Opinión

Carlos López (profesor de Historia): Memoria, amnistía y transición: dos lecturas antagónicas

Para entender algunas claves de actualidad resulta muy relevante observar las recientes posiciones antagónicas dentro de la familia socialista respecto a la memoria, el olvido, la amnistía, la Ley de Memoria Histórica de 2007 y las consecuencias que ello conlleva ante la conspiración (¿sólo fascista?) contra el juez Garzón.

Véanse al respecto dos artículos de opinión publicados en EL PAIS, los días 20 y 21 de abril actual. El primero del filósofo Reyes Mate, que haciendo suyas las nuevas formas de entender la memoria y el olvido desde la interpretación de los crímenes contra algunos derechos humanos que no prescriben, puestos de relieve por la legislación internacional a la que España se ha adherido, pone contra las cuerdas la estrategia del olvido que se está practicando en España desde la transición y critica el papel burocrático del historiador hispano de oficio que se ha encontrado encima de su mesa y de improviso con el expediente de 140.000 víctimas olvidadas en la cunetas. Condensa su posición en la terrible y profética frase de otro filósofo, precisamente Walter Benjamín fugitivo de la Gestapo, acorralado y suicidado en 1940 en Port Bou: "la memoria abre expedientes que el derecho considera archivados". Reyes Mate señala con valentía que la nueva cultura de la memoria ha creado una nueva cultura moral que establece una “relación indisoluble entre justicia y memoria de la justicia”. Esto le permite concluir que en todo caso es necesario satisfacer a las víctimas de nuestras cunetas que esperan que se les haga justicia. La fortaleza y debilidad de su argumentación le lleva a pensar que este mismo espíritu debe guiar las soluciones en el caso del País Vasco ante una hipotética solución de echar en la balanza del olvido la satisfacción de las víctimas para llegar antes al consenso. Advierte que su aplicación debe ser universal.

La réplica a esta posición apareció de inmediato, al día siguiente, con un artículo de Ramón Jáuregui, socialista del País Vasco, donde Garzón, como es sabido, abrió el camino para la investigación e imputación de los GAL. Jáuregui no quiere hablar de Garzón, dice en su primera frase, al que disculpa sus “excesos procesales que no debieran ser considerados prevaricación”, sino que quiere señalar por activa y por pasiva que la voluntad democrática de los españoles ha sido perdonar; que el éxito de España en estos treinta años se cimenta en la construcción de un “espacio de convivencia en que cabemos todos los españoles”, espacio en que, y aquí R. Jáuregui filosofa sobre la democracia y la poetiza, usando versos de Machado, constatando que en nuestra democracia hemos admitido la existencia del “otro con los mismos derechos que los nuestros” (seguramente se refiere a la falange y demás fascistas escondidos en nuestras cloacas). Lo que no es capaz de entender R. Jáuregui es que han sido ellos, los “otros” los que nos han visto y nos han colocado en la transición forzada y consensuada contra lo que se revuelven ahora las generaciones jóvenes que han visto la desnudez del emperador. A ellos dirige su frase de posible disculpa, “no excluyo la autocrítica”. Hasta aquí su argumentación podría ser un capítulo de cierto pensamiento moral católico progresista basado en la reconciliación y el perdón.

