Muertes súbitas en los ríos

Víctima en Trubia de un ahogamiento en el río Nalón. En la orilla está el Delegado del Gobierno en Asturias, Gabino de Lorenzo. Foto / Mario Rojas.

Víctima en Trubia de un ahogamiento en el río Nalón. En la orilla está el delegado del Gobierno en Asturias, Gabino de Lorenzo. Foto / Mario Rojas.

A muchos de los que se ahogan todos los años en los ríos españoles no los mata la naturaleza, sino el hombre. Buena parte de esos accidentes (?) mortales se deben a crecidas súbitas del caudal de las aguas por las sueltas en las centrales hidráulicas sin previo aviso. Las compañías eléctricas aseguran que tienen autorización para hacerlo. Hasta ahora los pocos que han iniciado la vía judicial para pedir responsabilidades a las grandes compañías y a las Administraciones han visto sus causas archivadas.

Patricia del Gallo / Periodista.

“Fue una cabronada. El río estaba grande y de repente desde la presa lo bajaron unos 20 centímetros, así que todos entramos a pescar. A los pocos minutos, la piedra que tenía delante desapareció bajo el agua. No me dio tiempo ni a recoger la caña. Salí corriendo y fui a buscar a Indalecio, que estaba a medio kilómetro. Lo encontré agarrado a un árbol, pero el agua estaba tan fría y yo no tenía nada con qué rescatarlo… Al final se soltó y aunque me tiré a por él, ya no lo vi más”. Lo cuenta Enrique Berrocal, presidente de la Asociación de Pescadores Las Mestas del Narcea. Es una tragedia que él vivió de cerca y aunque han pasado muchos años, diecisiete desde entonces, nunca la ha olvidado y, lo que es peor, tiene miedo de que vuelva a suceder.

La familia de aquel joven, Indalecio, que tenía entonces veintiocho años, intentó pedir responsabilidades por lo ocurrido. Varios testigos aseguraron ante el juez que el río empezó a crecer sin previa advertencia, porque desde la presa que gestiona EDP, entonces Hidrocantábrico, la de Soto de la Barca, se había soltado agua. No se pudo demostrar que esa fuera la causa de la muerte del pescador y el caso fue archivado. Pero no fue el único. Años después, en mayo de 2007, dos hermanos de Bilbao pescaban también en el río Narcea, concretamente en el coto de La Llonga. “De repente el agua empezó a subir  y dejé de verlo”, recordaba el hermano del fallecido. El pescador, Roberto San Juan, de veintiocho años, apareció horas más tarde, río abajo, ahogado. Desde el primer momento los ribereños achacaron la fuerte corriente del río, que bajaba con ramas, árboles y “hasta un venado”, a la apertura de las compuertas de la presa de Soto de la Barca y a ésta la muerte del pescador. Su familia  recopiló estos y otros testimonios y acudió a los tribunales buscando responsables.

Pero el caso se archivó, al menos por la vía penal. No se dieron por vencidos y ahora han logrado reabrir la causa por la vía administrativa en el Tribunal Superior de Justicia de Asturias. Su denuncia se dirige contra EDP, que es quien gestiona la presa, contra la Confederación Hidrográfica del Cantábrico, que es quien autoriza la actividad en los ríos, y contra el Principado, responsable último de los recursos naturales. Pero tienen pocas esperanzas. Lo dice el abogado bilbaíno que lleva el caso, Alfonso Ruigómez: “Lo difícil no es demostrar la crecida del río, porque los propios informes de la compañía eléctrica corroboran que aquel día, desde primera hora de la mañana hasta las doce, cuando se produce el incidente, la aportación de agua al río se multiplica por 20 o más” asegura el letrado. “El problema está en demostrar que la muerte de Roberto se debió a eso y no a que se cayó, o que sufrió un desvanecimiento y se ahogara”. Este es uno de los pocos casos en España que han llegado hasta instancias superiores y es la lucha de David contra Goliat, dice Ruigómez: “La de un pobre pescador contra grandes compañías energéticas movidas por intereses económicos. Nosotros pedimos que al menos esa familia que perdió a un ser querido sea compensada. Pedimos 300.000 euros”. Y sobre todo que la muerte de Roberto no haya sido en vano y que “se acabe con los desembalses indiscriminados en los ríos”.

