Marhuenda y la carne de perro

Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

Los primeros que deberíamos desvelar la corrupción en el periodismo somos los periodistas, antes que los jueces. ¿No es esa nuestra labor? ¿O es que sigue vigente lo de “perro no come carne de perro”, que no es más que un latiguillo que justifica el corporativismo por el que los periodistas podemos hablar de todo, menos de los colegas?

Se nos adelantó el juez Eloy Velasco con el Caso Lezo, que demuestra que la corrupción mediática no es menor que la política y la económica. Y además es imprescindible para las otras dos.

El paso de Francisco Marhuenda de hacer titulares a protagonizarlos, aunque el juez lo haya exonerado de responsabilidades penales, tiene algunos precedentes, como el caso de Antonio Alemany, condenado a casi cuatro años de cárcel por el Caso Matas. Escribía los discursos del presidente balear y los elogiaba luego en los medios que dirigía o fundaba, financiados generosamente con el dinero público que aportaba el propio Matas.

Lo de Marhuenda no debería sorprender a nadie. Es un actor que se pasea por las tertulias televisivas disfrazado de periodista y ejerciendo de comisario político para el PP, que lo ha hecho rico. Figura de director de un periódico sin lectores, plagado de publicidad institucional y privada, cuya función no es informar, sino vender los logros del Gobierno y fustigar a sus enemigos. Y si para ello es necesario mentir, como delatan las escuchas telefónicas en relación a una campaña contra Cristina Cifuentes, no hay ningún problema. Eso también va en el sueldazo.

A los ciudadanos les puede sorprender más que, por el Caso Lezo, también se sepa que el expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, colocó a una periodista en un medio público para tener a una aliada en su redacción. Pero a los periodistas en absoluto, porque todos sabemos que eso lo llevan haciendo toda la vida políticos de todo signo cuando llegan a los Gobiernos. En el acceso a los medios públicos funciona el dedo de partidos y sindicatos.

En esta cloaca en la que se ha convertido España, con cada caso de corrupción siempre aparece algún abogado que asesora en los negocios y tampoco faltan periodistas para cuidar la imagen o la política de comunicación. También se cultiva la amistad de jueces y fiscales que se presten, aliados imprescindibles. Dinero, política, periodismo y justicia, las cuatro esquinitas del entramado del poder, todas tan contaminadas que parece que rodean a un basurero, aunque no falten profesionales honrados en todas ellas, incluso la mayoría. No se si esto es una trama o el tramo de degradación democrática al que llegamos por una Transición plagada de cesiones, pero apesta y pide a gritos una higiénica regeneración.

La política y el periodismo van desde entonces de la mano, más como un matrimonio de conveniencia que como una pareja de enamorados, a veces cruzando incluso las mismas puertas giratorias. Unos pasan del Gobierno a las empresas que beneficiaron con contratos o privilegios, otros de las redacciones a los gabinetes de prensa de aquellos a los que halagaron o favorecieron con su silencio cuando estaban al otro lado de la barrera.

No pretendo demonizar a Marhuenda ni exhibir su figura en el espejo de la corrupción mediática, porque no es el único ni el más poderoso de los que usan al periodismo para llenar sus contenidos de basura y sus bolsillos de dinero. Hasta me hace gracia tanta impostura y tanta afectación teatral sin que pueda disimular su verdadera y costumbrista identidad, la del pícaro español simpático y desvergonzado.

Lo que me duele es ver, saber y conocer la triste situación de tantos excelentes periodistas, honrados y talentosos, que han sido expulsados de esta profesión precisamente por eso, porque las empresas valoran y parece que necesitan más a los marhuendas de turno, siempre dispuestos a escribir o a hablar al dictado. O la de esos otros que salieron de la Facultad con gran formación y vocación para acabar sirviendo copas o apagando incendios forestales. Y la de los jóvenes que tuvieron la fortuna de conseguir trabajo, pero soportan condiciones profesionales y salariales humillantes.

Me parece muy bien la batalla contra el intrusismo profesional que sostienen los Colegios de Periodistas, porque es una lacra culpable en buena parte de la crisis laboral y profesional del periodismo. Pero el de la saga de los marhuendas, por muchos carnés de prensa que tengan y muchas titulaciones que exhiban en las paredes de sus lujosos despachos, es el peor de los intrusismos, el de los que llegan al periodismo para trepar, pegar el pelotazo o ejercer de amanuenses. O todo ello a la vez, que es lo más habitual.

Por eso lamento tanto el silencio de Asociaciones de la Prensa y Colegios de Periodistas ante el Caso Marhuenda. La presidenta de la Asociación de Madrid, Victoria Prego, que había salido a denunciar supuestos acosos nunca aclarados de políticos de Podemos a periodistas anónimos, justificó lo del director de La Razón y restó importancia a asuntos que para ella son normales entre políticos y periodistas. Entre políticos y periodistas como ellos, efectivamente.

Va siendo ya hora de que perro coma carne de perro.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 50, MAYO DE 2017

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