Neonazismo ‘playu’

Un coche de policía patrulla en la zona de copas de Gijón durante una noche del pasado mes de agosto. Foto / Imanol Rimada.

Julián Mecegra / Periodista.

Hay noches fatídicas, y para Germán Fernández, un joven gijonés de veinticuatro años vecino de uno de los barrios obreros de la ciudad, el de Laviada, lo fue la del pasado viernes 14 de julio. Germán la empezó alternando con sus amigos por el barrio de Fomento, una de las mecas jaraneras de la ciudad, y la terminó con un traumatismo craneoencefálico severo y al borde de la muerte, tras ser brutalmente golpeado en la cabeza con lo que algunos testigos identificaron como una baldosa suelta de las obras de la calle Marqués de San Esteban. Desde entonces, y aunque su juventud y su fortaleza han matizado los pronósticos de los médicos, inicialmente muy sombríos, permanece inconsciente, respira a través de una traqueotomía y solo tenuemente responde a algunos estímulos. Al cierre de estas líneas, el alcance de sus lesiones cerebrales todavía se desconoce.

Durante las semanas inmediatamente posteriores a la agresión, tanto más salvaje cuanto todos los testigos aseguran que Germán no había provocado lo más mínimo a sus agresores, los medios asturianos fueron dando buena cuenta de los pormenores de la investigación policial, que rápidamente fijó los focos sobre tres jóvenes de 19, 20 y 18 años respectivamente: Imad A., Yeray V. R. y Rubén Á. H., de los que no tardó en informarse de que formaban parte de un grupo autodenominado La Manada y que, según confirmó la Policía, ya había protagonizado otros sucesos violentos en el pasado. Actualmente, están recluidos en el penal de Villabona. Otros dos jóvenes señalados por su presunta implicación en el suceso, Iván R. G. y David S. M., se encuentran en libertad con cargos después de haber pasado también varios días en prisión.

Los hechos así presentados no pasarían de constituir un mero incidente violento pero aislado, de los que tristemente sacuden de tanto en tanto en las zonas de marcha juvenil de todas las grandes ciudades, de no ser por algo que el sindicato CSI y los grupos antifascistas gijoneses no dejaron de señalar: la conexión que, según tales denuncias, los agresores de Germán parecen tener con las ideas neonazis y en particular con Ultra Boys, la barra brava del Real Sporting de Gijón, fundada en 1981 y en cuyo seno las ideas fascistas siempre han encontrado terreno fértil. Por las redes sociales fueron circulando dos fotografías que, tomadas de los perfiles de Facebook de los acusados, mostraban respectivamente a Yeray V. R. acompañado de un amigo vestido con un cinturón cuya hebilla remedaba una cruz céltica y al propio Yeray y a Imad A. formando parte de un grupo en el que uno de los miembros llevaba una sudadera de Hogar Social Madrid, el colectivo que se ha convertido en el gran emblema del neofascismo español, merced a una habilísima estrategia de renuncia a los símbolos franquistas y fascistas —solo ondean la rojigualda desnuda, sin escudo—, rechazo formal de la violencia y adopción controlada de algunos lemas y causas asociados a la izquierda, como la defensa de la lucha palestina, el obrerismo o el rechazo al tasazo universitario.

En otras imágenes difundidas por el antifascismo astur se demostraba que el gimnasio Gijón Fight Club, vinculado a Ultra Boys y frecuentado también por el grupo La Manada, es lugar de encuentro para los fascistas: en sendas fotos grupales tomadas del Facebook del propio gimnasio no es difícil detectar, entre las camisetas y sudaderas de los retratados, dos de los lemas en clave que el movimiento neonazi ha acuñado en los últimos años a fin de seguir proclamando estéticamente su ideología sin llamar excesivamente la atención: «HH» —«Heil Hitler»— y «AHTR» —«Adolf Hitler tenía razón»—. Quien, en una de esas fotos, llevaba la camiseta con este último acrónimo era además un niño de corta edad.

Ultra Boys rechaza tajantemente las acusaciones vertidas, asegura que las fotografías incriminatorias difundidas están trucadas y emitió un comunicado expresando su «total desvinculación de estos individuos que jamás han pisado las gradas de nuestro estadio y no son miembros de la peña», así como que su organización está «en contra de todo tipo de actos violentos en Gijón». Además, varios de sus miembros visitaron a la desconsolada madre de Germán en la sidrería en la que trabaja, le entregaron una camiseta del Sporting con el nombre de su hijo serigrafiado y participaron en una concentración convocada en homenaje al chico, donde fueron increpados por los antifascistas y miembros de la CSI allí congregados. La hermana de Germán agradeció el gesto de Ultra Boys.

