Para que no caigamos en la enajenación

Protestas del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. Foto / Patricia Simón.

Protestas del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. Foto / Patricia Simón.

Patricia Simón / Periodista.

Mientras yo trabajo entusiasmada en el siguiente proyecto sin que se me pase por la cabeza contrastar las horas presupuestadas con las finalmente dedicadas, en mi tejado un joven empapa su camiseta de sudor intentando reparar la antena que he tenido que instalar para tener Internet en la zona rural en la que vivo. Sube y baja por la escalera, recorre la aldea buscando el punto en el que se pierde la señal, se traslada al pueblo de enfrente para ver si las ondas están emitiéndose correctamente. Él tampoco presta atención a cómo pasan las horas, afanándose en darme el mejor de los servicios. Hace unos días estaba en Jaén, reparando antenas de radio-enlace. Mañana estará en Pontevedra haciendo lo mismo. Y no me cabe duda, viéndole trabajar como ya le he visto en otras ocasiones, de que en cada uno de sus destinos pondrá todos sus conocimientos y energía en hacerlo lo mejor posible.

Mientras yo trabajo buscando un nuevo enfoque informativo, sin saber cuánto me pagarán por el próximo artículo, mi vecino se deshidrata intentando que su ternerito consiga mamar. Tiene 17 días, los mismos que Kiko lleva olvidándose de desayunar o despertándose en mitad de la noche para ayudar al animalillo a beber de las ubres de su madre. Es todo un espectáculo verle inventándose trucos para que el cachorrito, que me mira aún con sus ojos azules de recién nacido y me chupa el pantalón como claro signo de que tiene hambre, consiga alimentarse por sus propios medios.

Mientras yo me he decidido a escribir este artículo, María friega las escaleras de una comunidad de vecinos hasta dejarla como los chorros del oro. Tiene que quitar mucha mierda para poder sumar 600 euros al mes, pero nadie le quitará el orgullo de ser la que mejor limpia, la satisfacción que le provoca el olor a pino cuando sale de puntillas para no ensuciar el suelo lustrado antes de cerrar la puerta a su salida. La vida a veces es una mierda, y más cuando le duelen los riñones al final del día. Pero al menos ella puede andar con la cabeza bien alta. Como Susana, una de sus empleadoras, a la que le generó tantas dudas contratar a alguien para que hiciera las tareas de su hogar. Su formación feminista le había enseñado que la incorporación de la mujer al mercado laboral sin la construcción de una verdadera sociedad igualitaria se había hecho, en gran medida, a costa de subcontratar a mano de obra precarizada y/o extranjera las tareas de los cuidados de la casa, de los menores y de los ancianos. Sabía que por mucho que tuviera un sueldo de mierda, eso no justificaría que pagara una miseria a la persona que adecenta su hogar, recoge a sus niños del cole, les da de comer y les cuida con tanto amor como el que a ella le gustaría darles todos los días y que, demasiado a menudo, se le queda dentro en medio de tantas obligaciones. Pero al final se había rendido, exhausta ante la imposibilidad de no llegar a todo, de tener un compañero tan progre como ella, pero que también tenía largas jornadas laborales y al que, antes de contratar a María, solo veía en casa para discutir sobre su pasotismo con las tareas domésticas. Susana y Alberto lo dan también todo en el trabajo, aunque nunca hayan conocido a los verdaderos beneficiarios de sus esfuerzos, unos alemanes que no sabrían situar en el mapa su pequeña ciudad.