La impunidad de las eléctricas

El fallecido y su hermano, como todo aquel que solicita un permiso de pesca, un documento  expedido en Asturias por la Consejería de Medio Ambiente del Principado, recibe una advertencia por escrito en la se le recuerda que en los ríos Narcea y Navia se registran crecidas, descritas como “variaciones bruscas de nivel por desembalses periódicos que podrían originar situaciones de peligro”. Y en esa advertencia se escudan desde la Administración cuando se producen accidentes. Sin embargo, desde la misma Consejería se reconoció por escrito ante el juez que las advertencias de ese tipo, “aun siendo de utilidad” para un pescador novato, “no le garantizan su seguridad si no conoce la hora en que se va a proceder al desembalse en cuestión, para así poder alejarse de la ribera”. Y va más allá el entonces jefe de la sección de Pesca, Agustín Muñoz, al señalar que HC “debería informar sobre los días y horas a las que suelta agua o, mejor todavía, establecer a lo largo del Narcea, desde la presa hasta el mar, un sistema de altavoces o de alarma acústica que avisase a los pescadores con veinte o treinta minutos de adelanto”.

Tareas de búsqueda de un desaparecido en el Nalón. Foto / Mario Rojas.

Tareas de búsqueda de un desaparecido en el Nalón. Foto / Mario Rojas.

Una advertencia que sorprendió entonces a los vecinos y a la propia asociación de pescadores de Las Mestas del Narcea, porque ésta es para ellos una vieja reivindicación. Reclaman desde hace años un sistema de avisos por SMS a los pescadores registrados una vez que el río rebase un determinado umbral. Pero eso dejaría fuera a los bañistas, por lo que creen que la colocación de sirenas a lo largo del cauce, que avisasen de las sueltas, evitaría sustos e incluso muertes. Y aseguran que no es un sistema caro, sobre todo si “tenemos en cuenta los grandes beneficios de las eléctricas”, sostiene Celestino Pérez, presidente durante dos décadas de la asociación de pescadores Las Mestas. Pero esta medida fue desestimada por la Confederación argumentando que la operación de arranque y apagado de turbinas es rutinaria, que se realiza incluso varias veces al día y que no sería operativo un sistema de sirenas que alertara varias veces a los vecinos. Y añade que estas actividades no implican una “alteración importante en el caudal del río” y que, puesto que a los únicos que esta actividad puede poner en riesgo es a los pescadores y la pesca está regulada por el Principado, “debería ser éste el que proponga los sistemas de aviso requeridos por los pescadores”. En caso de que incumplieran la norma, o el desembalse superara los niveles permitidos, sí sería la Confederación quien tendría potestad de penalizar a la empresa concesionaria.

No están de acuerdo los pescadores con que la actividad de las eléctricas no altera de forma importante el caudal del río y aseguran que en concreto la de la presa de Soto de la Barca, que abastece al embalse de Calabazos (por el pueblo que anegó), pone en peligro a los pescadores, bañistas y usuarios de la cuenca que forman los ríos Narcea y Nalón. “Todos hemos sufrido un susto alguna vez en el agua por este tema”, asegura Enrique Berrocal. “Es algo con lo que tenemos que lidiar porque las sueltas son a diario, sin horario ni cantidad fija. Depende de la demanda que tengan las eléctricas de generación de energía y sin respetar el caudal ecológico”. Ante esto EDP asegura que siempre ha cumplido la normativa y que los desembalses se ciñen a los límites establecidos. En el caso de la presa de La Barca el caudal máximo que se puede soltar, lo que llaman técnicamente turbinar, es de 110 metros cúbicos y la empresa dice que nunca ha superado ese nivel. Sin embargo para los usuarios de los ríos “esa subida”, que reconocen es legal, “te puede costar la vida”. Las crecidas también dependen de la época del año. Durante el deshielo, el aumento del nivel es más acusado. Si habláramos de una media, el nivel del río viene a crecer entre 40 y 50 centímetros. Además este cambio brusco es más peligroso cuanto más próxima está la presa. Por ello los pescadores acordaron suprimir el coto más cercano a la de Calabazos. “El riesgo de que te pille allí cuando sueltan es enorme. Hemos visto subir el agua hasta un metro en un minuto”, asegura Berrocal. “A esa velocidad si te pilla en mal sitio y despistado te puede llevar consigo”. Además ellos recuerdan que los pescadores llevan vadeadores, las botas que les suben de las rodillas en las que en cuanto entra agua “te hunden”. Por eso lamentan que “a nadie parece interesarle la seguridad de los que estamos en el río”.