Concentración de repulsa tras la paliza a Germán Fernández en el lugar donde se produjo. Foto / Radio Kras.

Admiradores de Ramiro Ledesma

Ultra Boys recibió, sin embargo, un apoyo que tal vez no quisieran que se conociera, porque no hace sino abonar la sospecha razonable que planea sobre las afinidades fascistas del grupo: el de la Iniciativa Reconquista Astur (IRA), que, además de desear «a Germán una pronta recuperación, mandar un abrazo a su familia y exigir que se aplique la ley con todo el rigor», denunció la «desvergüenza» de quienes, a su juicio, «criminalizan» a Ultra Boys «por cuestiones ideológicas».

Se trata de un grupo fundado en 2011 y que es uno de los tres que, inequívoca y orgullosamente neofascistas, operan actualmente en Asturias. Sus miembros son admiradores declarados de Ramiro Ledesma Ramos, el intelectual zamorano que, fusilado en 1936 por milicianos socialistas, había sido fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista —más tarde fusionadas con la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera— y, en palabras del hispanista estadounidense Stanley G. Payne, «el primer intelectual que definió un fascismo español relativamente claro y preciso». Y una de sus fuentes de ingresos es la venta de camisetas con otro de esos lemas encriptados pensados para camuflar las poco decorosas querencias hitlerianas de quienes los acogen: el número 7744 abrazado por una raíz cuadrada e inscrito en negro sobre un círculo blanco inserto a su vez en un fondo rojo. La raíz cuadrada de 7744 es 88 y la octava letra del alfabeto es la hache. 88 significa así HH: Heil Hitler. Los nazis del siglo XXI ya no visten bomber ni botas Doc Martens, sino que adoptan una estética inspirada en la del hooliganismo inglés.

Según aseguran los antifascistas gijoneses, el entorno neonazi por excelencia en la ciudad sigue siendo el Fondo Sur de El Molinón, y el fútbol en general el gran banderín de enganche para nuevas hornadas de neonazis adolescentes que, atraídos por la animación de la grada ultra, van siendo socializados después en las ideas fascistas en los bares, gimnasios, fiestas y otros eventos que comparten con los miembros mayores y más ideologizados de Ultra Boys. Tan imbricados están el ultraísmo futbolero y el neonazismo, al menos en Gijón, que —siempre según la versión de los colectivos antifascistas— las fluctuaciones en el número de neonazis que se mueven por la ciudad están directamente vinculadas a los ascensos y descensos del Sporting. «Cuando el Sporting sube a Primera, rápidamente aparece toda una nueva hornada de nazis jóvenes; lo notamos enseguida», cuenta un militante antifascista de la ciudad.

Este extremo no ha podido ser confirmado con fuentes policiales, porque la información que sobre el neofascismo asturiano maneja la Policía es estrictamente confidencial; pero fuentes policiales extraoficiales sí confirman al menos que la conflictividad juvenil ha aumentado considerablemente en Gijón en los últimos años. La Delegación del Gobierno tampoco atendió la llamada de esta revista.

En Gijón, y no en Oviedo: la capital asturiana parece hoy menos propicia para el auge del neonazismo, tal como confirman los propios antifascistas gijoneses. A diferencia de Ultra Boys, Symmachiarii, la barra brava del Real Oviedo, no tiene una orientación política clara, y practica más bien una especie de hooliganismo apolítico. También son violentos, pero sus rivalidades son meramente deportivas, no políticas, y emprenden tal violencia solo contra los grupos ultra de clubes rivales, y especialmente contra Ultra Boys.

El otro gran enemigo de estos últimos es la UC Ceares, una histórica entidad balompédica gijonesa que a punto estuvo de desaparecer hace algunos años, pero fue reflotado en forma de club de accionariado popular, y cuya afición exhibe una clara filiación izquierdista. «Nunca van a ver al Sporting B, pero cuando juega en Ceares van todos», cuenta un aficionado cearista que también asegura que «van más a por los del Ceares que a por los de Indargorri [los ultras abertzales del Club Atlético Osasuna] cuando vienen». Los muros de La Cruz, el campo de fútbol del Ceares, amanecen de tanto en tanto atacados con grafitis de esvásticas, cruces celtas y mensajes amenazantes. También se registró una agresión hace años por parte de un grupo violento que se presentó en La Cruz antes de un partido.

