Maria Sibylla Merian, la mujer que se enamoraba de los insectos

Maria Sybilla Merian en un grabado de época.

EXCÉNTRICOS, RARAS Y OLVIDADOS

Natalia Fernández Díaz-Cabal / Lingüista y traductora.

¿Qué pueden tener en común Maria Sybilla Merian, insólito ejemplar de artista y naturalista, nacida en pleno siglo XVII, y Kafka, literato brillante y precursor de ese absurdo que viene presidiendo desde entonces nuestros días y nuestro tiempo? La verdad es que solo una cosa: la metamorfosis. Pero no es poco. Maria Sybilla Merian escribió sobre las metamorfosis de la oruga y otros insectos, y además plasmó su experiencia de improvisada entomóloga en unas láminas que son anteriores a las del genio de Carlos Linneo. Kafka escribió La metamorfosis para regocijo de sus amigos. Ya saben: esa historia en que un hombre se despierta transformado en un escarabajo. Los traductores modernos preferirían que el título fuera La transformación. Pero qué quieren que les diga, prefiero la “metamorfosis”, mucho más zoológica y primordial. El homenaje al insecto.

Maria Sybilla Merian fue una pintora alemana de padres suizos. Su padre era un grabador y también editor, que se había hecho relativamente famoso en Europa gracias a las publicaciones de Teatro europeo y Topografías… Madre pintora, con lo que se puede decir que, con estas cartas echadas, su niñez transcurrió entre óleos, pinceles y puñados de sensibilidad artística. Nació en Fráncfort el 2 de abril de 1647. Su padre falleció siendo ella muy niña y su madre se volvió a casar… lógicamente, con otro pintor, que llevaba a Maria Sibylla a la caza de insectos para que pudiera reflejarlos en papel. Con apenas 18 años se casó la niña entomóloga… y lo hizo, como no podía ser de otro modo, con otro pintor, Johann Andreas Graff. Con él tiene dos niñas: Johanna y Dorothea. Las dos serían pintoras, como lo dictaba el mandato de la sangre, de la estirpe, que parece ser más potente y determinante que todas las voluntades. Como Graff era de Nuremberg, allí se traslada la familia al completo. Maria Sibylla tiene oportunidad de dar clases de pintura y también de bordado -no sé si eran cosas de la época o si en ese terreno también la Merian mostraba particular maestría-.

Una de las hermosas láminas de Maria Sybilla Merian.

Maria Sibylla se separa de su marido y se establece en Holanda, por mediación de un hermanastro suyo, en una comunidad pietista, y recibiendo visitas periódicas de su marido, que intentó una y otra vez, sin éxito, la reconciliación. Se llevó con ella a su anciana madre y a sus hijas. Presidía ese lugar de estricta disciplina y bienes compartidos el propio Jean de Labadie, el religioso jansenista. Cuando se exilia en Holanda, Maria Sibylla ya había publicado algunos libros que fueron alabados, como era lógico, por las clases bienestantes: Nuevo libro de flores, con vistosas ilustraciones de flores y plantas, y la bella y única La oruga, maravillosa transformación y extraña alimentación floral. No era solo una serie de láminas sugerentemente ilustradas. También era un libro en alemán, en un mundo académico donde aún prevalecía el latín como lengua franca. Y era un alegato contra las tesis de Aristóteles, que consideraba que todo insecto surgía por generación espontánea. ¿Cómo criaturas tan bellas, como las mariposas diurnas y multicolores, iban a proceder del diabólico fango, como sostenía la Iglesia?

Son años de gran actividad social: se relaciona con Agnes Block, una menonita, precursora, de alguna manera, de la ecología, del diseño de jardines y coleccionista irredenta de especies exóticas, tanto de plantas como de animales; el botánico Caspar Commelijn… o la pintora Rachel Ruysch, de familia de artista, sublime autora de bodegones y con una carrera truncada por un matrimonio temprano y los diez hijos que vinieron luego. Es decir, todo el mundo del naturalismo mantenía estrechos vínculos con Merian, la matriarca de todos ellos.

En Surinam

Sus dibujos sobre la metamorfosis de la oruga son anteriores a los de Linneo.

Al morir Labadie, es en el castillo de Waltha donde Maria Sibylla y sus hijas hallan cobijo, y donde se reunía la comunidad pietista luterana -se decía que allí se refugió el mismísimo filósofo John Locke en 1690, en plena crisis por la muerte de su madre-. El lugar pertenecía al gobernador de Surinam. Aquella feliz coincidencia permitió que Maria Sibylla pudiera acceder a una serie de colecciones de insectos exóticos que procedían de las Indias Occidentales. Y aun más: gracias a los buenos oficios del gobernador y a la excelencia de su propio trabajo se pudo desplazar a Surinam durante un tiempo, llevando consigo a su hija Dorothea. Allí se pasó prácticamente dos años, viviendo en Paramaribo, ciudad desde la que iba realizando viajes a zonas más selváticas, para recoger insectos, seguir con ojo cercano y atento sus metamorfosis, y plasmarlos en hermosas acuarelas -había un decreto en Europa que no dejaba a las mujeres pintar al óleo-. Volvió a Holanda al contraer la malaria. Su libro Metamorfosis de los insectos de Surinam vio la luz unos años más tarde, cuando ya estaba de vuelta en Ámsterdam. Dice ella en el prólogo:

“En mi juventud me dediqué a buscar insectos. Empecé con los gusanos de seda de mi ciudad natal de Fráncfort. Después establecí que a partir de otras orugas se desarrollaban muchas de las bellas mariposas diurnas, como lo hacen los gusanos de seda. Esto me llevó a recoger todas las orugas que podía encontrar para observar su transformación”.

Una curiosidad semántica de ese libro: Maria Sibylla respeta los nombres indígenas y le parece impropio que se traten de traducir a lenguas imperiales. Pero, sea como sea, su libro no tiene demasiados compradores en Holanda y se ve obligada, además de atender a sus propias publicaciones entomológicas, a abrir una tienda de utensilios de pintura, en la capital, que le asegure la supervivencia.

No fueron años buenos para esa pionera de la entomología. Sufrió un derrame cerebral que mermó seriamente su salud y al final, en 1717, fallece en condiciones de pobreza extrema. Su hija Dorothea descubrió que Surinam era su verdadera patria y se queda a vivir allí. Al poco de morir su madre publica una colección póstuma –Erucarum Ortus Alimentum et Paradoxa Metamorphosis-. A su hija mayor, Johanna, los azares de la vida la llevan a ejercer como pintora en San Petersburgo.

Lo más seguro es que su obra hubiera pasado inadvertida -de hecho lo fue desde su muerte hasta bien avanzado el siglo XX-. La rescató de ese letargo ingrato una serie de lujo que se hizo a finales de la década de los años ochenta de la obra completa de Wolgang Amadeus Mozart -el vinilo venía bien abrigado en una cubierta que rendía honores a las mejores ilustraciones de Merian-. Y a comienzos de los noventa, los billetes de 500 marcos inmortalizan su efigie. Una inmortalidad muy sujeta a miserias y letra pequeña. Pero inmortalidad al fin.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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