Obona, ni siquiera la lluvia

El Monasterio de Obona muestra esplendor y abandono a un tiempo. Foto / Imanol Rimada.

Rafa Balbuena / Periodista.

La iglesia y monasterio de Santa María La Real de Obona, en Tineo, es uno de esos conjuntos arquitectónicos que, por caprichos del destino, se vuelven espejo de la Historia, reflejando el devenir del lugar donde se emplazan. Igual que Tineo es solar de familias de prosapia que no volvieron (léase los Riego, Campomanes, Maldonado…), Obona, que existe al menos desde el siglo XIII, fue todo un símbolo de poderío económico y social durante la Edad Media. Su esplendor se extendió hasta la época del Barroco, pero hoy es poco más que una anotación en los manuales de Historia del Arte o una cruz en el mapa jacobeo. Atajar su decadencia ha sido uno de esos caballos de batalla que nuestros políticos sacan a relucir de vez en cuando para captar la ilusión –y de paso, los votos– de una población, la del Occidente asturiano, en claro retroceso y con una media de edad muy elevada. Justo al revés que sus expectativas de futuro, que caen en picado en paralelo a la tasa de natalidad.

Pero eso es solo reflejo. Para mirar la imagen real, basta ponerse frente al Monasterio. Y cruzar su puerta y caérsete el alma a los pies es todo una misma cosa. Su estampa, desde fuera, invita a achacarle lo bueno y lo malo de cualquier convento rural del pasado: vetusto, con la solera un poco rancia que se presupone a todo lo medieval, pero con la dignidad serena de casi mil años en pie sin caer en la ruina de tantos casos similares. No es muy grande, tampoco muy pequeño; pero su mampostería, de firmeza sólida y espadaña apuntando al cielo, invitan a dar por sentado que el interior ha resistido el paso del tiempo con la misma entereza que aparenta por fuera.

El interior del Monasterio de Obona deja ver un evidente deterioro. Foto / Imanol Rimada.

Nada que celebrar

Pero ninguna promesa, ni las institucionales ni las que sugiere la vista, se cumple al traspasar la puerta de entrada. La iglesia, parte principal del conjunto y única a la que todavía se da uso cada cierto tiempo, es oscura y, valga la expresión, desangelada. La luz eléctrica con que cuenta el recinto, unas pocas bombillas, ni está indicada ni funciona, aunque la claridad que se filtra por las ventanas y saeteras permite ver todo con bastante detalle. Quizá fuera mejor que no: a la derecha, junto al coro, está la estructura vacía de lo que en su día fue el órgano. Sin tubos, ni teclado, ni pedales, hoy no es más que una caja de madera medio rota y pegada a la pared. Los bancos, una decena, están dispuestos en orden y sin apolillar, aunque se ven antiguos y polvorientos.

Las imágenes sagradas, razonablemente bien conservadas, tampoco se sustraen al ambiente de olvido que lo impregna todo: una Virgen sin niño, más sola que nunca; un par de tablas al óleo, oscurecidas y poco definidas; o la capilla lateral, con un par de candeleros como mayor ajuar. En la penumbra de un reclinatorio se apilan, sin aspecto de haber sido repartidos, unos cuantos ejemplares de la hoja parroquial del Arciprestazgo del Occidente. En la cabecera, la fecha de edición: 1 de abril de 2017; estamos a finales de agosto y nadie se ha molestado en retirarlos. Quizá sea que nadie, efectivamente, haya entrado aquí desde entonces. O que no se haya vuelto a celebrar misa porque en este lugar, con toda propiedad, no hay mucho que “celebrar”. En esta tesitura, no es de extrañar que la espléndida talla del Cristo románico, que yace colgado del transepto y preside el silencio de la iglesia, parezca aún más doliente de lo que su anónimo autor se propuso concebir.

El pintor Manuel García Linares en el claustro de Obona. Foto / Imanol Rimada.

Abandono completo

Manolo García Linares, pintor reconocido, impulsor de diversas actividades culturales y empresariales en Tineo y crítico, pero no de arte sino en el sentido de poner el dedo en la llaga y decir en alto cosas que a algunos no les gusta oír, nos sirve de guía en esta visita. Él mismo relata, mientras examina las piezas y rincones del templo, que Obona debería ser un punto de referencia del Camino de Santiago en Asturias, pero que tras mil promesas que quedaron en nada ha acabado siendo “un ejemplo de cómo va muriendo Tineo y toda la zona del Occidente”.

Sin salir de la iglesia, en la nave derecha puede leerse sobre un portón: “Obras: prohibido el paso”. Se puede leer, sí, pero hay que fijarse mucho. Manolo, como experto cicerone, nos lo mostrará con sorna ya al final, porque al entrar no ha habido forma –ni ánimo– de reparar en él. Cruzamos el portón y entramos en el convento propiamente dicho. Tras un pasillo, el claustro. Aunque nunca fue completado, las columnas atestiguan la buena factura de la obra original. En un extremo, al fondo, una pequeña fuente, de la que aún hoy mana agua, nos recuerda una de las razones de por qué los monjes cistercienses no elegían al azar el lugar donde levantar sus cenobios. Al otro lado del pasillo, un pupitre escolar, no sabemos si del siglo XX o del XXI, descansa volcado de cualquier manera sobre el suelo, rompiendo la sensación de dejadez contenida para pasar a la de abandono completo que nos vamos a encontrar a partir de ahora. Y no es una metáfora: pintadas vulgares en la pared desconchada, un habitáculo lleno de restos de basura y botellas, otro con las vigas por el suelo, restos de una hoguera en una esquina, el musgo y el verdín invadiendo las grietas que surgen aquí y allá…

