Mentir en público

Op santi

Santiago Alba Rico / Creo que hay que ser más sutil y más sencillo. Veamos. La libertad de expresión es una libertad individual en la que, por eso mismo, debe intervenir muy poco el Estado, pero que, ni siquiera en la propia casa, tiene un alcance ilimitado. Como el ámbito privado está interferido por toda clase de relaciones de poder, ocurre que, bajo una dictadura, uno tiene miedo de alzar la voz en un café; y bajo un patriarcado una tiene miedo de llevar la contraria a su marido; y bajo una cultura racista uno finge estar de acuerdo con los blancos. En todo caso, el mecanismo que limita la libertad de expresión es siempre la “autocensura”, no siempre negativa: el sentido de la responsabilidad y hasta el buen gusto pueden llevar a callar en ciertas situaciones frases cuyos efectos podrían ser peligrosos y destructivos. En este sentido conviene recordar que también el silencio forma parte de la libertad de expresión y que ninguna ley puede obligarme a decir lo que pienso; ninguna ley, ninguna presión periodística o social puede forzarme, por ejemplo, a condenar el terrorismo; y, frente a este tipo de presiones, la defensa de la libertad de expresión me compromete a callar mis verdaderos sentimientos: “No te diré lo que me exiges decir, aunque sea exactamente lo que pienso”.

La libertad de expresión, en definitiva, tiene que ver –digámoslo así– con el alma. Tengo derecho a decir y a callar lo que pienso y, si soy dueño de un periódico, entonces tantos mis silencios como mis palabras privadas llegan a mucha más gente, y ganan o pierden así “autoridad”, pero sin que sea esta “autoridad”, de raíz cuantitativa, la que define el espacio público o común. Un periódico no es más “público” porque lo lea mucha gente o porque reúna muchas voces privadas sino porque –veremos enseguida– tiene el poder de seleccionar o, si se prefiere, “censurar” la mayor parte de esas voces. En este sentido las redes sociales han ensanchado la libertad de expresión –el círculo de la privacidad– pero no el espacio público. Facebook o Twitter me permiten, como en la canción, tener un millón de amigos y combinarlos orgiásticamente; y el Estado, que no tiene derecho a intervenir en una relación de pareja, tampoco lo tiene a intervenir en una orgía. Si las redes sociales tienen algo lateralmente “público” es porque los “personajes públicos”, hechos en otra parte, también intervienen allí. Las redes no facilitan el paso de lo privado a lo público; los privados siguen siendo privados y los públicos sencillamente se privatizan, al menos en la medida en que ahora puedo consumirlos bajo la forma de “amigos”.

La libertad de prensa contiene libertad de expresión, pero no la agota. Al contrario, la limita. Lo que llamamos democracia es el acto saludable en virtud del cual el Estado cede el monopolio de la censura a una multiplicidad de voluntades exteriores, de manera que cuantos más medios de comunicación asumen la tarea de seleccionar las voces privadas, y más numerosas son éstas, más libertad de expresión hay. Pero lo que define la libertad de un periódico o de una televisión no es tanto su derecho a decir lo que quiera como su derecho a decidir quién puede decir y quién no. El problema es que, bajo el capitalismo, este derecho a “censurar”, muy justamente sustraído al Estado, no recae en voluntades individuales, como corresponde a ese asunto privado que llamamos “libertad de expresión”, sino en empresas y corporaciones. Conviene aquí evocar un poco de marxismo pedestre: “La tierra para el que la trabaja”. Las palabras también. En estas condiciones, el periodismo no es de los periodistas, no es de los que lo hacen. Por eso, como ocurre en Cuba, en España hay grandes periodistas y un pésimo periodismo. ¿Alguien cree todavía que la propiedad de los medios y sus intereses partidistas, económicos e ideológicos, junto a los contratos precarios, no limitan al mismo tiempo la libertad de expresión de los periodistas individuales y el derecho a la información de los ciudadanos?

Porque esta es la cuestión. La esfera pública no se define por la expresión sino por la recepción. No se trata tanto de quiénes o cuántos hablan sino de qué se recibe. Lo que define la esfera pública no es el derecho individual a la expresión, que habrá que ensanchar pero que siempre estará limitado por la autocensura o por los órganos autorizados de selección; lo que la define es el derecho colectivo a la información veraz. Para que se entienda pondré un ejemplo. El saber, como quería Kant, o es público o no es saber; y su “publicidad” implica toda una serie de normas que regulan, por así decirlo, el intercambio académico. Un experimento, una investigación, incluso un examen universitario no tienen valor como muestra de la libertad de expresión de su autor sino, al contrario, en la medida en que éste deja a un lado sus opiniones y sentimientos para ajustarse a reglas comunes que solo podrán ser cuestionadas mediante la aplicación de esas mismas reglas comunes. El periodismo es un anfibio o un centauro; tiene dos cuerpos. El periodista debe defender su derecho individual a la expresión, lo que es complicado allí donde hay una dictadura o son las empresas capitalistas las que se apropian el espectro más o menos amplio del derecho a la censura. Pero el periodista debe defender, antes que eso, el espacio público o, valga decir, el derecho colectivo a la información veraz, lo que no es menos difícil si hay una dictadura o son las empresas y corporaciones las que, además de decidir quiénes y cuántos pueden hablar, deciden qué puede escucharse. Un periodista, por el hecho de serlo, pierde el derecho a mentir que conserva en cambio un seductor sin escrúpulos, un amigo envidioso o un niño cobarde y, si utiliza su libertad para eso, está atentando contra la democracia y merece el mismo desprecio y oprobio que un violador o un mafioso.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 43, MARZO DE 2016

Deja un comentario