Celestino Pérez lleva años criticando que las eléctricas actúen en los ríos con total “impunidad”. “Tienen licencia para hacerlo”. Se la da la Administración y quien dicta las normas es la Confederación Hidrográfica. “En teoría estas compañías tienen que compensar por los daños que su actividad en los ríos cause en el medio ambiente, como la disminución de peces, pero en la práctica sus dividendos no dejan de creer y no repercuten en los ríos, muchos menos en la seguridad de los que también tenemos derecho a utilizarlos pescando o bañándonos. Y si no es así, entonces que nos prohíban entrar al agua a todos”. Hoy en día, “no hay más desgracias -dice Pérez- de milagro”.

Pendientes de la cobertura

Hace tres años, la Confederación puso medidores en varios ríos, entre ellos el Narcea. Cada cuarto de hora actualizan el nivel del agua en su página web. Notifican pues las crecidas de los ríos por efecto de las lluvias o por desembalses, pero para los pescadores no es suficiente. “Nuestra seguridad depende ahora básicamente -dice el presidente de Las Mestas- de que tengamos batería y acceso a Internet en el móvil para que estemos todo el tiempo pendientes de la página web de la Confederación. Es algo, pero no es suficiente, y el riesgo sigue estando ahí”. Además, reconoce que el sistema informático se estableció por un mandato de la Unión Europa para medir la calidad de las aguas, “no porque lo pidiéramos nosotros”. Y advierte de que esos medidores no están cerca del embalse, “única manera de saber cuándo sueltan agua y calcular el tiempo en que la riada te va a pillar. Como están a medio cauce del río te avisan, pero si es mucha la cantidad tienes el tiempo justo de coger la caña y salir corriendo”.

Embalse de Soto de la Barca, en Cangas del Narcea. Foto / Jaime Santos.

Embalse de Soto de la Barca, en Cangas del Narcea. Foto / Jaime Santos.

Hugo, la última víctima

Dicen los pescadores avezados que notan las crecidas porque, en algunos ríos como el Trubia, la actividad de las truchas aumenta. Pero para los que estén en el agua bañándose no hay alertas. El pasado verano el niño Hugo García, de trece años, se estaba bañando en el Nalón a la altura de Trubia cuando la corriente se lo llevó. La zona, según los vecinos, no es segura por las corrientes de agua, pero ni él ni sus dos hermanos que jugaban en el agua a su lado lo sabían. El cuerpo de Hugo apareció a unos 50 metros de donde se bañaba y a cuatro metros de profundidad.

El alcalde de barrio de Trubia, Víctor Manuel Alonso, atribuye lo sucedido a una negligencia y al desconocimiento del lugar, aunque reconoce que “el baño, si es peligroso en muchos puntos del río, para pescadores y también para bañistas, debería estar prohibido y evitar sustos”. Algunos pescadores en cambio achacaron la desgracia al desembalse diario de la presa de Valdemurio en Quirós, gestionada por EDP. Uno de ellos, habitual de Trubia, Pedro Suárez, cuenta que el desembalse le cogió varias veces en el río, “y es muy peligroso porque viene de sopetón, lo llamamos ‘la ola’ y hay que tener siempre la salida del río enfocada en los ojos o estás perdido, es una avalancha de agua y siempre me pregunté cómo nunca había desgracias”. El propio alcalde reconoce que el nivel puede llegar a subir hasta medio metro. Un técnico, que no quiere ser identificado, asegura que el día del accidente de Hugo el agua subió con celeridad hasta 70 centímetros. No hubo denuncia ni investigación alguna para comprobarlo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 29, NOVIEMBRE DE 2013

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