Subimos al piso superior, donde en 2008 la Consejería de Cultura acometió unas aparatosas obras de mejora que no han servido de mucho. Según Linares, “iban a ser para hacer un montón de cosas: cursos, actividades, qué se yo… Pero si no se crea un plan organizado, bien definido, para que entren personas y actividades continuamente, ¿cómo no va a quedar esto abandonado? ¿Qué es, que alguien cree que la gente va a venir aquí solo para ver este suelo?”. Se refiere al piso nuevo de parqué y a las habitaciones reformadas durante aquellos trabajos, los últimos hasta la fecha. Han resistido la humedad y no muestran el deterioro que la falta de uso impone a cualquier monumento olvidado, pero el choque estético entre lo medieval y lo actual “canta”.

Y a atenuar el efecto no ayuda, precisamente, la abundancia de excrementos y egagrópilas de lechuza que salpican todo el pasillo. Las arañas que corretean por los cristales y la huellas en la pared de los murciélagos que anidan en el alero, dentro y fuera de la galería, solo demuestran que Obona, de momento, sirve de refugio únicamente a algunas especies de fauna. No, desde luego, a los peregrinos a Santiago que, según Linares, “podían tener aquí un albergue, habilitando la parte del cenobio como habitaciones. No iba a ser costoso, y sería el uso más lógico teniendo en cuenta que los peregrinos, que todos pasan por aquí, no tienen con qué hacer parada”.

Un hecho un tanto sangrante ya que el monasterio de Obona, igual que el de Bárcena del Monasterio, situado siete kilómetros más adelante, es hito señalizado del Camino primitivo del Norte. Manolo considera que “esto es lo que ocurre cuando las subvenciones, en vez de emplearse para sembrar algo, se usan y se tiran”, añadiendo con el mismo sarcasmo de antes que el mal uso de lo público, en general, es desde hace más de veinte años “una enfermedad endémica de esta zona de Asturias”.

Interior abandonado del Monasterio de Obona. Foto / Imanol Rimada.

Olvido y vacío

¿Y cómo se ha llegado a esta situación? ¿No se ha movilizado nada ni nadie contra esto? Linares aclara que “hacia finales de los años setenta se constituyó Amigos del Monasterio de Obona, que surgió como una plataforma para potenciar todo el concejo de Tineo, con Obona como símbolo, pero sin pretensiones de ser plataforma institucional ni un modo de coger subvenciones”, reitera. Uno de sus integrantes activos era Manuel Fernández de la Cera, aunque Linares asegura que el espíritu original empezó a torcerse “cuando llegó a consejero de Cultura; desde allí propuso hacer más cosas, y obtuvo unos fondos públicos para arreglar el tejado y parte del cenobio”.

A partir de ahí, mediados los años ochenta, la actividad se detuvo y comenzó una nueva etapa de olvido para Obona, que, a pesar de ser declarado Monumento Nacional en 1982, se quedó “igual que van quedando los pueblos de aquí: vacíos”. Más adelante, prosigue Linares, el relevo ciudadano “lo tomó de alguna forma Salvemos Obona, un colectivo con gente de Madrid y de aquí, para luchar por este monumento y por el monasterio vecino de Bárcena, haciendo un esfuerzo común. Y eso es algo que siempre está bien, pero…”. El silencio lo responde un vistazo a cualquier rincón del recinto. En realidad basta con asomarse a la rectoral, pieza adosada al exterior del monasterio, para entenderlo todo. Si bien no hace tanto fue la casa del párroco, hoy es un rincón desvencijado, sin puertas, inhabitable, repleto de maleza y basuras.

Fuera, más silencio, solo roto por la segadora de uno de los pocos vecinos que conserva Obona, el graznido de un cuervo o, un poco más tarde y con más insistencia, el ruido de la lluvia, que se deja sentir fuerte y bien. Ella, al parecer, es la única que viene de visita por aquí constantemente. O ni siquiera.

Bárcena del Monasterio, aún peor

Exterior del Monasterio de Bárcena. Foto / Imanol Rimada.

Más que un tópico, la frase que dice “siempre se puede estar peor” debería considerarse una certeza matemática. Bárcena del Monasterio, a solo siete kilómetros de Obona, viene a ser el “pariente pobre” de Santa María La Real. También de factura románica, datada en el siglo XIII y con algunos restos prerrománicos en sus muros, ha sido objeto de restauraciones similares a las de Obona, pero con todavía menos repercusión y mayores dosis de abandono.

Obras de restauración deficientemente rematadas, suciedad, falta de usos, escasa señalización y un entorno descuidado hacen del Monasterio de San Miguel uno de los activos históricos y culturales más desaprovechados de Tineo. La imagen del panel informativo de su exterior sirve de ejemplo: cabe preguntarse si tal deterioro es fruto de la desidia o una extraña propuesta de pasatiempo, similar a la “Fuga de vocales”, para intentar que los escasos visitantes se queden cinco minutos más en el lugar intentando descifrar su contenido.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 52, SEPTIEMBRE DE 2017

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