Pascual Serrano: El capitalismo como problema

pascualserrano1En su libro Ébano, dedicado a África, el periodista polaco Ryszard Kapuściński cuenta la historia de un barrio a varios kilómetros de la localidad nigeriana de Onitsha, donde en mitad de la carretera hay un tremendo socavón en el que los vehículos terminan engullidos. Aquella barriada ha desarrollado todo un sistema de diferentes equipos de salvamento que se ganaban la vida sacando del hoyo a los vehículos, muchos de ellos grandes camiones. El obstáculo supone horas y días de retraso para todos los que por allí deben pasar, y así lo tienen asumido. Como consecuencia -explica Kapuściński- numerosas tiendas viven de los clientes atascados en la larga caravana que consumen comida, bebida o tabaco. Incluso en unas casas vecinas se anuncia en trozos de cartón la palabra “Hotel”, donde se alojan muchos de los viajeros que se ven obligados a pasar la noche allí. También se habían multiplicado talleres locales de reparación para que los conductores aprovechen la espera para arreglar pequeñas averías que tenían pendientes o actividades de mantenimiento. También tienen más trabajo profesionales como los sastres, zapateros o peluqueros que eran recurridos aprovechando el tiempo muerto. De modo que la maldición de los conductores se había convertido en bendición para los habitantes y comerciantes de ese barrio. Ni que decir tiene que la gente impedía con todas sus fuerzas que se arreglase el agujero, pues era la salvación de su economía.

La curiosa paradoja del hoyo de Onitsha no es un caso aislado. En 1992 escribí sobre unos niños de nueve años que descubrí en la carretera panamericana a su paso por Honduras y que se dedicaban a tapar con arena los baches de la carretera a cambio de algunas monedas que les echaban los conductores. Estos no sabían que, al final de la jornada, esos mismos niños volvían a extraer la arena para poder continuar al día siguiente con su meritoria y lucrativa actividad.

Estas sencillas anécdotas me hacen pensar en que esos agujeros -en Nigeria o en Honduras- son la mejor metáfora del capitalismo. Un sistema que fundamenta su desarrollo y existencia en los problemas de los otros, y cuya solución es la peor de las noticias. Ya Charlie Chaplin, en su película El Chico, muestra al niño de la calle al que se ha visto obligado a adoptar, rompiendo cristales a pedradas y la providencial aparición de Charlot inmediatamente después como cristalero tras su paso. Mi padre me contaba la historia de un albañil que arreglaba goteras y que un día, al encontrarse indispuesto, mandó al hijo. A la vuelta le preguntó qué tal había ido todo y el joven le dijo que había arreglado perfectamente el daño. El padre, alarmado, le echó en cara cómo no se le había ocurrido aprovechar su subida al tejado para mover otra teja y provocar otra gotera diferente que les garantizase un nuevo aviso de arreglo.

En todos estos casos se cumple el principio capitalista de no resolver los problemas porque en ellos se encuentra el motor del funcionamiento del mercado. Por ejemplo, lo peor que podría hacer una empresa farmacéutica privada es curar de forma definitiva una enfermedad porque se iría a la ruina. Así se explica que hace unos años las autoridades españolas detuvieran a un guardia forestal acusado de provocar varios incendios. El hombre temía quedarse sin trabajo y, como en la película de Chaplin, llegó a la lógica conclusión de que, en el capitalismo, el mejor modo de garantizarte el empleo es multiplicar el problema que motiva tu contratación.

Es curioso que se haya dedicado tanta literatura a exponer la ineficacia del socialismo o del papel del Estado cuando quien lleva el germen de la necesidad de no solucionar los problemas es el capitalismo y el mercado.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 28, SEPTIEMBRE DE 2013.

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