Siempre según la información aportada por los colectivos antifascistas, actualmente, y tras un breve período de inestabilidad interna, la sección hegemónica dentro de Ultra Boys es Salvajes Langreo, y quien más manda en el grupo es un exmilitar de treinta años de edad, que estuvo destinado en Afganistán pero fue expulsado de las Fuerzas Armadas tras protagonizar una violenta pelea. Se le llegó a implicar hace tres años en la trifulca entre ultras del Atlético de Madrid y el Deportivo de La Coruña a la vera del Manzanares que acabó con la muerte del ultra deportivista Francisco Javier Romero Taboada, conocido como Jimmy; aunque finalmente fue puesto en libertad. Otro de los miembros clave de la barra brava gijonesa al que señalan los antifascistas locales es un joven boxeador a quien implican en palizas a homosexuales y que, siempre según estos testimonios, se encargaría de acaudillar a los ultras más jóvenes. Los nombres de ambos son bien conocidos por la Policía.

Los Ultra Boys en el Fondo Sur del estadio de El Molinón. Foto / Paco Paredes.

El Club de la Lucha

Ultra Boys, y particularmente Salvajes Langreo, mantiene una estrecha relación con otro de los tres grupúsculos asturianos autodenominados patriotas: Acción Social Asturias, lo más parecido que hay, salvando las distancias, al Hogar Social Madrid en la región. ASA organiza recogidas de alimentos y ropa de abrigo —y de juguetes en Reyes— solo para nacionales, que siempre tienen lugar frente al Alimerka que ocupa uno de los bajos comerciales de El Molinón. Sus miembros cuentan con el respaldo explícito de Salvajes Langreo. «Secundamos de nuevo esta iniciativa: ayudar de forma altruista y sin apoyos oficiales no puede ser criminalizado», proclamaba el grupo en Twitter el pasado 24 de febrero, día en que se celebró una de las mencionadas recogidas de alimentos.

El tercer grupo patriota es Asturies non Conforme, un colectivo que, curiosamente, pese a su clara ideología neofascista, reivindica la llingua y tiene como lema «el glayíu de la xuventú asturiana».

El gran sanctasanctórum de Ultra Boys en Gijón, además de los bares 1905, Limón y Luces de Bohemia, es el gimnasio Gijón Fight Club, cuya ubicación es semisecreta —en su página de Facebook se presenta como «club privado», y no en vano toma su nombre del Club de la Lucha que en una famosa película de 1999 protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt tenía como primera de sus reglas que nunca se debe hablar del propio Club de la Lucha— y al que durante sus comienzos, según aseguran los antifascistas gijoneses, se llevaba a quienes lo visitaban con los ojos vendados para que no arruinaran dicho secreto. Los antifascitas aseguran que en ese tipo de locales se enseña a la joven hornada de ultras disciplinas como el krav maga y otras técnicas violentas que después utilizan en sus palizas y peleas, y se hace proselitismo neonazi. Esta revista intentó contactar sin éxito con Gijón Fight Club.

Los grupos antifascistas gijoneses no dejan de denunciar la impunidad de que, a su juicio, disfruta Ultra Boys. «Son los putos amos de la ciudad», dice un militante antifascista que atribuye esa impunidad a la buena consideración que los Ultra Boys mantienen en Gijón debido a su apoyo incondicional al equipo. «Creíamos que la pelea con los del Sevilla de 2009 iba a ser el tiro de gracia a Ultra Boys, pero no lo fue. Después creímos que lo sería la pelea con los del Génova en 2011, pero no lo fue. Después creímos que lo sería lo de Jimmy y después los insultos racistas a Iñaki Williams, pero no lo fue. Después que lo sería lo de Germán, pero tampoco lo fue. A Ceares van a pintar esvásticas y a cantar el himno de la División Azul, y yo no sé qué tiene que pasar en esta ciudad para que cambie la actitud hacia ellos de una vez», lamenta.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 52, SEPTIEMBRE DE 2017

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