Pascual Serrano: Cuando al compañero lo convierten en competencia

pascualserrano1Uno de los pilares del neoliberalismo es fragmentar a la ciudadanía haciéndole creer que el individuo solitario, además de grandioso, es portador de todo el valor necesario, sin necesidad de la comunidad. Margaret Thatcher nos convenció de que todos éramos propietarios capitalistas con solo comprar en Bolsa diez mil pesetas en acciones de una multinacional. También nos dicen que, con Internet y desde casa, cada uno de nosotros es un poderoso medio de comunicación y hasta un agente político que lucha a golpe de firmas virtuales. Lo último de la “democracia de propietarios” -porque en eso consiste su concepto de democracia, en ser propietarios- es el emprendedor. Eliminado el concepto de clase social, ahora toca combatir la dicotomía empresario/trabajador.

La flexibilización, la precarización y la subcontratación crean las condiciones legales adecuadas. Según el nuevo discurso, el desempleado solo tiene que aprovechar las “oportunidades” que surgen ante la crisis y convertirse en un emprendedor. Ya no necesita la contratación, ni al empresario, él será el empresario, dueño de su destino y de su fuerza de trabajo. Fontanero, carpintero, periodista, arquitecto… no importa su profesión, la oportunidad de iniciarse en la senda del emprendedor le está esperando. Ya no será un asalariado servil, gestionará su fuerza de trabajo, rentabilizará en su exclusivo beneficio su talento e iniciativa. Y todo en igualdad de oportunidades con el resto de profesionales, sin desventaja ninguna.

Lo explicó recientemente el embajador saliente de Estados Unidos en España, Alan Solomont, en un artículo de El País: “Hemos dedicado algunos esfuerzos a intentar que aquí también, como ocurre en EE UU, los jóvenes quieran ser el próximo Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg”.

Los medios también ayudan a ensalzar al emprendedor. Un joven de veintinueve años debe sobrevivir sacando cada noche la basura de sus vecinos por cincuenta céntimos y el periódico dice: “Jesús Pardel es un producto de la crisis, un emprendedor a pequeña escala, un almacén de ingenio desesperado”. O esta otra noticia que cuenta que “un parado de treinta y tres años pone en marcha una web para encontrar trabajo en la que da consejos e información. En tres meses ha recibido 15.000 visitas y se han puesto en contacto con él cientos de personas a través de LinkedIn”. Conviene reforzar la idea fundadora del neoliberalismo, según la cual los pobres siempre pueden protagonizar historias de éxito y lograr avanzar en la escala social. Pero la información es pura charlatanería, la verdad es que el hombre, con dos carreras universitarias terminadas con matrícula de honor, abrió la web para encontrar trabajo y siguen sin tenerlo. Sus miles de visitas no son ningún éxito, es la desesperación de otros miles que, como él, buscan un empleo.

La ministra de Empleo presenta con entusiasmo el plan Tarifa Plana para jóvenes emprendedores, que se llama así porque serán 50 euros lo que tendrán que pagar de cuota a la Seguridad Social durante los primeros meses cuando se den de alta como autónomos. Lo que no se cuenta en el mito del emprendedor es que, como dueño de su futuro, deberá “invertir” en su seguridad y pagarse su seguro de salud, su fondo de pensión, comprar todo el material e instrumental, acondicionarse el lugar para ejercer su trabajo, asumir los gastos corrientes, buscarse los clientes, gestionar su facturación y pago de impuestos. Y, aunque parezca que no tiene patrón, la plusvalía no desaparecerá, trabajará como subcontratado para una gran empresa que se llevará todos los beneficios y ni uno de los costes que hasta ahora asumía el empresario.

Pero lo más importante, la gran victoria del nuevo discurso, es que ya no hay compañeros de gremio. Aquello de los “compañeros del metal” con los que uno se reunía en asamblea y después se movilizaba por mejores condiciones laborales se ha terminado. Esos compañeros, por si no se ha dado cuenta el nuevo emprendedor, son la competencia. Hay que preparar un presupuesto más bajo que el de ellos, echar más horas que los demás para terminar lo contratado antes, ahorrar lo máximo en gastos, aunque sea obviando medidas de seguridad o cobrando en negro. El neoliberalismo dispersa a las clases y grupos sociales que pueden enfrentarlo y los disuelve en relaciones de competencia individualista donde los compañeros pasan a ser contrincantes. Y, encima, nos convence de que ahora somos más libres y es un momento de oportunidades.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 27, JULIO DE 2013.

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