Sin embargo, una gran falacia y una gran debilidad se esconde en su argumentación. R. Jáuregui sitúa en el quicio de su argumento la inmensa distancia que media con los casos argentino o chileno, ya que una guerra civil, como la española, marca una ruptura sustancial, que, como tal, es causa suficiente para sustentar la imposibilidad de anular la jurisdicidad de un régimen político genocida como el franquista, porque revisar la amnistía del 77, “equivale a cuestionar y deslegitimar todas las decisiones que nuestra democracia adoptó en aquellas fechas, incluida nuestra Constitución”. Su tremendismo y pavor, que es paralelo a su desconocimiento de la historia reciente europea lo que ha sido más rotundo y profundo en toda Europa, los procesos de desnacificación, desfascistización o de desestalinización producidos, unos inmediatamente después del período bélico europeo de 1914-1945, (acotación histórica que explica la continuidad del liberalismo en descomposición, según algunos autores como Hobsbawm). Y otros procesos, como la desestalinización, hoy en plena efervescencia por la causa de las fosas de Katyn. Pero el asunto nuclear desde una historia europea democrática pasa hoy por superar la comprensión decimonónica de la guerra como conflicto entre estados para verla como lo que realmente ha sido un conflicto entre grupos sociales civiles, una auténtica carnicería civil, porque las guerras europeas (14-45) con la destrucción premeditada de las poblaciones (Guernica, Londres, Dresde, Hiroshima, etc.), el holocausto y genocidios (judíos, gitanos, rojos republicanos españoles, etc.), las masacres atómicas ... han sido su auténtico motor. Han sido un modelo consumado de tanatopolítica. Desde esta perspectiva el autor Enzo Traverso en su reciente libro A sangre y fuego (2009) califica este período bélico como la tercera guerra civil europea tras la primera de las religiones (1618-1648) y la segunda provocada por la invasiones napoleónicas. Dados estos marcos de referencias históricas, ya hoy insoslayables, parece insostenible por cicatería y pobreza mental la posición de nuestro político europeo. Aunque la astucia de la duda, el por si acaso, ... le permite a R. Jáuregui adelantar su fácil “autocrítica” ante los reproches de cobardía que le hacen las nuevas generaciones, sin embargo su responsabilidad como la de tantos políticos del “consenso” fácil no puede seguir siendo ocultada tras la supuesta excepcionalidad del caso español, del “spain is different”. La plena integración en Europa también pasa por incluir nuestras memorias y hacer una política consecuente, o dimitir.




José Manuel Barreal: García Rúa

Estimados amigos, he leído la entevista a Rúa. Antiguo compañero de la CNT, yo en La Felguera, él en Granada. Hasta algún dinero le llevé de un Fondo (no recuerdo las siglas) que recogía mi abuelo, por parte de mi mujer -Aquilino Moral- buen amigo de Rúa y por supuesto de la CNT. Respeto mucho a Rúa, él me tuvo en gran estima, no se si ahora será la misma. Como sé su pensamiento no puedo entrar en debate con él: Él es a la CNT, lo que critica a los del PCE, su "fundamentalismo" anarquista. No puedo compartir que la CNT está (si es que está) actualmente en la periferia del sindicalismo y de la izquierda por la perseución que, efectivamente, se sosuvo contra ella. Además de eso, por la "magalla" de militantes que en los setenta y ochenta "militaban" en ella. Fui protagonista de estériles campañas y de navajeos internos. Se me hizo insoportable el silencio, cuando no la justificación de la ETA en los años de plomo de la banda.

Resumiendo: entre todos la matamos. Pero al igual que los creyentes piensan en un cielo, Rúa (anarquista) "cree"...




Pablo Huerga Melcón: Hipatia atea

No hemos llorado nunca lo suficiente a Hipatia. Ni siquiera han quedado sus recuerdos, tan sólo una leyenda que vuelve a nosotros una y otra vez. Siempre en los momentos en los que la sangre arde en el conflicto. Aprovechada como arma arrojadiza para reprochar al enemigo su bestialidad. “Si un Cirilo mató a Hipatia y acabó con la biblioteca de Alejandría, no faltó un Orosio que llorara su desaparición y muerte.” Es verdad, pero primero hubo de ser muerto todo. Hipatia es una heroína romántica, muerta por no someterse a la sinrazón de la fe. Aferrada a la fe de la duda. Me alegra la defensa del ateísmo sin complejos de la película de Amenábar. Qué pequeño era el horizonte del saber de entonces, y qué grande se veía, mientras que un niño hoy se familiariza rápidamente con ideas que costaron siglos de esfuerzo y trabajo, de sufrimiento y muerte, de cerrazón y necedad. Ayer tan filósofos, hoy desdeñamos el conocimiento. Cuánto costó al hombre alcanzar eso que lo hace universal y gigante, y cuán vanamente malgastamos nuestra vida despreocupados, sin poner atención en el tesoro que tenemos delante de nosotros, mientras gritamos y vociferamos por las calles como bestias de carga.

El ateísmo, qué cosa tan dura. La negación de la existencia de cualquier tipo de dios tal y como las religiones lo han concebido. La aceptación sincera de lo que las ciencias nos van permitiendo conocer alejándonos cada vez más de aquellos cómodos, seguros y acogedores paraísos de la fe. Y qué teme el hombre, tal vez teme la muerte, tal vez la brevedad de la vida, que la muerte se adelante. O tal vez teme supersticioso que los dioses castiguen la osadía de negarlos. Tal vez teme que la sociedad se quede sin … ¿principios? ¿Acaso la religión ha dotado al hombre de mejores principios? ¿Acaso la fe ha permitido al hombre vivir mejor? ¿Qué religión? A unos sí y a otros no. A los de la ciudad de Dios sí, a los de la ciudad de los hombres, no. Tal vez el hombre se ha aferrado a la fe como ahora nos aferramos a las vitaminas, a las proteínas y al colesterol “bueno”. ¡A ver si aguanta un poco más el cuerpo!

