solo por la necesidad de asumir tareas, sino en aras de ese proceso de reincorporación tan complicado que tenemos. No queremos que nos pase como al resto de insurgencias del mundo, en los que el 80 o 90% de sus mujeres han vuelto a sus roles tradicionales en el hogar y muy pocas lideresas.

¿Tenían esperanza en que aquellos acuerdos de La Habana fueran para bien?

La expresión no es que tuviéramos esperanza, teníamos la seguridad de que la solución política era una necesidad y lo mejor para nuestro país.

¿Cómo se presenta el panorama electoral?

Muy complejo con muchas amenazas al proyecto de paz con una ultraderecha que pretende acabar con los acuerdos y deslegitimar todo lo que se ha hecho y lo que se ha dejado de hacer. Se demuestra la incapacidad institucional que tiene Colombia, corrompida, débil, sin prestigio frente a la comunidad… Y sumado al problema de corrupción y a un músculo financiero directamente relacionado con la guerra, que tiene que ver con el nacimiento, construcción y consolidación del paramilitarismo que hoy en día aún existe en Colombia y que permea a todas las instituciones del Estado. En todo ese panorama tan complejo cabalga una campaña presidencial muy fuerte con el fin de volver al conflicto. Y ése es el mayor riesgo que tenemos hoy como sociedad, no como FARC, que ya tomamos una decisión política de asumir el ejercicio democrático sin vuelta atrás. Junto al pueblo, las organizaciones sociales, la comunidad internacional tenemos que trabajar para que no se salgan con la suya y emprendan otro capítulo de guerra. No queremos volver a ella.

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