Marhuenda es un actor, ¡a ver si nos enteramos!

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Paco Abril / Artista y escritor.

Tras numerosas pesquisas, creo disponer de datos suficientes para afirmar que Francisco Marhuenda, el omnipresente personaje televisivo que aparece en las tertulias con el rótulo de director de un periódico, además de autoproclamarse historiador, venga o no a cuento, y experto en derecho y en economía, es un actor. Sí, lo tengo claro, es un actor que representa a un tipo cargante y repelente.

Marhuenda, cuando pretende desasnar a sus oponentes ideológicos, reitera sin descanso, y con estudiada suficiencia: “A ver si nos enteramos”. Pero lo que en verdad quiere decir es a ver si os enteráis vosotros, estúpidos ignorantes.

Esta falta de respeto a los demás solo puede representarla adrede un actor extraordinario que quiere hacerse pasar por un conocedor de todo, pues el tal Marhuenda de todo sabe y de todo opina como si de verdad supiera. Y tiene razón al utilizar la impertinente expresión “a ver si nos enteramos”, porque pone su mayor empeño en que los demás aparezcan a su lado como torpes incapaces de ver nada más allá de sus narices. La televisión es una fábrica de ficciones y él, el periodista, el economista, el experto en derecho, es una ficción más.

Alumno del Actors Studio

Cualquiera puede llegar a esta conclusión si observa las intervenciones de este personaje. Primero, porque solo aparece en programas espectáculo con formato de debates en los que se azuza la discrepancia y el enfrentamiento; segundo, porque se ve a las claras que ha ensayado a fondo para componer e interpretar a un tipo tan antipático y desagradable. Y eso es un gran mérito. Llegar a incorporar ese papel con esa maestría es ya digno de elogio, pero mantenerlo a diario en todas las cadenas en las que actúa, que deben de ser todas, nos hace pensar que se trata de un alumno destacado de la prestigiosa asociación Actors Studio, donde aprendieron su arte Faye Dunaway, Paul Newman y Kevin Spacey, entre tantos y tantos otros.

Sus dotes interpretativas son extraordinarias. Nos puede parece fácil, pero es de una endiablada dificultad ver cómo, siempre que hablan quienes no opinan como él, es decir casi todos, nuestro consumado actor construye precisos gestos de fastidio, de estudiada suficiencia, mostrando con sus mohines estar de vuelta de los pobres argumentos que esgrimen sus necios adversarios. Pocos actores consiguen tanta perfección con tan exigua economía de expresiones no verbales. Eso requiere muchos meses de ensayo frente al espejo.

Todo en él está medido, hasta en el más ínfimo detalle, para conseguir la caracterización de cursi niño redicho y sabelotodo, pero quiero subrayar el tono displicente con el que se dirige a los demás tertulianos. ¡Ah, ese envidiable tono que tan difícil es de conseguir, cuántas horas de tenaz aprendizaje le debió de exigir!

El repetitivo libreto que recita con insistencia incansable es –utilizando términos políticos de última generación– su cuidado argumentario. En ese guión es constante una frase torpedo que lanza a diestro y siniestro cuando le rebaten algo: “Bueno, ya se sabe que todos los del PP son muy malos, malísimos”, dado que se ha erigido en defensor a ultranza de ese partido, otra de las características claves del personaje que encarna. Y por si esto fuera poco, añade una y otra vez con un tonillo irónico despectivo: “Eso, eso, venga, todos contra el PP, a darles caña, que son muy malos”. Esta manera tan infantil de argumentar también está muy pensada, pues responde a la idea de que a la audiencia hay que ofrecerle mensajes pueriles. Y qué mejor puerilidad que dividir el mundo en buenos y malos y no aburrir con estúpidos argumentos fundamentados.

Discípulo de Pemán

Esta idea debieron extraerla sus guionistas de un escritor franquista –del que el personaje Marhuenda se declara admirador–, José María Pemán. Pemán escribía, en un libro de gran predicamento publicado en 1939, que había que «utilizar esa gran fuerza infantil, hasta ahora tan desaprovechada en España, que es el entusiasmo y la facilidad para “tomar partido”». Y concluía: «Es preciso aprovechar para su formación ese tesoro intacto y limpio que tan prontamente hace tomar a los niños ruidoso partido de los “buenos” contra los “malos”».

Pemán tenía muy claro quiénes eran los malos. Seguía sin vacilación la directriz del “angélico” general Mola: «Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado».

Volvamos a nuestro actor. Si se discute, pongamos, sobre algún personaje afín a él, esto es, a los buenos, argumentará, aunque de quien se hable haya tenido alguna desafortunada intervención pública: «Pues tiene dos carreras y un pico de masters, pero como vosotros sabéis más que nadie, pues nada, yo me callo». Eso de callarse es lo que nunca cumple, aunque está claro que es otra estrategia de sus guionistas. Digo guionistas en plural, porque estoy convencido de que no es un lumbreras solitario el que le escribe sus monólogos. No queda ningún detalle sin pesar o medir, como el de añadir siempre, al final de cada frase, la fastidiosa muletilla «¿No?», lo que aumenta el desagrado de sus parlamentos y añade una prueba más a la hipótesis de que es un actor. ¿Creen ustedes que si fuese un director de periódico y además historiador y experto en derecho y en economía sus amigos, colegas y familiares no le sugerirían que tratara de suprimir ese feo «¿No?» al final de sus frases? Si lo subraya, es para evidenciar aún más el papel de antipático que ha asumido, ¿no?

Se le critica que la mayoría de sus intervenciones atentan contra la inteligencia y el sentido común. Pero esto no es un defecto, sino un efecto cuidadosamente planificado. Aunque a veces parezca improvisar, todo en su interpretación está pensado hasta el más mínimo de los detalles.

Hace bastantes años tuve la suerte de participar en un magnífico curso titulado «Creación teatral a partir de la improvisación». Lo impartía el director de teatro Santiago Sánchez. La idea central y rompedora sobre la que pivotaba el curso era que la improvisación solo es posible si nace de la escucha atenta del otro, de los otros.

El actor que hace de Marhuenda ha trastocado esta idea. Su papel se basa en no escuchar a los demás, porque los demás son progresistas, izquierdistas, anarquistas, comunistas, sindicalistas, surrealistas, dadaístas, carteristas, ascensoristas, podemistas –su bestia negra– y todo lo que acabe en «istas».

Concluyo: Marhuenda es un genial actor, y esta es su tragedia, al que quizá nunca lleguemos a ver en otros papeles, y menos a conocer como persona, pues ha sido abducido por el impertinente, reiterativo e irritante personaje que representa. Que se repita tanto es lo peor. Sus admiradores pueden decirle lo que el general Queipo de Llano le dijo a José María Pemán, que lo acompañaba dando siempre el mismo mitin patriótico por la Andalucía conquistada por las tropas franquistas: «Don José María, se lo ruego, no se repita usted siempre, varíe lo que dice, se lo pido de corazón. Debo confesarle que se repite tanto que no me preocupo de que la gente reconozca su perorata, sino de lo que yo me aburro».

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 42, ENERO DE 2016

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