La tolerancia de las religiones aumenta en proporción inversa a su poder. Cuanto más poder, menos tolerancia, cuanto menos poder, más tolerancia. Todas ellas pueden ser comprensivas con quien cree en otra cosa, pero ninguna ha procurado nunca permitir el ateísmo, esa forma de indiferentismo ante la fe, incluso de atención filosófica sincera para comprender su función, indiferentemente a la emoción que alimenta la fe religiosa, anegada por la emoción de vivir sin fronteras, vivir en el abismo, aceptando a cada paso la indeterminación de nuestra existencia, el absurdo abismo del destino, la noción de quien sabe que el mundo se acaba con la muerte y todo con él. Soseguémonos, pues; amemos el misterio de la vida, aceptando su profundo ignorabimus, su misterio infinito. Su sencilla soledad cósmica, el vacío que nos deja entrever el cielo estrellado nocturno que Hipatia aun vio poblado de estrellas, donde hoy sabemos que se extiende un inmenso silencio oscuro y tenebroso. Afrontemos el amanecer sin dioses, como Hipatia, mirando al sol que nace por el Este, en ese plano maravilloso, al final de la película.

Hipatia, ¿fuiste así? Ojala hubieras sido así, tan elegante, tan americana, tan estupenda, tan pedagoga, tan demócrata, y sabiendo ejercer tu autoridad de una manera tan firme y señorial. Tan sublime. Ojala. Otros hicieron fiestas religiosas contigo, nombrándote por mártir de la ciencia, pero creyéndote religiosa. Esa religiosidad que conceden los hombres que creen que no se puede ser bueno sin fe. Que ser bueno, decente, supone tener fe. Pobre Hipatia, cuando le recuerdan sus discípulos que ella es tan cristiana como ellos. Tal vez a Amenábar también le gusta esa fe cristiana anticlerical, puritana, luterana que dice que ser cristiano es mejor que ser católico. Pero ella se niega a todo, ella lo duda, “yo no puedo dejar de dudar”, dice. Como Descartes. Qué bien. Así te queremos la estirpe de ateos silenciosos. Atea, mártir de la ciencia, pero sobre todo, mártir del desconocimiento agónico.

Antonio Orihuela: Los trabajos del héroe

A los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y presos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos.

Esto dice el más celebrado de nuestros paisanos en el que está considerado como el libro más importante escrito en nuestra lengua y al que más homenajes se le tributan públicamente con todo despliegue de fastos.

En la postguerra, muchas mujeres esperaban en la puerta de las cárceles con un pan, un poco de fruta o de legumbres para poder dárselas a los hambrientos presos. Antonio Gamoneda recuerda el paso de los presos republicanos por el penal de San Marcos, atados por las muñecas de tres en tres y a una mujer que salía con un capazo de naranjas y que, sin cuidarse de los vigilantes armados, las iba repartiendo. Algunos presos, llenos de alegría, le decían guapa, camarada y otras frases agradecidas que el poeta no recuerda… las naranjas se acababan pronto y la mayoría de los presos se iban sin ellas, mirando a la mujer sin decir nada. En una ocasión, la mujer, antes de desaparecer en el portal de su casa, pateó llorando el capazo vacío.

No sé si aquella mujer, a la que cualquier político se apuntaría hoy a hacerle un homenaje o dedicarle una calle, habría leído El Quijote, tampoco sé si Juana Orta lo ha leído. Juana tenía casi setenta años y muchos problemas de salud cuando el 14 de junio de 2009, ocho vehículos de la Guardia Civil del que bajaron quince agentes, entraron en su casa, se la pusieron patas arriba y ella fue sacada esposada y acusada de complicidad con una presunta trama de liberación de un presunto etarra que presuntamente intentó matar al rey, indicios por los que, de hecho, cumple condena en la prisión de alta seguridad de Huelva. La escena fue contemplada, entre el mutismo, por todos los vecinos de la Barriada de Isla Chica.

Juana, que es muy conocida en Huelva por su activismo ciudadano y su compromiso con la causa ecologista, también está en la Asociación pro Derechos Humanos de Andalucía. Además de este voluntariado, también acogía a familiares de presos que tenían que venir de lejos para ver a sus familiares. Generalmente, presos vascos que están internos en la cárcel de Huelva debido a la política de dispersión del gobierno.

