No son los sindicatos que necesitamos

Una manifestación convocada por los sindicatos, cuyas relaciones con los afiliados han cambiado mucho en los últimos años. Foto / Mario Rojas.

Una manifestación convocada por los sindicatos, cuyas relaciones con los afiliados han cambiado mucho en los últimos años. Foto / Mario Rojas.

Mario José Diego Rodríguez / Trabajador de la metalurgia y militante sindical prejubilado.

La Ley Mordaza no es solamente un producto elaborado por el Gobierno del PP para hacer frente a las protestas que su política antisocial generaban, es también –aunque en este caso no sea ni una ley ni se llame así– una práctica constante en las burocráticas cúpulas sindicales.

Una de las actividades preferidas de la cúpula UGT-Asturias es interponer demandas contra la revista ATLÁNTICA XXII y en la última, la cuarta, llevada a cabo por Donaire y su esposa, estaba incluido también Cándido González Carnero. Demanda que, como las tres precedentes, también ha sido desestimada por el Juzgado de Primera Instancia Número 2 de Oviedo, tanto en la parte que concierne a ATLÁNTICA XXII como la que afecta a Cándido González Carnero.

No obstante dicha sentencia ha sido recurrida por Eduardo Donaire y la Audiencia Provincial de Oviedo, en el fallo dado a conocer el 13 de julio, admite parcialmente el recurso de apelación hecho por el dirigente sindical. Siempre he creído que cuando una sección sindical o un sindicato apelaban la intervención de la Justicia era para atacar a la dirección de una empresa por incumplir los Convenios o por acoso a sus trabajadores.

Sí, así lo creía, pero eso que yo creía debía ocurrir cuando los sindicatos se consideraban aún como una herramienta para defendernos de los ataques de la patronal y para conquistar nuevos derechos en espera de apoderarnos de los medios de producción para socializarlos.

Debía ocurrir cuando los líderes sindicales tenían por objetivo de educar y preparar a los trabajadores más conscientes en el sindicato para tomar las riendas de éste cuando dichos líderes se encontraban confrontados a la represión, ya sea patronal o del aparato de Estado. Debía ocurrir cuando los afiliados se consideraban como militantes y se preguntaban cómo y en qué podían contribuir para que la influencia del sindicato entre la clase trabajadora progresara. Debía ocurrir cuando los sindicatos, más allá de los propios líderes, tenían el objetivo de concienciar al conjunto de la clase trabajadora de su propia fuerza.

Hoy no ocurre. Hoy las estructuras sindicales se consideran, en el mejor de los casos, como una institución, en el peor como una empresa. Hoy esas estructuras sindicales no combaten las decisiones de la patronal, las acompañan, según ellas, para que estas decisiones sean menos dañinas que lo serían sin su interposición. Hoy en los sindicatos, los afiliados, militantes sinceros y parecidos a los que militaban en los orígenes son desgraciadamente una minoría. Mayoritariamente, encontramos afiliados que no se preguntan lo que pueden hacer por el sindicato, sino que puede hacer el sindicato por ellos. Hoy hay afiliados que consideran el sindicato como una compañía de seguros y para quienes pagar una cotización significa tener un seguro laboral.

Esta situación no solamente es aceptada por las cúpulas sino incluso deseada. Su discurso: “Vosotros cotizad y apoyadnos, que por lo demás ya lo arreglamos nosotros”, es su credo. En estas condiciones, que surja en el sindicato una casta inamovible, una burocracia que quiere que todo lo que dice y hace sea considerado como palabra divina, es inevitable, que solo ella sabe lo que es bueno o malo y que sus decisiones son incuestionables, es lo corriente.

Y que esa burocracia ataque a todo aquel que pone en duda su existencia, que pone en duda sus posiciones, es vital para su subsistencia, incluso si eso pasa por denunciar en los tribunales tanto a un periodista como a un trabajador, este último, militante sindical, que toda su vida luchó contra la dictadura económica impuesta por la burguesía. No, no es este modelo de sindicato que necesitamos y no me cabe la menor duda que para volver al modelo original tendremos que acabar con esa burocracia –auxiliar de nuestro enemigo de clase que es la patronal– botándolos fuera de los órganos de dirección.

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