Patada a seguir en la Autoridad Portuaria

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Los trabajadores del puerto de El Musel de Gijón señalan la curiosa sobreabundancia de jugadores y aficionados al rugby entre los puestos directivos de la Autoridad Portuaria, lo cual atribuyen a la generosidad del director, José Luis Barettino, exjugador de rugby y expresidente del Oviedo Rugby él mismo, para con sus amigos del mundillo.

Pablo Batalla Cueto / Periodista.

El 26 de septiembre de 2016 fue un día triste para José Luis Barettino Coloma, director general de la Autoridad Portuaria de Gijón, pero no por alguno de los avatares del Caso Musel, en cuyo juicio ya había sido solicitada su presencia como testigo por el Observatoriu Ciudadanu Anticorrupción d’Asturies. Aquel fue el día en que dimitió como presidente del Real Oviedo Rugby, algo para lo que adujo su incapacidad de compatibilizar el cargo con sus responsabilidades en el puerto gijonés y que le suponía —dijo— «un disgusto muy grande».

No había motivos para cuestionar la magnitud de tal disgusto, porque no los hay para dudar de que el rugby en general, y el club ovetense en particular, son las dos grandes pasiones de quien fuera jugador destacado de la entidad durante los años noventa con el apodo Josué. Barettino ensalza con genuino entusiasmo los valores del deporte inventado en 1823 por William Webb Ellis siempre que tiene ocasión y su hijo Jaime es hoy la gran esperanza del rugby asturiano después de formarse durante un año en Nueva Zelanda, distante nación cuyos All Blacks pasan por ser al rugby lo que la Canarinha brasileña es al fútbol.

Deporte de masas en El Musel

El rugby no es, ni mucho menos, un deporte de masas en España. Según el último Anuario de Estadísticas Deportivas publicado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, el de 2016, el rugby, aunque crece sostenidamente, sigue sin formar parte del top 20 de deportes con más licencias federadas: sus 28.479 licencias quedan a años luz de las casi un millón del fútbol, las 355.845 del baloncesto o las 333.974 de la caza y muy por debajo del taekwondo o el patinaje, y lo acercan más a las cifras del surf, la colombicultura o la petanca, disciplinas también ubicadas entre las 20.000 y las 30.000 licencias. Sin embargo, hay al menos un lugar en España donde la proporción de fanáticos del rugby sí se aproxima a niveles neozelandeses. Ese lugar es la planta noble del puerto de El Musel: el número de directivos y técnicos de la Autoridad Portuaria vinculados al universo rugby es tan alto que entre los trabajadores rasos del puerto ha hecho fortuna el chascarrillo de que, de haberlo sabido, hubieran jugado al rugby de pequeños.

Relación estrecha con el rugby la tienen tres de los 19 miembros actuales del organigrama de la Autoridad Portuaria, además del propio Barettino: José García-Pedrayes Riera (responsable de Recursos Humanos en el puerto además de entrenador del equipo masculino del Gijón Rugby Club), Pablo Crabiffosse Vigil-Escalera (otro exjugador de rugby encargado, en El Musel, de las responsabilidades de Seguridad y Desarrollo Operativo) y Maruxa González (responsable de Asuntos Jurídicos y, según el testimonio de los trabajadores del puerto consultados, esposa de un rugbista vallisoletano). También la tiene Gonzalo Mallo, otro exjugador del Oviedo Rugby que fuera efímero director de la Autoridad Portuaria entre octubre y noviembre de 2015 y antes jefe de Conservación y Mantenimiento y director técnico de Ebhisa.

Cinco de 19 puede parecer una cifra poco abrumadora, pero cuesta imaginarse a cinco surfistas, taekwondistas o colombófilos —deportes que, como ya se ha dicho, cuentan con un volumen de seguimiento similar o superior al del rugby— coincidiendo en un organigrama directivo español si no es fruto de una selección consciente. Por otro lado, la nomenclatura de rugbistas en el puerto gijonés durante los últimos años no se agota con estos ejemplos: la amplían por lo menos Guzmán Felgueroso Fernández-San Julián, técnico de Recursos Humanos y Organización entre 2005 y 2016 y miembro del staff del Gijón Rugby Club, y efectivos de la Policía Portuaria como Tony García-Rendueles, integrante del equipo de veteranos de la escuadra gijonesa (y un hombre de inquietantes simpatías políticas, al menos a tenor de lo que revelan las costumbres vestimentarias consignadas en su cuenta de Facebook, que no cuenta con filtro de privacidad: en ella se lo ve llevar camisetas con lemas del Tercer Reich y ropa de la marca European Brotherhood, que promueve el supremacismo blanco).

José Luis Barettino, director de la Autoridad Portuaria de Gijón, se dirige a los medios en una rueda de prensa. Foto / POL.