A Juana la detuvieron porque había acogido en su casa a la novia de un preso vasco. Inmediatamente la prensa burguesa, siempre al servicio del Ministerio del Interior y las fuerzas policiales, saltándose a la torera cualquier código deontológico y haciendo gala de su capacidad de intoxicación desinformativa, la acusó de "conocida abertzale" y se la consideró miembro de una presunta estructura de apoyo a la fuga de presos de ETA.

Actualmente, Juana está en libertad sin cargos porque obviamente no han podido demostrar que esté implicada en ninguna operación como la comentada, aunque esto no la libró de tener que acudir, el 20 de junio de 2009, a la Audiencia Nacional de Madrid a responder de estas acusaciones, allí, el juez Fernando Grande-Marlaska la dejó en libertad sin ningún tipo de medida cautelar.

El 15 de enero de 2009, el comandante Chesley Sullenberger aterrizaba un Airbus en el río Hudson y se convertía en la viva imagen del héroe americano. Todos se lo rifan, el alcalde de New York, el presidente Bush, Obama, la superbowll… pero la auténtica heroicidad del piloto aún no se había producido. Ésta tuvo lugar cuando fue al Congreso de los Estados Unidos. Allí, delante de los políticos, les dijo cómo estaban las cosas para los trabajadores, ahogados en hipotecas, con los sueldos congelados, los horarios extenuantes, la falta de pensiones y seguro médico, etc. y siguió hablando hasta que vació la sala, por que los congresistas no estaban allí para que Sully les tirara de las orejas. A partir de ese día, el comandante Chesley Sullenberger dejó de ser noticia. No ha vuelto a salir en los medios.

¿Quién es el héroe? ¿Las mujeres que esperan a la puerta de la cárcel? ¿La que ofrece naranjas a la cuerda de presos? ¿La que se solidariza con los familiares de los presos olvidando que en cualquier estado fascista la culpa es genética, hereditaria y contagiosa? ¿El que habla no para decir lo que el poder quiere que diga sino para poner sobre la mesa una realidad ocluida y que no se quiere oír? ¿Quién es el héroe? Los ejemplos que hemos presentado encarnan las virtudes que todos pregonamos: solidaridad, ayuda mutua, compasión, caridad… Todas estas virtudes son valores reconocidos y alabados comúnmente y, sin embargo, todos esos héroes se la jugaron en una apuesta que nadie quiere ni pretende igualar, porque la acción del héroe rompe con el mismo estatuto de la virtud, que es siempre convencional, impuesta, ajena, decorativa.. por eso la proeza del héroe causa extrañeza y se convierte en una práctica excepcional cuando surge en su plenitud ejemplar y desinteresada, esa misma que, por definición, el poder del Estado rechaza por atentar directamente a su naturaleza autoritaria, totalitaria y excluyente.

La paradoja es que mientras el mismo Estado recoge y publicita estos valores como dignos de compartir, criminaliza a aquellos que se atreven a llevarlos hasta sus últimas consecuencias, porque, en realidad, para el Estado no hay más héroes que los que él inventa a su imagen, utilidad y conveniencia, productos para un mundo desengañado que no cree en la posibilidad de lo heroico.

La proeza del héroe puede servir tanto para negar la inercia viciosa del mundo y la naturaleza corrupta del Estado que la anima, cuando esta proeza no perjudica sus intereses, como para criminalizar al sujeto virtuoso que no sólo hace lo que está bien sino que también ejemplifica por qué está bien el hacerlo.

El mundo del héroe es la aventura, el tiempo pleno de arriesgar la vida, de llevarla al límite, de ofrecerse, de decir la verdad... y en un mundo aterrado, anestesiado, pacato, gris, mezquino, avariento y mentiroso las tareas del héroe le sitúan fuera de la norma y la normalidad y, por tanto, solo le cabe esperar ser criminalizado, porque la criminalización es también la coartada de los mediocres.

Catón, antes de suicidarse, dijo: Si he combatido con tanta obstinación no ha sido por ser libre, sino por convivir entre libres. En efecto, ser libre es mucho más fácil, conlleva mucho menos riesgos que querer convivir entre libres, que es también querer luchar contra la instrumentalización de las personas, contra su reducción a lo utilitario y mercantilizable.

Portada de Atlántica XXII Nº9

Portada del noveno número de Atlántica XXII

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