Mientras yo me decido a escribir sobre ellos, Nacho pone el mismo mimo en hacer posible la instalación eléctrica que África le ha encargado para la frutería que se ha lanzado a abrir –cansada de no encontrar trabajo como periodista– que cuando hace fotografías como voluntario de una ONG. Ana hace cursos gratuitos online para seguir ampliando su cartera de servicios como programadora y dejar de vivir al día. Ramón lleva horas buscando la mejor música para el último vídeo que le han encargado y que montará siguiendo con el dedo el ritmo del bajo. Mariví prepara ya un nuevo menú con el que mañana se chuparán los dedos los trabajadores del hotel en el que trabaja. Violeta hace tiempo leyendo durante las tres horas que tiene de descanso en su primer trabajo como óptica, en un pueblo lo suficientemente cerca del suyo para no compensarle alquilar una vivienda y demasiado lejos para volver a casa para comer. Esta tarde enseñará a un niño a ponerse sus primeras lentillas para poder hacer deporte sin miedo a que un pelotazo le llene los ojos de cristales. Mi padre lleva, como toda su vida, muchas horas ya de pie detrás de un mostrador. Sus tobillos amoratados por los problemas de circulación que todo el que haya estado unas horas de pie detrás de un mostrador conoce, no le quitarán ni un ápice de simpatía y ganas de atender lo mejor posible a los clientes que vayan llegando. Como él, mi madre, que ha dado su vida para que sus hijas pudiéramos elegir con libertad la que nosotras quisiéramos, sigue a estas horas manteniendo impecable el hogar y toda la vida que genera a su alrededor: plantas, nuestra perrita René, costura, huerto, comida… Mi hermana Jose ya está pensando en apagar el ordenador después de que, como cada mañana, se despertara aún de noche para empezar su jornada laboral. A mi hermana Lucía le quedan aún horas de experimentos sobre el cáncer en el laboratorio en el que trabaja. Cuando llegue a casa, abrirá su ordenador para repasar lo que lleva escrito de su tesis doctoral y sumar nuevos hallazgos.

El dolor es real

Mientras, el señor Soria se pavonea de habernos tomado el pelo una vez más al postularse para seguir viviendo del cuento como director adjunto en el Banco Mundial, después de que tuviera que dimitir por tener sociedades en el paraíso fiscal de Panamá. Mientras, personas que nunca han sabido lo que es realmente trabajar cobran varios miles de euros por decirnos lo que tenemos que hacer y que pensar, pero, sobre todo, para convencernos de que nos tenemos que resignar a que los jóvenes tengan que migrar para buscarse una vida digna; a que los migrantes tengan que morirse de asco y de dolor bajo los palos de los policías marroquíes malviviendo en el monte Gurugú, esperando su oportunidad para venir a Europa; a que los refugiados sean apaleados por la policía húngara cuando intentan continuar su éxodo hacia un país europeo que les acoja; a que los autónomos tengamos que tributar proporcionalmente más que Apple; a que los asalariados tengan que dar las gracias por un trabajo aunque éste no les saque de pobres; a que a las personas en situación administrativa irregular se mueran porque la sanidad ya no es universal… A que no haya un horizonte donde la dignidad sea el mandato social.

Pues mientras la mayoría de las personas hacen lo que pueden y lo mejor que pueden –en un ecosistema laboral que, cada vez más, enferma, entristece y capa habilidades sociales y creativas–, nos vemos gobernados por personas que, en muchos casos, no nos inspiran la valía ni la admiración que los líderes deberían gozar para contar con la legitimidad de gobernarnos. Que se nos intente hacer creer que a todo lo que podemos aspirar es a que nos gobierne un partido imputado por robar sistemáticamente a todas estas personas que desde que se levantan hasta que se acuestan ponen todo su talento, formación y energía en ganarse la mínimamente la vida, es una burla dantesca.

Históricamente se ha tachado de dementes a los disidentes, a los que representan un peligro para el statu quo. Encerrarlos en un manicomio era la forma más eficaz para erradicar su mensaje y ejemplo. Estos días estamos asistiendo a cómo los poderes fácticos –con toda una batería de mentiras, manipulaciones y demostración de su poder en los medios de comunicación– buscan enajenarnos para convencernos de que lo que tenemos es lo único posible y que los que pedimos un horizonte de dignidad somos unos locos que pedimos lo imposible.

Por eso necesitamos urgentemente nuevas fuentes de información que nos recuerden que no estamos locos. Porque, como escribía en un magnífico artículo Soledad Gallego Díaz en 2006 –dedicado a las violaciones de derechos fundamentales sufridas por los palestinos, pero generalizable a cualquier escenario de abusos–,“dicen que el dolor es real solo cuando consigues que otro crea en él. Si no lo logras, tu dolor es locura. Es necesario creer en el dolor de los palestinos, acosados, atacados, asesinados, para que no caigan en la locura: hay que reconocer su dolor real, dar testimonio público de su sufrimiento, de su soledad y de su amargura, para evitar que caigan en la enajenación y en el suicidio”.

Información y nuevos relatos que desmonten los que buscan nuestra enajenación y suicidio. Por toda y para toda esa mayoría social que construye mientras unos pocos quieren que seamos yermos.

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