A qué se debe esta extraña sobrerrepresentación, los trabajadores del puerto consultados lo tienen claro: apuntan sin dudarlo a la generosidad de Josué para con sus amistades del mundillo a partir de su nombramiento como jefe de área de Servicios Generales de la Autoridad Portuaria de Gijón en 2001. Todos los rugbistas de El Musel entraron a trabajar en el puerto a partir de esa fecha: Gonzalo Mallo y Pablo Crabiffosse lo hicieron en 2002, mientras que Pedrayes ya lo había hecho en 2001. El nombramiento de directivos es teórica competencia del director general de la Autoridad Portuaria, pero —siempre según el testimonio de los trabajadores del puerto que han accedido a hablar con ATLÁNTICA XXII— el poder de Barettino en El Musel ha sido siempre mayor del que oficialmente poseía. Según relatan, José Luis Díaz Rato, director entre 2000 y 2011, «decía que sí a todo lo que dijera Barettino», y ello fue posibilitando a éste ir abriendo las puertas de la Autoridad Portuaria a sus amigos rugbistas.

La cierta relajación que en torno a las normas de contratación funcionaba en aquel entonces lo hacía fácil: «Era fuera de convenio, luego no existía ningún control. No se publicaban las plazas ni en el BOE, ni en el resto de autoridades portuarias, como Puertos del Estado sí empezó a obligar a hacer mucho después. Las plazas se anunciaban con un anuncio muy chiquitito en el periódico. Ahora, en teoría, hay más control, pero en realidad aquello sigue funcionando como les sale de los cojones. Cuando les apetece meter a un tío, lo meten. Se hace un concurso-oposición en el que se reclaman los méritos que saben que el tío que quieren meter tiene y ya está. Además, siempre concurre poca gente», explican estos trabajadores, que también aseguran que la adjudicación de plazas sujetas a convenio —como las de Guzmán Felgueroso y Tony García-Rendueles— no necesariamente es más limpia. Del caso concreto de la Policía Portuaria cuentan que «ha entrado últimamente mucha gente con contratos de relevo, a lo mejor una treintena de personas, que luego, sirviéndose de chanchullos, muchos han conseguido renovar».

Más que un deporte

Que los rugbistas de El Musel se conocían entre sí antes de coincidir en el organigrama del puerto, permite comprobarlo en algún caso una rápida búsqueda en Internet: así, una viejísima página web de 1997 muestra a Pablo Crabiffosse (conocido como Cucurucho) y Gonzalo Mallo (conocido como Chalo) coincidiendo como jugadores del equipo de rugby de la Escuela de Minas de la Universidad de Oviedo: el primero como delantero y el segundo como jugador invitado (los que, «aunque por razones laborales o geográficas hayan abandonado su presencia activa, aún mantienen una vinculación importante, y acuden raudos y veloces siempre que son requeridos para algún encuentro amistoso, como por ejemplo el Trofeo Santa Bárbara» o son «jugadores de otros clubes que regularmente colaboran con el nuestro»). A Mallo se lo lista como jugador del Oviedo Rugby Club, en el que por entonces despuntaba Barettino.

Por otro lado, los perfiles de Linkedin del propio Barettino, José García-Pedrayes y Maruxa González certifican su común condición de licenciados en Derecho por la Universidad de Navarra, así como la coincidencia en el tiempo de Pedrayes y González —ambos oriundos de Villaviciosa— en la universidad opusdeísta. No así de Barettino, algo mayor que aquéllos, pero, según relatan por lo demás los trabajadores del puerto a esta revista, Barettino guarda hacia Pedrayes un cariño especial; una especie de estrecho padrinaje. Siempre según estos testimonios de trabajadores que prefieren conservar el anonimato, Pedrayes «no mueve un dedo» sin que Barettino se lo ordene o se lo permita. Ambos son también hombres de hondas convicciones religiosas: Barettino, hasta el punto de pertenecer al Opus Dei y a la Adoración Nocturna. Internet, por cierto, también muestra a Maruxa González como una fan del VRAC Entrepinares, el equipo de rugby de Valladolid, cuyo triunfo liguero celebró en 2012 en su por lo demás poco activa cuenta de Twitter.

La evidencia de que el rugby es uno de esos ambientes de sociabilidad fundamentalmente masculina en los que se anudan camaraderías que pueden acabar resultando muy provechosas en términos laborales es algo que, en cierto modo, el propio Barettino parece haber reconocido implícitamente alguna vez: «El rugby es más que un deporte: es uno de los caminos que la vida te ofrece para relacionarte con los demás», decía por ejemplo en una entrevista de 2014, cuando todavía era presidente del Oviedo Rugby. Si en efecto ahí palpitaba un reconocimiento tácito de su presunto nepotismo rugbístico, ATLÁNTICA XXII no ha podido contrastarlo con Barettino, porque la dirección de la Autoridad Portuaria no ha respondido a nuestra oferta de contrastar estas informaciones.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 51, JULIO DE 2017

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