Nueve segundos, y visto

Mariano Antolín Rato / No llega a los diez segundos lo que un visitante se detiene ante una obra de arte en un museo o galería. Al menos esa es la media habitual establecida por unos doctos cronometradores que durante meses se han ocupado de tal asunto. Como sería bastante latoso detallar los procedimientos empleados, se hará lo mismo que con los datos de las encuestas ofrecidas por los medios de comunicación. Y, así, se considerará más o menos digno de crédito que son nueve segundos lo que la gente pasa delante de, por ejemplo, un cuadro. Que durante ese escaso tiempo esté extasiada por su belleza, o haciéndose un selfie, o simplemente cumpliendo un rito turístico, se deja de lado. También las horas que pasan en las colas para entrar a las exposiciones estrella, o comprando en las tiendas de los museos, una de las principales fuentes de ingresos de estos; aparte de las subvenciones, claro.

Pero ahora no me voy a referir una vez más —se ha repetido hasta el aburrimiento— a la función casi eclesial que desempeñan ciertas exposiciones. Pues que la gente dedique parte de su ocio a ver antológicas de la obra de El Bosco, Dalí, Antonio López, Bill Viola, entre otras más de asistencia masiva, ha sustituido a otros ritos. Es como si, durante esos nueve segundos multiplicados por cada obra mostrada, se asistiera a una ceremonia ajena a las ocupaciones cotidianas que, encima, y dado el valor económico y estético establecido oficialmente, eleva a mundos extraterrestres, antes llamados celestiales.

Mi intención se centra en agradecer la labor de quienes, aparte de organizar muestras que saneen sus elevados presupuestos, se arriesgan a ofrecer exhibiciones de obras de las que disfrutarán personas dispuestas a emplear en su contemplación más de los nueve segundos de marras. Suelen ser de artistas que en su momento quedaron relegados por los especialistas de prestigio, o nuevas manifestaciones que aún no han sido entronizadas por los museos o no alcanzan esos precios absurdos de las subastas. Artistas marginales, pues, a los grandes circuitos globales cuyas visiones, hechas estética, ofrecen mundos inexistentes hasta que nos los ofrecen.

Entre ellos, últimamente, me he encontrado con varios que se dedican al videoarte que me han entusiasmado. De algunos conocía su existencia por fotos que acompañaban artículos en revistas especializadas. Pero otros constituyeron una auténtica sorpresa. Y mantenida durante sucesivas visitas.

Estrella de Diego, una crítica de arte con la que suelo coincidir, señalaba hace poco un inconveniente importante de ese tipo de exposiciones. Y cómo, y sobre todo los museos, no han conseguido resolver la contemplación de esos vídeos. Quien se enrolla con ellos normalmente se los encuentra empezados y duda si esperar, lo mismo que pasaba antes en las sesiones continuas de los cines, el final, y luego quedarse hasta donde había empezado a verlos. O qué hacer.

No mencionaba, sin embargo, lo que para mí es el mayor inconveniente. La incomodidad que suponen los lugares de asiento habitualmente ofrecidos; si los hay, que no siempre. Por lo general consisten en unos cubos de madera sin respaldo y unas aristas que se clavan en la parte interior de las rodillas. Parece como si la contemplación de las obras supusiera una especie de prueba espiritual y, sobre todo, física. O quizá pretendan que quien está viendo la obra no supere demasiado el tiempo de permanencia medio.

Un caso que he padecido esta primavera fue el de las proyecciones que el Museo Reina Sofía, de Madrid, ofreció de Bruce Conner (1933-2008). Californiano y autor, entre otras cosas, de conocidos carteles de conciertos de grupos de rock psiquedélico de la década de 1960 (ya he explicado varias vedes por qué prefiero este termino al más habitual de “psicodélico”), se proyectaban películas suyas que, en mi opinión, son lo más parecido a un viaje de ácido (LSD), y que exigían para disfrutarlas al menos unas tumbonas.

Pues nada. A sentarse en los cubos del suplicio. ¿Nos darán la satisfacción de sustituirlos, aunque solo sea por una de las envidiadas sillas de los vigilantes de la sala?

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 52, SEPTIEMBRE DE 2017

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