Maxi Rodríguez: Veneno en papel

maxi(Casa de campo. PABLO contempla con cierta sorpresa cómo su amigo DIEGO prende fuego a un montón de papeles de prensa)

P.- ¿Sin periódicos?

D.- Exacto.

P.- ¿Por completo?

D.- Que sí, coño.

P.- No te creo.

(DIEGO atiza el fuego sonriente)

D.- Solo tienes que mirarme.

P.- (Flipando) ¿Estás bien?

D.- Feliz, tío, absolutamente feliz. (Larga pausa) Ahora solo me queda convencerte.

P.- ¿A mí? ¿De qué?

D.- La acumulación de noticias informativas que nos llegan perjudica la salud… (A PABLO le da un ataque de risa) Hacen que nos volvamos más temerosos, agresivos…

P.- (En pleno desternille) ¡Ja,ja,ja! ¿Y qué más?

D.- Y disminuyen la creatividad y la capacidad de reflexión.

P.- (Empapizándose) ¡Para, para, tío, que me descojono! (Pausa) O sea, que esta es tu sesuda conclusión después de un denso verano de meditación. ¡Ja,ja,ja!

(DIEGO mira a PABLO como perdonándole la vida, como quien mira a alguien que sabe que, por mucho que le diga, nunca llegará a entenderle)

D.- No podía más, tío. Un día tras otro llenando mi cerebro de hechos, datos y malos rollos que carecen de utilidad práctica.

P.- ¿Carecen de utilidad, para quién?

D.- ¡Para mi vida, joder! Cien mil impactos al día, tío, que se escapan de mi ámbito de acción, ¿sabes? y que no me conciernen en absoluto.

P.- ¿Cómo que no te conciernen?

D.- El abuso de noticias, tío, es realmente tóxico para nuestro cerebro.

P.- Ah. Ya. ¿Y quién te ha mandado abusar? (Ríe, condescendiente) Qué jodío, Diego. Eres excesivo para todo.

D.- ¿Yo?

P.- Sí, siempre te ha encantado eso: pasar de un extremo a otro.

(DIEGO continúa apilando montañas de periódicos junto al fuego)

D.- Mira, ¿ves? Papeles para parar un tren. ¡Veneno, veneno en papel!

P.- (Partiéndose) Qué crack, chaval.

D.- Nos hacemos ilusiones al pensar que por acumular mogollón de noticias en nuestro cerebro o en nuestro cajón llegaremos a entender el mundo mejor.

P.- De eso se trata, ¿no?

D.- Al contrario, Pablo. ¡Al contrario! Todo lo importante que debemos saber sobre la vida, tío, no está en las noticias, sino que surge lentamente de nuestras propias reflexiones.

P.- ¿Y qué pasa, que las noticias no te ayudan a reflexionar?

D.- Ayudan, más que nada, a consolidar nuestros prejuicios. (Pausa) Para reflexionar necesitamos concentración, tío, que no nos interrumpan. Y las noticias están especialmente diseñadas para interrumpirnos.

P.- (Sardónico) No jodas.

D.- Clic, enlaces, pantallas, clic, clic, páginas, recuadros, clic, clic… Te pierdes, te desvías del tema, vas, vuelves, necesitas saber más, quién es más hijoputa, quién ha robado más, quién es ese otro que te hundirá…

P.- ¿Y tú prefieres no saberlo?

D.- Las noticias envenenan el cuerpo, tío. Son capaces de someter a un tipo con una vida relativamente tranquila a una situación de estrés crónico.

P.- Ah. Ya. (Cínico) Y por eso tú ahora prefieres vivir aquí.

D.- ¿En el campo?

P.- No, coño, ¡en la inopia! Sin papeles ni pantallas, sin asomarte a Internet y quemando en tu jardín las montañas que has ido acumulando de periódicos de papel. (Aplaude, burlón) ¡Genial! Y yo que me había tomado a broma lo de tu retiro espiritual…

(Larga pausa. DIEGO, ensimismado, mira el fuego con una sonrisa triste en los labios)

D.- ¿Sabes cuánto tiempo hacía que no leía un libro?

P.- ¿Qué?

D.- Dediqué tanto tiempo a consumir información que he perdido la capacidad de leer artículos extensos y libros.

P.- ¿Qué dices, tío?

D.- Y tú sabes, Pablo, que soy un ávido lector.

P.- ¿Pero qué…?

D.- Leía cuatro o cinco páginas y me cansaba, me aburría, me desconcentraba…

P.- (Pícaro) La edad…

D.- No, déjate de coñas. Te estoy hablando en serio, joder. Era un yonqui de la información, tío. Vivía ahogado entre sucesos respecto a los cuales no podía, ni puedo, hacer nada.

P.- Hombre, puedes saber por dónde andas, a qué atenerte… A mí eso me estimula, ¿sabes?

D.- No digas chorradas.

P.- En serio, coño. La mala hostia me da energía. (Estalla en una risotada)

(El fuego se ha avivado. PABLO enciende un cigarrillo y le ofrece otro a DIEGO. Pausa. Los dos fuman en silencio, con la mirada perdida)

D.- Al contrario, Pablo. ¡Al contrario!

P.- ¿Qué?

D.- Al escuchar historias sobre toda esta mierda…

P.- ¿Mierda?

D.- La vida, tío, no sé, las catástrofes que asolan todos los rincones del mundo. Al escuchar todo eso, tío, minuto a minuto, nos volvemos pasivos y nos vemos sumergidos en un estado de ánimo negativo, pesimista, fatalista…

P.- Vale, anda. ¿Entramos a echar un trago?

D.- No sirve de nada. Solo para perder la capacidad emotiva, tío, o de compasión hacia los demás…

P.- Bueno, vale ya.

D.- Incluso la ilusión por el futuro.

P.- Joder, ya veo que te ha dado fuerte, muy fuerte. ¿Vas a invitarme a un trago o pretendes tirarme a la hoguera?

(DIEGO arroja otro puñado de papeles al fuego. PABLO le mira un poco harto)

D.- No pienso dejar radicalmente de estar informado…

P.- (Burlón) Menos mal.

D.-… Ni de vivir de espaldas a lo que pasa en el mundo. Quiero dejar de ser adicto, tío.

(Por primera vez entre ambos surge una mirada cómplice, una sonrisa compartida)

P.- Pues nada. ¡Un gin tonic por el pirómano!

D.- ¿Sabes lo peor?

P.- ¿Hay más?

D.- Devorando noticias he dejado de escribir.

P.- (Con seriedad repentina) Diego…

D.- Es, no sé, como si se hubiera esfumado la creatividad…

P.- Gin tonic, tío. (Frente al dulce crepitar de las llamas, Diego hace ademán de continuar) Ginebra, tónica…

D.- Y…

P.- Chisst… No me cuentes más.

(Los dos amigos abandonan cabizbajos el jardín. TELÓN)

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 28, SEPTIEMBRE DE 2013.

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